CARACAS EN ALTA | “Yo vine para regresar”

Nathali Gómez

0

Muchos años se nos pasan sin ver los atardeceres. A veces sentimos que no hay tiempo, que no tenemos una buena ubicación para alzar la vista o que solo los románticos ceden ante el crepúsculo.

Ver el degradé de colores que precede la noche, en una ciudad llena de edificios, no es tan fácil. El todo queda recortado por torres de concreto, ángulos rectos, líneas quebradas y muros infranqueables. Constantemente libramos peleas por ver un trocito de cielo. Solo quienes están en los puntos más altos, sin mayores obstáculos visuales, pueden tener esa composición de conjunto de la que se privan los que caminan y ven pasar sus días metros más abajo.

Una vez, un amigo fotógrafo hizo que nos detuviéramos para mirar la luz que bañaba una esquina. En ese momento me pareció una acción inesperada pero con los años se transformó en una revelación. Supe que todo el tiempo había visto cómo los rayos del sol iban desvaneciéndose, con el esplendor del último día, sin prestarle verdadera atención; algo así como entrar al Metro, bajar las escaleras y ubicarse en el andén correspondiente.

Parece obvio pero la luz no se aprecia hasta que te detienes a hacerlo y la contemplas de manera consciente viendo cómo sus tonalidades modifican el espacio, al igual que las sombras, que son su complemento indivisible.

Una leyenda pemona habla sobre la pérdida diaria que sufre el Sol. Una mujer que intenta acompañarlo cada día termina desvaneciéndose. Su desdicha finaliza cuando llega una que permanece con él durante el día pero que se ausenta del atardecer hasta el amanecer. “Yo vine para regresar”, le dice cada vez que se despide, antes de que lo cubra todo la capa aterciopelada de la oscuridad.

Nuestros antepasados le dieron muchísimas explicaciones a esa batalla diaria entre un día que muere y una noche que comienza su reinado finito mientras hay pocos testigos. En varias de sus interpretaciones queda plasmado ese acuerdo temporal entre la luz y la oscuridad, como si en el firmamento solo viéramos reflejados nuestros propios conflictos internos.

En la realidad citadina es interesante mirar al horizonte y percibir el ocaso, en el Oeste; mientras que el Este va quedando en la penumbra. Caracas, con esa línea limítrofe de luz, se transforma es un espectáculo de belleza que está ahí para quienes levantan un poco la cabeza o para los que buscan su propia atalaya.

Ver y sentir el atardecer permite alejarse por unos instantes de lo cotidiano y llevar la mente a lugares lejanos e inexplicables donde nuestras emociones se arremolinan, ya exhaustas. Mirar al horizonte, recorrer con la vista las montañas y sentir cómo los últimos haces luminosos acarician los edificios, los bloques, los techos y la punta de nuestra nariz, es lo más cercano a esa eternidad que vino para regresar.

Nathali Gómez