ARRIMANDO LA BRASA | La utopía posible

Laura Antillano

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La esperanza es un sentimiento que nos constituye como seres históricos, la esperanza señala algo por venir. Somos “sujetos temporales” por eso estamos en un curso hacia el futuro, que define nuestro “devenir histórico”.

La pandemia nos angustia porque nos detiene en el tiempo, y cada paso para la definición de su fin, cuya seguridad no marque paso de una vez en el horizonte, nos reduce la esperanza en el devenir.

Ahora es la complejidad del asunto de las vacunas, cuya consecución está sujeta a los recursos del Estado y la oferta, generosa por demás, de los países que la han producido y donado, en buena medida, al nuestro. Pero nuestra población es grande y requerimos que se vacune todo el mundo para que tenga efectividad esa acción.

La esperanza es afecto, la esperanza entusiasma y mi esperanza incluye la de los otros y se alimenta con ese colectivo. El optimismo está consciente de las dificultades, y de que hay que superarlas paso a paso. Las adversidades detienen el camino, entre ellas la más grave ha sido el descubrir que el covid-19 muta, cambia, se transforma, y la efectividad de las vacunas tiene que reforzarse, rehacerse, duplicar su efecto. Pero no estamos en un punto ciego. La acción que nos toca en este presente tiene que ver con el disciplinarnos en función de mantener las medidas generales para evitar el contagio, todos a uno, si nos cuidamos personalmente estamos cuidando a todos en el entorno. Parece simple pero es muy complicado, tan elemental como esperar que todo el mundo use el tapabocas como debe ser, no hagan reuniones, obedezcan las medidas esenciales sin búsqueda de cinco patas al gato.

No se trata de ser pasivos, todo lo contrario. Se trata de “la intencionalidad de futuro”. Queremos ese futuro. Hay un sentimiento de miedo que se define en algo concreto en las cifras recibidas día a día, de quienes se nos han ido quedando en el camino. Estamos aprendiendo a entender nuestras debilidades, y la necesidad de recursos para armar el ejército saludable contra el virus nos produce un gran desasosiego. Escribió en alguna parte Oscar Wilde que “un mapa que no contemple el lugar de la utopía no merece la pena echarle un vistazo”. Ese lugar es el final de la pandemia, el control definitivo de cifras que dejen de señalar víctimas, fallecimientos. Hagamos lo que este a nuestra mano, para que sea posible en el tiempo. Porque valdrá la pena volver a acercarnos. Volvernos a encontrar. Y abrazarnos.

Laura Antillano