PARABIÉN | De lejos, el amor cerca (II)

Rubén Wisotzki

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1.

Desde la emoción, hablábamos, escribíamos, en el texto del sábado pasado, que el amor todavía es posible. Sería esta afirmación una perogrullada, una más de este autor, si no es que fuera expresada en una realidad pandémica mundial, cuando un nuevo modo de convivencia, a todas luces inconveniente, como el distanciamiento social, es una regla a seguir para aportar a la supervivencia individual y colectiva.

Desde la emoción, claro, pero también desde una suerte de sorpresa, tomando en cuenta nuestros rotundos fracasos en los trances amorosos, en tiempos de “normalidad”, recurrimos, como siempre cuando nos asaltan las grandes dudas, a los discursos filosóficos, al pensar de los otros para hallar, si no algunas respuestas, al menos un par de buenas preguntas.

2.

Vaya falta la nuestra. No nos dirigimos a los poetas, –quienes son también nuestros grandes consultados ante cualquier duda o inquietud-–, los más duchos, los más entendidos, los que mejor traducen e interpretan los lenguajes del amor. Sirva este gran detalle, nada nimio, para dejar muestra evidente de nuestra impericia en la materia.

Para corregir semejante fallo dirigimos, con carácter de urgencia, el espíritu hacia la mirada poética. Nos citamos con Pablo Neruda y sus 20 poemas y su canción desesperada en su paisaje de Isla Negra, con todo Rainer Marie Rilke, a sus elegías en edición de la UCV, procuramos recitar en voz alta algo de Rubén Darío; nos encontramos (y nos enterramos) con Federico García Lorca y su romancero gitano, nos detuvimos ante el sevillano Luis Cernuda; cruzamos la calle con Stendhal quien nos recordó su ideario amoroso; le pedimos ayuda al querido Eugenio Montejo, como más de una vez lo hicimos, a la salida del abasto; se le imploró a Pessoa, como si estuviésemos nuevamente ante su fría, fría, muy fría, metálica y robótica escultura lisboeta, invocamos a nuestra pasión eterna por Wislawa Szymborska, hicimos todo, absolutamente todo lo posible y necesario.

3.

Y, sin embargo, fue el chileno Raúl Zurita, de manera inesperada, tan inesperada como esta “nueva realidad”, con su libro “Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio”, escrito a finales del siglo XX, publicado en 2000, luego de los 17 años del horror pinochetista (“en medio de la travesía de ese tiempo insulso”, como expresó Zurita ante una sociedad que le resultaba extraña por su desatendida reacción ante el dolor sufrido), quien más nos llegó y fue determinante*.

(*Recordemos que nosotros no elegimos el libro, el texto, la palabra a leer, sino que el libro, el texto, la palabra, nos elige a nosotros. Nos sabe necesitados, urgidos, y viene a nuestro auxilio. Por eso, cuando abrimos el libro, sin que sepamos cómo ni por qué, solemos sentir que algo más que unos papeles se abren en ese acto).

4.

A riesgo de ser latoso, les pido que lean al poeta:

“El problema humano por antonomasia es el sufrimiento. La felicidad podemos entenderla, en cierto sentido parece que nos fuese debida. Pero el dolor es a menudo incomprensible. (…) Si uno se queda en silencio puede escuchar el sonido de su propia respiración, si se queda más en silencio aun puede oír incluso los latidos de su corazón. Pero si oye bien ese latido verá que él repite un Sí. Es un “sí-sí-sí-sí”. En cada segundo de la vida optamos por vivir. Esto es dramático y real porque hay seres en el mundo que dicen No y se expulsan la vida. Eligen no vivir.

El estado de sufrimiento nos hace escuchar ese Sí. El dolor es el megáfono que hace que escuchemos esa afirmación en toda su potencia, y esto es así porque cuando uno sufre la posibilidad de decir No, se hace presente con todo su vértigo liberador y potencia. El hombre feliz no escucha su Sí porque la vida le está encima, absoluta. El que sufre debe luchar por su vida, elegirla en cada instante de su sufrimiento.

Ese Sí permanente que damos es también el Sí del universo que nos responde, el Sí de todas las cosas que nos hablan y nos miran. El amor surge de la confrontación de ese Sí con la posibilidad de la nada, del No”.

5.

Violamos todas las leyes de la decencia en este texto. Nos explicamos: en esta oportunidad no hablamos de una lectura ya realizada, y ojalá fuese siempre así, internalizada, no hablamos desde una lectura sino desde la propia lectura. Lo que usted, estimado lector, está leyendo de Zurita simultáneamente, si se nos permite la dramatización, lo estamos leyendo nosotros. Ojalá que la revelación sea mutua.

Sigue Zurita, seguimos nosotros:

“Todas las cosas se aman. Es por eso que la hoja de un árbol está cerca de la otra y los pastos se mecen al unísono bajo el viento. Muchas veces nos sentimos fascinados al mirar el espectáculo de las rompientes estallando, o de la cordillera nevada o de un atardecer frente al mar. Es un sentimiento en sí inexplicable que a pesar de la prisa de la modernidad, de la televisión y de las computadoras, sigue deslumbrando.

He creído que nos maravilla porque aquello que miramos nos devuelve la mirada y nos saluda, pero no es sólo el paisaje o el espectáculo de la naturaleza, en cierto sentido esa montaña está formada también por los miles de ojos que antes que nosotros ya la han mirado. Son esos ojos, los ojos de todos los que nos han precedido los que nos miran en cada cosa que miramos. Al mirar volvemos a encontranos con esos seres, volvemos a verlos y a ser vistos por ellos.

Cada uno de nosotros es más que un yo, es un torrente de difuntos que termina en nuestra vida tal como nosotros terminaremos en los que nos descienden. Eso es lo que se entiende por una tradición y una cultura: que todos aquellos seres que nos han precedido vuelven a tomar la palabra cuando nosotros hablamos, vuelvan a mirar cuando miramos, vuelvan a sentir cuando sentimos. Cada uno de nosotros es la resurrección de los muertos y ese milagro se va cumpliendo en cada segundo de nuestras vidas.

(…) Si yo digo “no” es el final de todo. Por eso cada instante los muertos resucitan y vuelven a hablar en nosotros. Todo lo que vemos es la presencia de la muerte glorificada por nuestro asentimiento. Cada vez que decimos Sí, cada minuto, cada segundo que decimos Sí, es una fiesta de todo el cosmos. Las rompientes resuenan entonces con toda su fuerza y el desierto se abre en la magnitud infinita de sus colores, de sus tonos, de sus profundidades. Será así también en el nuevo milenio”.

6.

A Raúl Zurita le otorgaron el Premio Sofía de Poesía Iberoamericana en 2020. De esas tierras de Gabriela Mistral, Huidobro y Neruda, ya lo habían recibido, más que merecidamente, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. Con el paso del tiempo no hemos vuelto reacios a ciertos galardones, especialmente los literarios.

Pero en esta oportunidad tan especial, con la raza humana respirando entrecortadamente debido a esta maldita pandemia, asumimos que ese reconocimiento a Zurita, aunque sea por las pocas palabras acá citadas, es uno de los más justos y oportunos. Su Sí a la vida y al amor se nos antoja hoy, ante nuestros ojos, ante cada milímetro de nuestra piel aún expuesta al mal, la mejor vacuna. Para bien.

Rubén Wisotzki