Correo de Carabobo | A tres meses de la conflagración

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Poco antes de la gran batalla, la situación del ejército patriota era crítica por la dificultad que había para obtener proteína. Aquí, las drásticas medidas que debió tomar el Libertador para salir del atolladero

Hace unas entregas hablábamos de la insólita franqueza de Bolívar para con su ilustre amigo/enemigo, el general español De la Torre: en sucesivas cartas fechadas en febrero y marzo de 1821 (apenas a tres meses del encuentro decisivo de Carabobo), el Libertador le manifiesta que su ejército está devastado, muriendo de peste y de hambre en el páramo, y que por lo tanto es urgente que se acerque a Barinas para surtirse de proteína. “Mueve a tus hombres de ahí”, le dice, dos líneas después de confesar que sus hombres están muriendo y desertando, “porque si te agarro con esta desesperación que cargamos te va a ir mal”. De la Torre captó el mensaje y les abrió cancha a los republicanos.

Bolívar llega a los llanos de Barinas con unos tres mil soldados y, contrariamente a lo que suponía, las cosas aquí no estaban mejor que en los Andes: aparte de la táctica de tierra arrasada que aplicaron los comerciantes y ganaderos de la región para que los patriotas no encontraran comida, estaba el hecho de que Páez no había cumplido una orden o ruego de Bolívar: viejo, mándame todo el ganado que puedas para que podamos comer.

Para variar o completar la desgracia, a Bolívar ya le dolía la boca de tanto pedirle a Santander que le mandara dinero para pagarles a sus hombres, y el vicepresidente de Cundinamarca se limitaba a decirle que si conseguía la plata se la mandaba, y que si no, pues no. Muy amable el bogotano.

Y aparte de todo eso, el crudo verano de marzo.
Así le escribe Pedro Briceño Méndez, secretario del Libertador, a José Antonio Páez, en una carta del 10 de marzo de 1821 que tenía por objeto suavizarle el regaño que le había dictado el jefe: “Si hubiera sido posible procurarles aquí (en Trujillo) las subsistencias no habría S.E. (su excelencia) aventurado la suerte de aquellas tropas, haciéndolas situar en un clima tan mortífero como Barinas”.

Y a robar caballos

Este cuento del ganado vacuno reviste la mayor importancia, no solo para la comprensión de aquel momento sino también del actual. Aparte de la razón obvia de por qué las reses eran vitales para sostener al ejército (proteína dura: estaba por estallar de nuevo la guerra después de cortos meses de armisticio y esa gente necesitaba combustible), está otra que no se nos da tan fácil de atrapar: el ganado era el alimento más voluminoso y al mismo tiempo más fácil de transportar. ¿Eran más grandes las gandolas de 1821 que las actuales? No, mi amor: las reses son esa clase de alimento que se transporta a sí mismo adonde los seres humanos lo arreen.

Necesario y casi insustituible en aquella época y en aquella lógica de ejércitos que se movilizaban a caballo, hoy resulta una incongruencia que la sociedad actual siga rindiéndole culto a ese rubro, que llamamos genéricamente “carne” porque algo nos dice que no hay otras proteínas de superior calidad que también se comen.

El caso es que en esa misma carta de 1821 de Briceño Méndez a Páez, se le da a Páez la orden de que arrastre, compre, decomise u obtenga como sea todas las reses que pueda, para llevárselas a la tropa de Bolívar. Curiosamente, también dice la carta que debe suspenderse el envío de carne al ejército español; es decir, que ese envío estuvo en algún momento permitido.

Para evitar la ruina del ejército ha comisionado S.E. con esta fecha a los señores General Guerrero y Coronel Gómez para que pasen al distrito del ejército que V.S. (usted) manda, a embargar y hacer conducir para Barinas cuantos ganados encuentren recogidos o puedan recogerse, sin atender a que sea o no manso, a quien pertenezca, ni a nada más que a la subsistencia del ejército, objeto infinitamente más sagrado e interesante que la conservación de la propiedad particular”, es la orden expresa.

El mismo día, Briceño le comunica al gobernador de Trujillo instrucciones para que reclute y entrene a todos los hombres que sea posible, porque la guerra va a recomenzar. Su misión será “divertir y distraer” a los realistas mientras Bolívar se va aproximando al centro desde el Llano. Le da una orden que hoy sonará extraña, pero así fue:

“Haga V.S. las mayores diligencias y esfuerzos por conseguir algunos hombres determinados y prácticos del país donde forrajean los caballos de los Húsares Españoles en el Occidente, y para que se los roben todos o una gran parte. Esta operación no es muy difícil, habiendo quien la sepa conducir. V.S. puede tomar noticias del señor Coronel Vargas sobre las personas de quienes deba servirse para esto, y está autorizado para ofrecer las recompensas que tenga a bien, en dinero o de otro modo, al que logre traerse los caballos. Es necesario que en esto haya un gran secreto, porque se expondría el que fuere y se frustraría el intento si llega a divulgarse”.

José Roberto Duque / Equipo de investigación / Ilustración Javier Véliz