PUNTO Y SEGUIMOS | Ecuador, sin sorpresas

Mariel Carrillo García

0

Para muchos – especialmente los chavistas – que los ecuatorianos eligieran a un banquero de presidente, después de los cuatro años de mal gobierno de Lenin Moreno, quien traicionó a la gente, partido y proyecto político que lo llevó al poder, resultó ser una desagradable sorpresa; cuando lo cierto es que de sorpresivo el resultado no tuvo nada, aunque si mucho de desagradable.

La Venezuela Bolivariana ha tendido a evaluar el proceso de la Revolución Ciudadana (RC) y al correísmo con más corazón que ojo crítico, suprimiendo de los análisis variables que son fundamentales; como el estudio de la idiosincrasia ecuatoriana, la historia republicana del país andino y el seguimiento detallado de la política interna de la RC durante los diez años de gobierno de Rafael Correa.

Evidentemente, y sin ninguna duda, la llegada de Correa marca un antes y un después en la historia política reciente de Ecuador. La RC sacó de la pobreza al pueblo ecuatoriano, aplastado y desmembrado después de la crisis del feriado bancario y de una seguidilla de gobiernos corruptos y mediocres que poco y nada hicieron más que fortalecer los privilegios y poder de las oligarquías de la costa y la sierra. Durante los gobiernos de Correa, Ecuador se modernizó, mejoró sus números (salud, educación, IDH, pobreza), vio el retorno de miles de los millones de migrantes que dejó el feriado y además logró alcanzar un lugar importante dentro de aquella ola de avances antineoliberales que encabezó Chávez, con un Correa carismático no solo a nivel local sino internacional, que expulsó a los gringos de la base de Manta y se aseguró que la sede de la Unasur estuviera ubicada en Quito.

Para un pueblo con el carácter del venezolano, estas acciones fueron más que suficientes para ganar nuestra admiración y apoyo; y su amistad no solo política sino personal con Chávez terminaron de sellar ese pacto de amor del chavismo con el correísmo; un pacto que, para ser justos, a nivel popular siempre se expresó con más efusividad desde el lado nuestro y que, a nivel de gobiernos, perdió su fuerza después de la muerte del Comandante; cuando las luchas internas de los países desplazaron aquel impulso integrador y de unidad que habíamos logrado y que dio paso al renacer de las derechas regionales, quienes comenzaron a recuperar los espacios perdidos.

La RC siempre demostró debilidades estructurales en la formación política e ideológica de su militancia, era claro que, más que una revolución era apenas un movimiento progresista fuertemente dependiente del liderazgo de Correa. Dichas debilidades quedaron en evidencia a la hora de mantener y defender su programa una vez Correa anunciara su decisión de retirarse de la política nacional, dejando al país a manos de un personaje nefasto que aparentemente ningún olfato político de la RC pudo detectar y que develó su traición el mismo día de su toma de posesión.

La decisión personal de Correa y la falta de fortaleza ideológica y capacidad de movilización de la militancia le costó a la RC no solo el poder, sino el bienestar social que lograron en los diez años previos. Y por supuesto, también les costó esta reciente elección en la que además de arrastrar sus problemas de base, tuvieron un equipo de campaña poco efectivo, que en su intento de parecer “light”, “poco correísta” y “pacificador” diluyó su más grande fortaleza, el logro de haber sacado a Ecuador de la miseria; para caer en las campañas de odio de la derecha más rancia y racista del país.

El caso ecuatoriano demuestra que, sin formación y organización popular, y sin un proyecto político sólido y definido ideológicamente, ningún gobierno por bueno que sea está protegido de las amenazas de las oligarquías internas y externas que atacarán con ferocidad para recuperar lo que consideran es suyo por derecho. La RC falló en caracterizar la lucha como una lucha de clases, fue descuidada y soberbia con temas tan delicados e imprescindibles como el relacionamiento con el movimiento indígena y además pecó de ingenua al creer que ya todo estaba hecho, que el pueblo sería sabio en elegirles una y otra vez; sin prepararle ni darle las herramientas necesarias para enfrentar las estrategias de la derecha, siempre vigilante, cruel y actualizada en aquello de no dejarse vencer.

A Ecuador le vienen 4 años de neoliberalismo puro y duro. La esperanza es que el pueblo explote como lo ha hecho antes, a su ritmo andino, a modo tierra arrasada, y ojalá con alguna dirigencia decente y popular que sepa aprovechar y capitalizar el momento histórico que sin duda se viene, en el horizonte, con el espíritu de los Apus sagrados (montañas) que los resguardan.

Mariel Carrillo García