PARABIÉN | De lejos, el amor cerca (I)

Rubén Wisotzki

0

1.

Uno no sabe quién es. Pero a veces recibe noticias que ayudan a saberlo. No son determinantes, pero dan algunas pistas. Por ejemplo, cuando el hijo menor hace lo que sus otros hermanos, ya mayores, no hicieron nunca: “¿Pa, cómo hago para conocer a una chica? ¿Qué me recomiendas? ¿Cómo lo hacían ustedes?”

Hay también noticias que son confirmaciones: Uno no sabe nada del amor, -hablamos del amor de pareja, de la implicación de dos personas en una suerte de búsqueda de un destino común (¿es eso?, ¿es así?)- aunque pareciera, en algunos senderos de la vida, que sí, que se sabe del tema.

A veces los datos se confunden, se solapan, se enciman, se separan, se unen, se contrastan. Lo cierto es que el historial personal amoroso, y aquí permita que sea incluido usted, estimado lector, que posee cada uno de los que integramos esta especie, podría explicar muchas cosas no inherentes, necesariamente, a eso, al amor.

2.

Inútiles en la materia en cuestión, no hemos dejado de ver, de leer, acerca del amor. Las ansias de conocimiento se pueden manifestar de diferentes modos, desde viendo a los otros, pasando por una infinidad de intentos propios, o leyendo a los más duchos en explicar aquello que somos.

De todos los textos leídos, recordamos aquí al del profesor Alain Badiou y su conversación con Nicolas Truong, titulado “Elogio al amor”, publicado en 2012, fecha, valga destacar, en donde no se hablaba de “distanciamiento social” porque, sencillamente, no eran años de pandemia. Y, sin embargo, afirmaba el filósofo: “Pienso realmente que el amor, en un mundo como el actual, se encuentra acorralado, asediado, y en este sentido, amenazado” (…)

Paréntesis: Formulaba Badiou tal afirmación a partir de lo que denominó “una economía de la pasión”, refiriéndose al auge de portales electrónicos para conciliar citas, amorosas, entre personas. Ay, profe, todo lo que le faltaba por ver y ya lo está viendo (…y describiendo, ya que Badiou, al igual que otros filósofos, de aquí y de allá, ya han interpretado este presente virulento, pero eso será motivo de otro encuentro sabatino).

Continúa Badiou: “(…) Y creo que es una tarea filosófica, entre otras, defenderlo. Hecho que supone, probablemente, como decía el poeta Rimbaud, reinventarlo. No puede hacerse una defensa de él por la simple conservación del estado de cosas. El mundo se encuentra, en efecto, rebosante de novedades y el amor debe también ser incluido en esta novación. Es necesario reinventar el riesgo y la aventura, en contra de la seguridad y la comodidad”.

3.

Obviamente, y ya fue aclarado, se refiere Badiou a otra realidad. Imposible imaginarse a alguien, excepto a los torpes y necios negacionistas, suponer que alguien en sus cabales invite a descuidar los riesgos calculados y los ámbitos seguros en pro de algo que no suponga la supervivencia física.

Es otro, indudablemente, el llamado. Y quizás uno, derrotado una y mil veces en estas lides, no lo reciba. Con el paso del tiempo, se sabe, se va perdiendo, entre muchas otras cosas, capacidad auditiva. ¿Cómo armar una concepción del amor desde su novación si en lo que va de vida ha ido de tropiezo en tropiezo en su creación? Y, así y todo, pasará esta noche y amaneceremos creyendo en lo (im)posible, en lo (in)viable, en lo (im)pensable. El ser revolucionario, el aspirar a cumplir con esa condición, que es humana, condición suya y nuestra, estimado lector, implica ser un soñador. Y eso lo oímos perfecto, aunque el sueño no tenga sonido alguno.

4.

En todo caso, y sí, algo se le dijo al hijo necesitado, se le propuso que fuera siempre fiel a su verdad, que ante ella y ante él mismo, porque existe, como creencia, como posibilidad, que cuando hablamos de amor hablamos de reflejos, mantenga de pie y con la cabeza en alza, su verdad. Y, muchas veces, la verdad de uno es la mentira para el Otro. Es así, creemos que es así. Al final de cuentas, y esta es la única posición que defenderemos, es que el encuentro amoroso entre dos personas se basa, entre muchas otras cosas, en compartir una verdad.

5.

Dicen algunos que estos tiempos, más inciertos que otros, son propicios para que impere lo que la ciencia social llama como “sesgo de visibilidad” (un derivado del “sesgo de posibilidad”), es decir, creemos en lo que vemos y en lo que no vemos no. Por eso, seguramente, una pandemia, invisible, rueda libre entre los mortales hasta que se forma un consenso colectivo de su existencia. En ese sentido, podríamos jugar a especular que el amor puede ser tanto visible como invisible. Y en ese tránsito, entre ambos campos, captarlo como verdad ha de requerir de una capacidad de internalización realmente poderosa, casi inhumana. Pero recuerden tomar estas palabras con las debidas pinzas ya que provienen de un inútil en la materia.

6.

En todo caso, y a manera de cierre de esta primera entrega en torno al amor, y también a su futuro, confesaremos aquí que fuimos estremecidos, conmovidos, por apreciar que el amor es posible, aún en los distanciamientos más férreos, en medio de las tragedias más indescriptibles, en las circunstancias más adversas de la vida.

Que los jóvenes encerrados, limitados, vigilados, –es decir, en estado puro de suspensión–, busquen superar todas las restricciones posibles para llegar a esa Otra, a ese Otro, con economías bloqueadas, o relegadas, o en franco retroceso, con un desmesurado crecimiento en la desconfianza, por aquello de la bioseguridad, tanto de los gobiernos, de las instituciones, de los vecinos, y hasta de los propios familiares en algunos casos terribles, en este escenario tan empinado, empedrado y dificultoso a más no poder, vayan ya sea visualmente, a lo lejos en la calle, a lo más lejos en las pantallas, y a lo más cerca que es posible, que es en las palabras, tras un posible amor son legítimos merecedores de futuro. Para bien.

Rubén Wisotzki