DATE CON LA CIENCIA | Caserío de abejas nativas

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

0

A través de lo lúdico, la bioacústica y la etnografía, investigadores venezolanos fomentan el cuido de la biodiversidad

“Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;

y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas
blanca cera y dulce miel”.
Antonio Machado, en Anoche cuando dormía

—¡Llévenselas! Ellas son muy molestosas. ¡Son muy necias!

Un tórrido sol centellea en el piedemonte guaro. El olor a bosque denuncia la presencia de un silencioso huerto. Tendidas sobre una planicie de unos 300 metros, se levanta una cascada de limones, lechosas, parchitas, auyamas, aguacates, naranjas, plátanos, romero, albahaca, yerbabuena…, y vistosas flores. Concepción Espinoza, un viejo agricultor, después de echar una rápida mirada escrutadora, habla de tres colmenas de abejas de bolita que tiene protegidas en una cesta, con una teja.

Sin que Espinoza se hubiese dado cuenta, por años, las incesantes abejas nativas derramaban vida, como gotas de lluvia, en este hermoso y prolijo jardín. Aunque le parecían incómodas, el paisano había cuidado estos polinizadores con un auténtico saber del que no tenía realmente conciencia, como si supiese la importancia de tan magníficos animales.

Es el inicio de la pandemia de COVID-19. Un grupo de investigadores universitarios visita el caserío donde vive Concepción: Sabana Grande. Este pueblo se alza a unos 1500 m s. n. m., en la parroquia Pío Tamayo, de Lara. Es uno de los límites de la cordillera de los Andes. Queda a unos 7 kilómetros de Sanare, el pueblo de las Zaragozas. En el comienzo de la montaña, se divisa el caserío. Una zona periurbana que bordea la carretera nacional que va a Guarico, otro de los rinconcitos larenses. Desde allí, se ve el valle de El Tocuyo y los Humocaros.

Todos son familia en Sabana Grande. El que no es primo, es tío; si no, está emparentado con algún familiar. En ese pueblo, también vive y duerme el Centro de Investigaciones en Salud Pública Jacinto Convit, de la Universidad Central de Venezuela. En el caserío, han talado mucho el bosque primario: tiene ecosistemas simplificados para la agricultura. Sin embargo, campo adentro, está el bosque. En el día, hay un ardiente sol y, en la noche, hace mucho frío.

Las abejas nativas están en todas partes en Sabana Grande, prácticamente en todos los muros de las casas, en la iglesia, en la plaza. Los abuelos y las abuelas las tenían en los jardines y en los cafetales.

En este caserío, se han registrado, hasta hoy, cinco especies de abejas nativas: la arica, los pegones, la angelita, la abejita del café y una que falta por bautizar.

La abeja nativa más común es la de bola, del género Paratrigona. La llaman “la abejita del café”. Mide alrededor de medio centímetro. Es totalmente negrita y tiene unas pinceladas color verde pistacho, casi fosforescente, que delinean la cabeza, la parte frontal, el tórax y las patas. La abejita de bola hace sus nidos en la superficie. A este insecto, también lo llaman “boquita de vieja”, porque la circunferencia donde vive tiene una entrada que es como un tubito de dos centímetros, hecho de un material ceroso y muy poroso, el cual cierran las abejas alrededor de las 6 de la tarde, para impedir que depredadores (las arañas, las lagartijas, los triatominos) arrasen con las crías de abejas, el polen y el néctar. En Sabana Grande, una científica grabó una colmena paratrigona: es una bolita en el ápice de una mata de café que integra hojas y granitos de café. Parece una flor de Venezuela hecha por las abejas, que se mece con el viento, bajo la sombra de un bucare.

La fotógrafa es la bióloga caraqueña Palmira Guevara, docente de la UCV, quien, desde 2020, adelanta una investigación colectiva con Iluska Salazar, Dubraska Torcatti y Gerardo Escalona. La idea nació con el programa Ciencia Lúdica y tiene mucho en común con el proyecto “Mis vecinas las abejas”, que desarrolla el biólogo Pablo Pérez, en conucos urbanos.

Palmira relata que el único endulzante que había en la época precolombina era el de las abejas nativas. La fuente del dulces estaba en la diversidad de mieles producidas por la diversidad de especies nativas sin aguijón. Nuestra alimentación era muy sana y muy distinta a la que vino de Europa. La imposición de esa otra civilización implicó cambios en los cultivares, en los sabores y en las costumbres; entre estos: la aparición de la siembra de la caña de azúcar y el abandono de la miel de las abejas nativas por las mieles de las abejas europeas, más tarde africanizadas.

En la Tierra, hay más de 20000 especies de abejas. Los pueblos aborígenes y campesinos de Venezuela conocen algunas y conviven con ellas. La mayoría de las abejas nativas no tiene aguijón, y son muy diversas. Las colmenas que construyen son casi perennes. Le cogen gusto a un espacio para vivir y, allí, se quedan. Cuando tú destruyes una colmena de nativas, va a pasar algún tiempo para que las abejas vuelvan. Las nativas tampoco hacen esas enjambrazones, que asociamos a la abeja que vino de Europa, que tiene un aguijón suicida y una reacción defensiva en grupo. La nativa, en su mayoría, es amable.

La genética de la nativa se manifiesta en el comportamiento de cómo construyen comunidades; por ejemplo, la arica hace como un volcancito, con unos surcos, a base de resina, saliva y otras secreciones de ella misma. El material de la piquera de la colmena de la arica es un barro parecido a un cemento, el cual cubre las cavidades, creando una cápsula que permite la incubación del polen, procesado en potecitos —no son las celdas hexagonales que hace la abeja Apis—: son unas copitas llenas de polen mezclado con microorganismos, con un grado de fermentación, para la preservación. ¡La miel que destila es exquisita!

La miel de las abejas nativas sin aguijón era y es usada todavía hoy como medicina, alimento y suplemento para fortalecer el sistema inmune. La miel que las nativas producen es distinta a la miel de las abejas Apis mellifera. El rocío de oro de las abejas nativas es misterioso y rico; tiene más porcentaje de agua; un sabor dulce-ácido; así como extraordinarias capacidades curativas palpitantes.

A los investigadores que estudian en Sabana Grande con las familias rurales, les interesa subrayar la importancia cultural y nutricional de las abejas nativas, pero sobre todo compartir el hecho de que ellas son polinizadoras; no como un servicio de la naturaleza, como dicen voces neoliberales, sino como otros seres con los que convivimos, porque nosotros también somos natura. Las abejas mantienen la diversidad genética de las plantas, preservan fragmentos de bosques nativos y abren diversidad de nichos para que otras especies vivan. Ahora, ¿cómo fomentar y valorar la preservación de las abejas nativas? He aquí algunas claves: no molestar sus nidos naturales y mantener las plantas con las cuales ellas interactúan (eso significa conocimiento, que la gente las identifique).

Palmira insiste en que las abejas sin aguijón del bosque nativo y su interacción con las plantas es un motivo para inspirar el gusto por el conocimiento, la curiosidad en la juventud; porque Venezuela necesita nuevas generaciones de entomólogos/as, botánicos/as, biólogas/os, que quieran conocer lo nuestro y hacer cotidiana la protección de la biodiversidad. Despertar la curiosidad de cómo es, cómo funciona y cómo podemos aproximarnos para saber más, a través del juego y del relato; del microscopio y de la lupa; del dibujo, como una herramienta de la ciencia; de la observación de qué insectos visitan tales plantas; de escuchar y grabar los sonidos, la bioacústica; de sentipensar los espacios, hasta con tamunangues: “Cuando vas pa la montaña/búscame como abejita/no me busques en las ramas,/búscame en la florecita”.

Uno de los objetivos de la mencionada investigación es hacer un herbario para caracterizar las especies de plantas y cultivarlas. Otro, es que las abejas nativas vuelvan a estar en las casas, como un elemento genuino del pueblo. Así como están el pilón y el tinajero, en los hogares debe hacer presencia la cajita, el árbol o el tronco, guindando en el alero de la casa, con las abejas nativas, como parte integral de la agroecología que ocurre en el huerto; como fuente de alimento, como un medicamento o para dar una cucharadita de miel a cada carajito/a.

El cuido de las abejas debe ser una actividad de la familia campesina, no solo de meliponicultores. La familia de Concepción Espinoza es un ejemplo de ello.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto