ARRIMANDO LA BRASA | Defendernos en colectivo

Laura Antillano

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El Papa Francisco, de origen argentino, como todos sabemos, dedica sus bendiciones de este día a quienes son parías de persecuciones por defender a otros, según las noticias textualmente señaló: “Me refiero a oponerse activamente a la pobreza, desigualdad, falta de trabajo, tierra, vivienda, de derechos sociales y laborales”.

Sigue pues, marcando acciones originales en el contexto de sus pares anteriores y despertando desconfianza de quienes dudan de su palabra. El lugar que le corresponde en la jefatura de esa envestidura le da derechos particulares para el mundo católico, cuya actitud varía en virtud, con frecuencia, de otros intereses para nada correspondientes.

Cuando era niña pasé mucho tiempo viviendo en casa de la abuela, allá en El Silencio, en las edificaciones diseño de Carlos Raúl Villanueva, agradable lugar, urbanización engalanada con las virtudes de la gran plaza O’Leary en toda su belleza en esa época de los años cincuenta, siglo XX, en Parroquia Catedral para más señas. Abuela Mercedes me llevaba los domingos hasta la iglesia cercana, caminábamos, ella con su velo puesto, de la mano, y si yo pretendía quedarme dentro del templo me insistía en el jardín de afuera y su bella vegetación, para que no me sintiera obligada. (Hoy pienso que debió ser una época muy segura entonces, al menos en ese lugar), y al terminar la misa se reunía conmigo. Por eso aquellos espacios y su entorno me resultan emblemáticos.

La abuela Mercedes escogía en qué creer dentro de los enigmas de la Iglesia, eso también lo entendí más tarde, cuando me contaron que a la hora de su fallecimiento le llevaron al cura y no quiso confesarse, señalando que probablemente ella tenía menos pecado que él. Supongo que mi original acercamiento hacia los dogmas y en general propuestas eclesiásticas se la debo a aquellos días de “iniciación infantil”.

La pandemia, quizá la más larga vivida por la Humanidad, nos “mueve la mata”, con más fuerza que lo que las generaciones precedentes pudieran imaginar. Estamos viendo lo nunca visto, aun con todos los adelantos de la ciencia, las nuevas tecnologías y en general: todo lo que para el ser humano de hoy se califique como progreso. Ahora se trata de sobrevivir y ello nos obliga a tratar de comprender, disciplinadamente, lo que para quienes nos precedieron no existió. Sale pues: adaptarse a las normas de protección general, lo más disciplinadamente posible sin remilgos y con ello protegernos unos a otros. Y claro: experimentar con las vacunas que esperamos, entre los pasos a dar. Si la abuela Mercedes estuviera viva, eso indicaría en su sabiduría.

Laura Antillano