VITRINA DE NIMIEDADES | ¿Qué nos merecemos?

Rosa Pellegrino

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“Sinceramente: merecer, merezco.
Nunca he matado a nadie, es verdad,
pero ha sido por falta de coraje o de tiempo,
y no por falta de ganas
Eduardo Galeano, en El Libro de los Abrazos

Salir en cuarentena radical puede ser un problema en este lado de mi ciudad si no hay bolívares en el bolsillo. Entre autobuses como casas de cambio y quien vende efectivo, nació una promesa: una tarjeta para pagar el pasaje. Pero, como lo sencillo merece ser complicado, su uso es casi una aventura.

Empieza entonces la cacería de unidades que cuenten con el “aparato”, el equipo para debitar el monto de cada viaje. Se dejan pasar unidades pensando que la próxima contará con ese artilugio, pero se fracasa en la empresa, se saca el poco efectivo disponible y se le pregunta al colector: “¿Ustedes ya no aceptan esas tarjetas?”.

–Muy pocos las reciben. Eso no va a funcionar- responde.
–Pero es que ustedes no quieren recibir las tarjetas- dice uno tontamente.
–Bueno, ya usted sabe de quién es la culpa. Sigan votando.

¿Nos merecemos esta respuesta por ejercer un derecho?

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Revisar las redes puede ser un ejercicio afortunado, un soberano acto de ocio o un lamentable encuentro. Toco esto último en Twitter: alguien sostenía que un profesor en EEUU gana 55 mil dólares al año, mientras que uno venezolano obtenía 50. Lo consideraba “justo” porque, según él, la mayoría de los docentes destruyó el sistema económico del país.

¿Merecería un hombre como Luis Beltrán Prieto Figueroa, férreo defensor de la educación liberadora, leer algo así?

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Si algo valoramos por influencia cultural es el derecho a merecer. Nos educan para reunir todos los créditos que nos abran las puertas de lo que se supone nos corresponde: éxito, casa, dinero, un buen trabajo, una feliz familia y otras cosas que resumen una buena vida, como nos la enseñan desde todos los entornos sociales.

En función de ese comportamiento políticamente correcto, también valoramos lo que ocurre en la vida nuestra y en la de otros. “Es tan bueno, no se merece lo que le está pasando”, “Podrá haber sido un buen hijo, pero por algo terminó así”, “Me sorprende que me esté sucediendo esto. Es tan, pero tan bueno que no me lo merezco”: así vamos haciendo una larga lista de juicios sobre lo merecido e inmerecido.

Pero cuando se trata de un colectivo, sentirnos con el derecho de justificar los problemas y sus efectos como algo que le toca vivir a ciertos sectores es fragmentar la realidad. Es como meterse en una burbuja, pensar que a nosotros no nos afecta, sentirnos superiores y comportarnos como jueces frente a luchas históricas y contribuir irremediablemente a su retroceso.

Aunque este comportamiento es tan viejo como la humanidad, es uno de los muros que deben derrumbar quienes combaten por la igualdad y la equidad. Y en un país como el nuestro, con las complejidades que afronta, asumir lo incorrecto como “bien merecido” solo sirve para atizar el odio y la exclusión. ¿Quién puede defender que nos merezcamos eso?

Rosa Pellegrino