Cuentos para leer en la casa | Crónicas de motel

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Encontré un pájaro acuático muerto en medio de un aparcamiento. No había coches. El pájaro estaba entero. Desmayado y sin huellas de sangre. Me lo llevé a casa y lo metí en la nevera. Al día siguiente mi papá y yo lo llevamos por las casas de la vecindad y preguntamos a la gente si había visto alguna vez algún pájaro como ese. Nadie lo recordaba. Se lo llevamos al taxidermista y tampoco él supo decirnos qué clase de pájaro era, aunque todos estábamos de acuerdo en que tenía que ser un pájaro acuático, porque tenía los pies palmeados. Según el taxidermista, el pájaro debía estar volando por encima del aparcamiento, y confundió los reflejos del pavimento con un lago. Suponía que el pájaro se estrelló con el asfalto y se rompió el cuello. A mí me pareció tan desaforada esta teoría del taxidermista que durante varios días no dejé de pensar en ella. Me ponía en el lugar del pájaro, volando por encima del aparcamiento, haciendo una travesía en busca de un lago. ¿Por qué un pájaro así se encontraba, para empezar, lejos de los lugares en donde hay lagos? ¿Cómo era posible que un pájaro se perdiese?

oooOooo

Yo solía llevarle cubitos a Nina Simone. Ella me trataba siempre de forma encantadora. Me llamaba “guapo”. Le llevaba toda una enorme bandeja de plástico gris llena de hielo para enfriar su Scotch.

Ella se arrancaba una peluca rubia y la arrojaba al suelo. Debajo, su verdadero pelo, era corto. Como una oveja negra recién trasquilada. Se quitaba las pestañas y las pegaba al espejo. Sus párpados eran gruesos y los llevaba pintados de azul. Siempre me hacía pensar en una de aquellas Reinas Egipcias que salían en el National Geographic. Tenía la piel brillante de tan húmeda. Se enroscaba una toalla azul al cuello y luego se inclinaba hacia adelante y apoyaba los codos en las rodillas. El sudor le rodaba por la cara hasta caer y salpicar, el suelo rojo de cemento, hasta sus pies.

Solía terminar su actuación con Jenny Pirata la canción de Bertold Brecht. Siempre cantaba esta canción con una grave voz, penetrante y vengativa. Como si ella misma hubiese escrito la letra. Su actuación apuntaba directamente a la garganta de su público de blancos. Luego apuntaba al corazón. Luego apuntaba a la cabeza. En aquellos tiempos estos disparos eran un balazo mortal.

La canción de su repertorio que me dejaba verdaderamente paralizado era : You’d be so nice to come home to. Siempre me dejaba helado. A veces la oía mientras estaba en la sala, recogiendo vasos de Whiskey Sour, y ella iniciaba aquel solemne terremoto pianísimo, con su voz fantasmal serpenteando hasta elevarse por encima de los acordes que se amontonaban poco a poco. Mis ojos subían directamente al escenario y mis manos seguían trabajando.

Un día tiré una vela mientras ella estaba cantando esta canción. La cera ardiente se derramó en un traje de ejecutivo. El director me llamó a su oficina. El ejecutivo estaba también allí con sus pantalones manchados con un reguero de cera endurecida. Parecía que acabase de correrse. Esa noche me despidieron.

Afuera, en la calle, todavía me llegaba su voz desde el otro lado de la pared de cemento. “You ‘d be Paradise to come home to”.

28/9/80

San Francisco, California

Autor: Sam Shepard

(Fort Sheridan, Illinois, 1942-Midway, Kentucky, 2017). Dramaturgo con una extensa producción, varias de sus obras han sido premiadas. Reconocido actor cinematográfico. Músico. Galardonado con el Pulitzer y el Obie, autor de más de cuarenta obras teatrales, por las que se le ha llamado el sucesor de Tennessee Williams.