LETRA DESATADA | Alto a la guerra en Apure

Mercedes Chacín

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Para pensar en la guerra es necesario pensar en el ser “humano”. Y es una cosa de hombres, las mujeres no tienen nada que ver con las guerras. Según el diccionario mandamás del idioma español, humano es un adjetivo que significa: Del hombre o que tiene relación con él y que es propio de la naturaleza imperfecta del hombre. Y remata esa pequeña definición con esta frase ya convertida en lugar común: “equivocarse es humano”.

Para pensar en la guerra es necesario, insistimos, pensar en los seres humanos. Que se sepa no han existido guerras mundiales de periquitos o de hormigas; en cambio, el “hombre”, ya ha “organizado” dos. Una en 1914 y otra en 1939. Las guerras son tan feas, tan brutales, tan inhumanas que la humanidad se vio en la necesidad de normar ese horror. Así nacen los Convenios de Ginebra y con ellos el Derecho Internacional Humanitario (DIH) que no es otra cosa que dictar normas para tratar de proteger a los seres humanos de las guerras y horrores que los mismos seres humanos provocan.

Esos horrores de las guerras deberían ocurrir en los lugares donde hay hostilidades pero sabemos que no es así. Las guerras mundiales o locales afectan también a la población civil y fue allí donde se hizo hincapié en los Convenios de Ginebra: protegen a las personas que no participan en las hostilidades (civiles, personal sanitario, miembros de organizaciones humanitarias) y a los que ya no pueden seguir participando en los combates (heridos, enfermos, náufragos, prisioneros de guerra).

Y con la guerra nació la industria bélica y la industria bélica es tan horrorosa como la guerra. Es una industria que nació para fabricar armas de guerras destinadas a causar, a infligir dolor. Esos “juguetes” inventados para eliminar seres humanos incluyen una con un nombrecito especialmente antihumano: minas antipersonales.

Las minas antipersonales, prohibidas por el DIH y por ende por los Convenios de Ginebra, vienen a cuento porque desde Colombia nos quieren hacer la guerra. Y ahí, en Colombia, que tiene una guerra interna que ya lleva más de medio siglo, las minas antipersonales forman parte de su “arsenal” de preferencia.

En la página web de la Cruz Roja se puede leer lo siguiente: “Las heridas causadas por las minas antipersonas son especialmente horrorosas. Curtidos cirujanos de guerra consideran estas heridas entre las más difíciles de tratar. Quienes sobreviven a la explosión de una mina suelen quedar con las extremidades destrozadas, por lo que tienen que sufrir amputaciones, múltiples operaciones y someterse a largos períodos de rehabilitación física.

Además de padecer una discapacidad permanente, sufren las repercusiones sociales, psicológicas y económicas de su condición de discapacitados. Los efectos de las minas antipersonales no son un ‘accidente’: estas armas están concebidas precisamente para destrozar irremediablemente extremidades y vidas. Es el horror de la guerra lo que se describe.

Vladimir Padrino López, ministro de Defensa de Venezuela, quiere “limpiar” la frontera con Colombia de minas antipersonas. Invento macabro del ser humano. Es el horror de la guerra, el horror del dolor, el que nos quiere imponer Colombia. Apure en paz es Apure sin guerra. Apure en paz es el Apure que queremos. Apure sin minas, Apure nuestro. Alto a la guerra en Apure. Sigamos.

Mercedes Chacín