DATE CON LA CIENCIA | Entre todas nos cuidamos

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Estudian virtudes y mecanismos de las mujeres venezolanas para enfrentar situaciones límite y para el sostenimiento de la vida, frente a la pandemia y al bloqueo imperial

“Claro que no somos una pompa fúnebre,
a pesar de todas las lágrimas tragadas
estamos con la alegría de construir lo nuevo
y gozamos del día, de la noche
y hasta del cansancio,
y recogemos risa en viento alto”.
Gioconda Belli, en Claro que no somos una pompa fúnebre

Es un día cualquiera y el camión del CLAP llega al punto de encuentro. Inmediatamente, se activa el equipo de recepción: se organiza una cadena, se bajan las cajas y se colocan de forma ordenada, de manera que cada grupo tenga sus cajas listas para retirarlas y distribuir en sus edificios. Es una rutina. Pero esta rutina tiene una característica especial: el conocimiento de las familias; la organización del procedimiento de abastecimiento; el control de cajas, la recepción y la distribución de estas son procesos gestionados casi exclusivamente por mujeres. Mujeres que dedican energía y saber al trabajo comunitario, fuera de sus trabajos formales y de otro trabajo más fuerte y poco reconocido: el trabajo doméstico, el cuido de sus hijos y de la gente mayor, y el mantenimiento de sus hogares.

En tiempos de pandemia, las presiones son mayores para todos y todas, pero es sobre las mujeres que dichas presiones han recaído con mayor intensidad. Ser responsables del cuido, por ejemplo, en tiempos de bloqueo y de la COVID-19 ha implicado una mayor dedicación, así como un recargo físico y mental que, en la mayoría de los casos, es además invisibilizado.

Para tener una comprensión más profunda de este tema, contactamos a un grupo de investigadoras que se están dando a la tarea de dilucidar el impacto que la pandemia y el asedio está teniendo sobre las mujeres venezolanas. En un estudio que se encuentra actualmente en desarrollo, ellas están analizando los mecanismos y las experiencias de resistencia para el sostenimiento de la vida. Así mismo, tienen como uno de sus objetivos prefigurar transformaciones para la pospandemia.

El equipo coordinado por la profesora Alba Carosio, del Centro de Estudios de la Mujer, de la Universidad Central de Venezuela (UCV), cuenta con la participación de Indhira Libertad Rodríguez, también de la UCV; Mitzy Flores, Doris Acevedo y María Cristina González, de la Universidad de Carabobo; Ximena González Broquen, del Centro de Estudio de Transformaciones Sociales del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas; y Tania Elíaz, de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Un potente equipo multidisciplinario de profesionales de las ciencias sociales.

Para esta etapa del proyecto, las investigadoras implementaron una serie de cuestionarios por ejes temáticos entre septiembre de 2020 y enero de este año. En total, respondieron 530 mujeres, con una edad promedio de 48 años. Aproximadamente, la mitad tiene a cargo niños o niñas menores de 5 años, personas mayores de 60 años o personas con alguna discapacidad motora. El 91 % de las mujeres encuestadas son responsables del trabajo doméstico y el 72 % son jefas de familia.

La salud y lo relacionado con este derecho es uno de los componentes en donde el impacto ha sido enorme. Las mujeres que respondieron los cuestionarios, en su mayoría, se informan a través de redes sociales y televisión, aplican medidas preventivas en su entorno para garantizar la protección de las familias y participan en colectivos comunitarios en acciones dirigidas a salvaguardar la salud de la comunidad. Un dato interesante es que un 45 % aplica remedios caseros, enseñanzas de madres y abuelas. Enseñanzas que han sido transmitidas de mujer a mujer y que, ahora, ayudan a mitigar los efectos de la pandemia.

El ser jefas de familia y responsables del cuido del hogar hace que se sientan especialmente sobrecargadas por las dificultades de conseguir alimentos (25 %), medicinas (28 %), agua (35 %); o acceder a la electricidad (20 %). El 66 % dice tener dificultades por lo insuficiente del salario. Esta situación es aliviada parcialmente por el emprendimiento de actividades productivas independientes y por los bonos de acompañamiento social recibidos desde el Estado (80 %) para ayudar a enfrentar los efectos de la guerra imperial y del confinamiento comunitario adoptado por la pandemia.

Un punto muy importante acá es el referente a los casos de violencia doméstica agravados por la situación de confinamiento que obliga a las víctimas a convivir con el agresor. Un problema estructural propio de la sociedad patriarcal que es expuesto por la pandemia. Es un hecho que los casos de violencia doméstica en el mundo aumentaron durante la COVID-19. En la investigación realizada por estas compatriotas, el 86 % de las encuestadas percibió un aumento de la violencia de género (aunque aún no perciben este problema en su vida, sino en el frente de su casa): el 38 % conoce al menos a una mujer que sufrió violencia, aunque reporta que solo el 2 % de las agraviadas puso la denuncia. Es un tema que debe llamar a la alerta no solo de las autoridades competentes, sino a toda la sociedad para dejar de lado nociones sesgadas sobre la violencia, así como la naturalización/legitimación de esta. Un mal social que debemos combatir mujeres y varones, por igual.

Como elemento final, es interesante destacar que, en términos emocionales y psicosociales, si bien el 58 % de las encuestadas dijeron sentirse sobrecargadas, también se mostraron esperanzadas, productivas y optimistas. Son mujeres que no solo son sujetos sufrientes, sino personas que enfrentan el reto de los cambios, que se organizan, resisten, crean, y que estudios como el de las científicas sociales Alba, Indhira, Mitzy, María Cristina, Doris, Ximena y Tania se convierten en herramientas para la lucha y la transformación.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto