Correo de Carabobo | Abril: intrigas y conspiraciones

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En 1815 ocurrió el más terrible de los sitios o asedios a la ciudad costeña de Cartagena, en Colombia. Cuatro meses estuvo Pablo Morillo bloqueando el acceso de todo: alimentos, medicinas, agua. Nada entraba, pues estaba bloqueada la entrada por los caminos, por el mar y el río. La gente moría de hambre por docenas. Varios venezolanos estaban allí, defendiendo la ciudad: José Francisco Bermúdez, Antonio José de Sucre, Pedro Gual, Pedro León Torres, Mariano Montilla y Carlos Soublette, entre otros. La historia de Venezuela y la de América hubiera sido distinta si Morillo hubiera perpetrado una masacre con semejantes personajes dentro.

Caballos, perros, ratas y todo animal que iba muriendo pasó a ser parte de la fuente de proteínas de los cartageneros, y la consecuencia más dramática de la profusión de cadáveres fue la peste. El agua potable se convirtió en un charco inmundo, no apto para el consumo humano; la ciudad colapsó en casi todas sus formas de funcionamiento. En una jugada española un batallón intentó apoderarse del cerro de La Popa, elevación frente a las murallas, y Carlos Soublette los bajó a tiros y a coñazos con un grupo de locos al borde de la muerte por hambre. Pero el tiempo pasaba y ya la tercera parte de la población había muerto. Las autoridades militares decidieron entonces romper el cerco de alguna manera para retirarse.

“De alguna manera” significa cualquier cosa. La que encontraron los patriotas fue convocar el auxilio de un extraño personaje llamado Luis Aury, un corsario francés que había servido bien a la causa independentista en su embarcación. Tenía poco menos de 30 años, aunque los biógrafos no se ponen de acuerdo en su año de nacimiento (1781 o 1788). Como todo mercenario, trabajaba por plata, pero ni modo. Había que salir de ese atolladero.

Las conspiraciones

De Luis Aury se recuerda, y se le agradece, la forma en que logró romper por vía marítima el bloqueo realista y sacar de la ciudad sitiada a docenas de personas, entre ellas a los oficiales venezolanos más prominentes, en varias embarcaciones habilitadas para ese fin. No era la primera vez que Aury desafiaba y derrotaba en el mar a la Armada Española. De hecho, tenía patente de corso para atacar y enfrentar a todo barco de esa bandera en el Golfo de México y el mar de las Antillas, y en tal carácter había ejercido funciones de mando en Estados Unidos, México y Centroamérica.

Pero tenía un problemita el muchacho: por alguna razón no aceptaba el mando de Bolívar, y cada vez que podía se le atravesaba en el camino para contrariarlo y desconocer su jefatura. Apenas sacó a los connacionales del atolladero de Cartagena y llevados a Haití, movió la lengua cuanto pudo para que al Libertador no se le reconfirmara en el mando.

Pero si alguien era bueno echando discursos era Bolívar, así que su moción fue derrotada.

Superada esa pequeña zancadilla Bolívar pudo organizar con sus hombres la Expedición de Los Cayos. Y Luis Aury, de quien no se puede decir que haya sido cobarde o cuerda floja (un poquito antibolivariano sí) se embarcó en una empresa colosal como la toma de la Isla de Amelia y la declaración de Independencia de La Florida, junto con los venezolanos Lino de Clemente, Agustín Codazzi, Pedro Gual y otros. Pero el hombre seguía cojeando de una pata y eso era zancadilla y paja contra Bolívar cada vez que tenía una oportunidad.

En 1821, a pocos meses de la Batalla de Carabobo, Bolívar recibe informes de Perú de La Croix, que revelan las movidas y jugadas de Aury para organizar un ataque a Panamá y abrirle las puertas de Centroamérica a José de San Martín. El Libertador, que mucho sabía de beisbol caribe, decide no entromparlo de frente (estaba ocupado en la campaña de Carabobo) sino ponerle un peine. En vista de que Aury andaba intrigando, decidió ponerlo a entenderse con el papá de los intrigantes: le pidió a Santander que lo recibiera con honores en Colombia, que le abriera las puertas, que lo agasajara y le jalara bolas.
Así le manda a decir al colombiano, por intermedio de Pedro Briceño Méndez: “Sería conveniente que otras personas tratasen de introducir la división entre los secuaces de Aury, y que se les atrajesen al servicio de la República, abandonando las banderas de aquél y dejándolo así reducido a la nulidad. Este medio es tal vez el más seguro; pero necesita un gran fondo de prudencia, porque sería peligroso que se llegase a descubrir que la seducción venía del Gobierno (…) V.E., repito, está autorizado para conducir este negocio con toda la delicadeza, finura y reserva que él requiere”.

La jugada funcionó (¿qué te crees tú? ¿Que un francés iba a ganarle a un colombiano jugando feo? ¿Ah?). Bolívar siguió su camino rumbo a la inmortalidad, Aury se fue descubierto y derrotado para la isla de Santa Catalina.

Bolívar se consagró en junio en Carabobo, y Aury al parecer murió poco después. Una versión dice que cayó de un caballo y murió a los 33 años en septiembre 1821 (no es lo mismo maniobrar un barco que montar un caballo, dicen), y otras dicen que vivió en Cuba hasta 1845.

José Roberto Duque/ Equipo de investigación / Ilustración Javier Véliz