MONTE Y CULEBRA | La gente que nombró a la arepa

José Roberto Duque

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No es tan frecuente encontrarse con gente del pueblo cumanagoto. De hecho, si no viajamos a la costa más oriental de Venezuela, o a los pueblos más o menos satelitales del “cercano oriente” barcelonés, difícilmente identificaremos a simple vista a humanos de esa estirpe, esquiva y relampagueante hace medio milenio y mucho más de ambas cosas en este tiempo.

El año pasado, al borde de la declaratoria de pandemia, anduve por esos territorios, buscando historias y explicaciones al asunto comunero, ya en proceso de estallido en el municipio Simón Bolívar, y conocí a Rosa, de entrada una oriental o criolla como los millones de venezolanos actuales, pero en cuanto habló de su amor al origen, a la tierra y a la cultura de los suyos tuve la revelación hecha al principio: no es tan fácil encontrar cumanagotos, como sí lo es encontrar originales o descendientes cercanos de wayúus, guajibos, jirajaras, timotocuicas, pumé, caquetíos e incluso axaguas.

La razón pudiera residir simple y lógicamente en el escaso número de sus naturales. Pero también tiene que ver con la poca o nula vocación para despegarse de su territorio, cosa sorpresiva o al menos curiosa, tratándose de un pueblo que se salvó del exterminio total precisamente gracias a su nomadismo.

La semana pasada regresé allá a seguir indagando en el impulso que llevó y sigue llevando a ese municipio a participar del nacimiento o fundación de ciudades comunales, y esta vez anduve por el corazón de algunos de sus poblados: en el eje Caigua-El Pilar, y más cerca de la periferia criolla, en El Viñedo, población situada cerca del peaje de Mesones en la larga carretera que baja hacia Anaco-El Tigre y mucho más allá hacia Bolívar.

Y entonces me encontré escarbando en la huella nominal de esos pueblos donde reposa o reside la potencia ancestral del indígena recolector. Preguntando y anotando, supe que por allí quedan poblados de nombre poético o musical que resuena en nuestra memoria genética, oculta por siglos de proceso “civilizatorio”: por ahí quedan los caseríos, sectores o referencias llamados Guariquero, Characual, Sacacual, Juncialito, Urucual, Ñamacual, Panamayal, Musumucual, Piritucual, y aprendí un microscópico dato lingüístico: la partícula o sufijo “cual” significa “agua”. Los poblados se llaman de esa manera a pesar del rudo sol y la cruda sequía, porque al parecer abunda el agua subterránea y, además, el mar queda más o menos cerca.

“Cuar” significa tierra (Aravenicuar: tierra de venados; Acuparicuar: tierra de acures). La terminación “patar” significa “casa” o lugar de residencia; Caiguapatar es entonces la tierra donde nació el patriarca o cacique Caigua, y no extraña para nada que haya ciertas tensiones con la gente de San Bernardino (así las diferencias actuales no se diriman por ese flanco, en los nombres se revela el clásico choque ancestral entre el paradigma católico y el ancestro bravío), a pesar de que allí también predominan los cumanagoto.

Los apellidos que sobreviven también traen música y resonancias que han sorteado muchos accidentes y centurias: hay familias que se apellidan Guapache, Guaiquirima, Guarique, Igualguana, Characoto, Paravavire, Caicuto, Arainamo, Pericana, Guaregua. Prohibido olvidar que la aproximación antropológica más cercana a la voz “arepa” proviene de por aquí, de este gentilicio y de esta región.

En una asamblea entre comuneros (“Comuna Triunfadores Indígenas Cumanagoto”, para que no queden dudas) en Caigua, participaba Karina, mujer dulce que de entrada declaró su orgullo por su origen, que por otra parte se le revelaba en los rasgos, en la textura cobriza de la piel. En algún momento esa mujer se arrechó o la hicieron arrechar, y su exposición o intervención se convirtió en un despertar de una rabia de siglos. Los gestos se tornaron abruptos, el verbo endurecido, las facciones le afianzaron las huellas de un dolor milenario. Había algo en ese mover las manos y en la expresión que no guardaba relación con casi ningún lenguaje corporal de otro lugar de Venezuela. Los citadinos que estábamos allí estuvimos de acuerdo en que esa forma de moverse y de palabrear (por cierto, Karina nunca perdió la coherencia ni el buen verbo, ni la clarísima reflexión política) recordaba al momento en que los espiritistas, cultores de María Lionza, la “materia”, entran en trance y reciben el ánima de Guaicaipuro.

Así se mueve Guaicaipuro (o la ancestralidad) en el cuerpo de sus receptores. Y sigue siendo un privilegio asistir a estas manifestaciones de lo más profundo de lo que fueron los habitantes de esta tierra. Empujados ahora sus descendientes a construir la ciudad del futuro, el impuso predominante es el volver al pasado a buscar datos de la otra cultura.

José Roberto Duque