EstoyAlmado | ¡Salve, oh sábana!

Manuel Palma

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Esta sábana no es blanca, como la de las publicidades de detergentes. Es amarillenta, con pegostes, manchas inexplicables y bordes oscuros. A lo lejos, cuando recibe la tenue luz del poste eléctrico, pueden tornarse color marrón bajo la fría noche caraqueña. En ese estado no debería usarse para vestir ninguna cama, pero sí es vital para que al otro día nos sintamos ciudadanos engreídos que transitan por una acera limpia; para que nos recojan el basurero que generamos a diario.

La sábana no actúa sola, hace llave con los muchachos del aseo que todas las noches limpian la inmundicia que lanzamos sorondamente por toda Caracas. Se puede creer que, además del camión, la pala es es la principal herramienta que los trabajadores usan para recoger la basura de esta ciudad. Pero no, estábamos errados. Es la sábana, percudida en cada uno de sus hilos, la que se lleva el trofeo anónimo de la limpieza citadina.

Muchos ni lo notan, yo apenas lo descubrí hace poco cuando pasaba por una esquina tapiada por un montículo de basura. Era temprano en la mañana. Los transeúntes que pasaban por el lugar, además de sumar más porquería al sitio, también regaban en el ambiente algún comentario maldiciente contra el servicio público de recolección de desechos sólidos.

Siempre me preguntaba cómo harían para llevarse ese basurero. Fue entonces cuando en la noche vi la sábana entrar en acción: dos trabajadores del aseo la toman de las puntas, la extienden como si fueran arropar a alguien. Se colocan cerca de la parte trasera del camión. Con la pala, otro trabajador levanta cúmulos de basura y echa todo lo que puede en el centro de la sábana perfectamente extendida. Con sincronía los trabajadores balancean la sábana y lanzan los desperdicios al camión. Y ¡zuas! lo que era un trabajo de una hora con la pala, con la sábana se redujo a minutos. ¡Salve, oh sábana!

Al día siguiente el efecto suele ser el mismo, al menos así ocurre en la esquina por donde vivo: aquellos que maldecían por la montaña de basura quedan atónitos y con la sorpresa disimulada para sus adentros.

Para algunos puede ser un detalle irrelevante, porque esperan que los muchachos del aseo deben recoger como sea los desechos y cumplir con la limpieza de las calles. Pero imaginémonos que no usaran la sabana y tuvieran que cumplir con la recolección en varias rutas, apenas armados con la simple pala. No es que el uso de la sábana haga el milagro de la pulcritud soñada de la ciudad. Sin embargo, es una herramienta salvadora para la labor de los trabajadores del aseo y para la propia limpieza de la ciudad.

¿A quién se le habrá ocurrido? Un misterio por resolver. Especulo que el uso de la sábana fue parte de la inventiva de algún trabajador. Alguien que, en su sabiduría popular, empezó a usar improvisadamente el pedazo de tela para recoger con mayor celeridad la basura, y así terminar la jornada más rápido de lo previsto.

Quién sabe, tal vez funcionó de tal manera que el resto de los trabajadores replicaron su uso. Lo poco que he visto es que todos la usan, sobre todo en la recolección nocturna en la avenida Baralt.

Lo más seguro es que sean muchas las sábanas, y los trabajadores del aseo la tengan amontonadas junto al resto de los implementos para limpiar la ciudad.

Si es así es paradójico, porque hace años se creyó que sin inversión tecnológica para recoger los desechos sólidos, la ciudad estaba condenada a la suciedad al extremo. Incluso, bajo esa premisa se instalaron, con erario público, contenedores de color verde para que camiones con palancas hidráulicas los levantaran, y depositaran la basura en la carga trasera. El desarrollo. El futuro. La tecnología para lograr una ciudad más limpia. Nada podía salir mal.

Hoy, muchos de esos contenedores se funden a cielo descubierto con la propia basura en las esquinas de Caracas. Y, mientras tanto, el uso que los trabajadores hacen de estas sábanas improvisadas resuelve la recolección. Hoy, en crisis, con bloqueo, sin muchos aspavientos y sin ninguna alusión más que esta columna.

Manuel Palma | @mpalmac