HORIZONTE DE SUCESOS | El cerebro de la sociedad

Heathcliff Cedeño

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Cuando nos dicen que nosotros no pensamos inmediatamente objetamos esa idea y tratamos de buscar en la memoria algo que se nos haya ocurrido solo a nosotros. ¿De verdad no somos capaces de producir un pensamiento propio?

Esta pregunta se la han hecho muchos de los que buscan la manera de transformar la sociedad y tratan de llenar el hueco de sinsentido dejado por el pensamiento moderno que puso “fin” a la edad media. De moderno no tiene nada.

La verdad es que realmente quien piensa es la sociedad. Pero para no exponer esta idea tan descarnada también se puede decir que esta sociedad establece los marcos en los que se desarrollan los pensamientos individuales. Si bien se puede afirmar que las ideas son inmortales (por eso Dios es inmortal), esto no quiere decir que no se pueda sustituir una idea por otra. Y eso puede que sea lo que necesite la sociedad para lograr un viraje necesario para salvar la vida.

La complejidad de este asunto radica en el hecho de cómo aparecemos y nos incorporamos al mundo. Que nuestra indefensión al nacer nos haga dependientes de otros para sobrevivir, y, por ende, todo lo que aprendemos es por imitación, ya implica un condicionamiento.

Es sabido que la sociedad no tiene un cerebro. Nosotros somos el órgano de pensamiento porque sostenemos en mundo pensamental con el que afirmamos el mundo. Entonces sucede que esos pensamientos se convierten en leyes, muchas veces incuestionables porque simplemente no nos detenemos a pensar por qué surgieron.

Para algunos psicoanalistas estas leyes constituyen una suerte de padre simbólico que nos gobierna, un dios omnipresente que nos juzga y nos reprende para que volvamos al cauce.

Sobre qué se sostiene, por ejemplo, la idea de fidelidad. Los principios morales son acuerdos colectivos que nos sirven para generar cierto orden, pero tal rigidez se resquebraja con el tiempo. No se es fiel a alguien o a una idea, uno es fiel a la ley, fallarle a la norma nos golpea porque pasamos al banquillo de los acusados donde uno mismo es el acusado, el juez y los testigos. La conciencia sucia no escapa del ojo de la sociedad, nos juzga así nos metamos debajo de las piedras y ese es el verdadero Dios, omnipotente porque viene incorporado a la mente.

Así vivimos batallando en una guerra perenne entre las pulsiones animales y el intento de domesticarlas. Esta lucha es silenciosa y quien debe tironear entre un extremo y otro en una eterna negociación es el sujeto, nosotros.

Heathcliff Cedeño