VITRINA DE NIMIEDADES | Ética, ironía y algoritmo

Rosa Pellegrino

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“La inteligencia artificial la crean personas y afecta a las personas”.
Sara Degli, investigadora

Sacar al exterior lo que se siente por una persona o una situación es un instinto natural y, en unos cuantos casos, una deuda pendiente con uno mismo. Pero cuando media un teléfono inteligente, con tantas formas de hacer público algún resquemor, que bien podría quedarse en esferas privadas o en conversaciones sin cámaras grabando, saberse contener es la mejor forma de evitar situaciones azarosas. ¿Hasta qué punto es tóxica la mezcla de sentimientos con redes sociales? ¿Dónde están las fronteras? ¿Quién enciende las alarmas?

Una situación que involucró a tres animadores venezolanos, uno de ellos fallecido hace una semana, devino en cientos de mensajes que trazaron el camino para dos prácticas muy usuales hoy, gracias a la lógica con la que funcionan las redes sociales: el consumo irónico y la llamada cultura de cancelación. Dos formas de estimular otra relación con los contenidos y con quienes coexisten en el ecosistema de las redes sociales.

En el caso que referimos, es muy probable que el video que originó el conflicto no haya llegado tan lejos sino hasta el momento en que murió el animador que, lamentablemente, fue señalado por sus colegas. Ya viralizado, la lectura hecha del material no era nada complaciente: nos fijamos en las frases, los gestos, las afirmaciones para construir a partir de ese discurso nuestra crítica. Es casi inevitable: nos sentimos con la autoridad, con las credenciales para criticar esas actitudes. Está la molestia y, también, la tentación de volver al video para reafirmar que no debemos manejamos así, que no está bien. Lo detestamos, pero volvemos a él.

Y ahí está una de las trampas de estos tiempos: las redes nos permiten juzgar, cuestionar e ironizar con aquellos temas que son tendencias, pero, primero, debemos consumirlos. Y como los algoritmos siguen su lógica, “premian” aquello que criticamos o nos puede herir volviéndolo tendencia. ¡Vaya mezcla!

Al juicio sigue el castigo, que en estos tiempos muchos definen como la cultura de cancelación. No es más que aislar, hacer invisible a quien consideramos que comete una falta grave. Una especie de ley del hielo a gran escala. Pero el resultado no es el mero silencio de los otros: en algunos casos, puede traducirse en un despido o en la exclusión de un espacio de interés. Hasta Doña Clotilde, la Bruja del 71, que tanto cortejó a Don Ramón, ha sido candidata para ser cancelada, aunque la actriz que la interpretó ya no está entre los mortales.

¿Cómo se puede entender esto? Lo repudiable se monta en la cresta de la ola para luego pasar al olvido, pero el tema de fondo nunca emerge: la responsabilidad social en cualquier plataforma mediática. Cuando parece que todos podemos tener espacio, ser visibles, más complejo es manejarse con ética. Expresarnos comporta un compromiso tan grande que muchas veces reparamos solo en que se nos oiga y no en los efectos que tendrá lo que diremos. Si a los comunicadores profesionales se nos convierte en un dolor de cabeza, cómo podría sobrellevarlo el resto.

Alguien advirtió que los algoritmos no saben de sentimientos, son tan falibles como sus creadores: los humanos. Cuando más libres e individualistas podríamos ser, más riesgos enfrentamos. El debate ético parece estar en pañales.

Rosa Pellegrino