Marihuana, de la nota bioquímica a la geopolítica

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Si usted se pone a estudiar cómo es que la marihuana afecta el cuerpo y la mente de las personas tal vez le pase lo mismo que a mí, que terminé muy desconcertado con tantas moléculas y enlaces, recordando a mi profesor de Química Orgánica, en cuarto año de Ciencias, en el liceo Caracas, un señor muy simpático que bien pudo haber dado sus clases en chino, alemán o ruso y yo le hubiese entendido exactamente lo mismo que le entendí en su muy técnico castellano.

A propósito de que esta semana se celebró el Día del Cannabis, y haciendo un esfuerzo para no repetir ese fallo didáctico (no importa, profe, en mi caso, su asignatura fue solo un trámite) voy a decir lo que me parece que le pasa a la gente que “se mete” yerba.

Resulta que el organismo humano (y el de los mamíferos en general) tiene unas sustancias que actúan en ciertas conexiones nerviosas relacionadas tanto con el placer como con el dolor. Y la planta de la marihuana, que se denomina cannabis sativa, ¡también tiene esas sustancias!

Entonces, simplificando un millón de veces –con el perdón de los científicos, que esto es vulgar periodismo– el ser humano dispone de una especie de marihuana interna, o la marihuana tiene algo de humano, depende de cómo se le quiera ver. Quizá sea esa la razón por la cual es considerada una planta sagrada por algunas religiones.

La “marihuana interna” son los endocannabinoides, capaces de activar los receptores de cannabinoides. La marihuana propiamente dicha, la externa, puede generar sensaciones placenteras de una intensidad que la sustancia interna no consigue por sí sola. Ahí está el detalle.

La matica se las trae, pues contiene varios centenares de diferentes cannabinoides. Sin embargo, como suele pasar, uno de ellos es la estrella de esa legión: el tetrahidrocannabinol o THC, que es el que da la nota más alta. Cuando oímos hablar de marihuana genéticamente modificada se trata de variedades que han sido alteradas para que contengan más THC que la original.

Algunos de los cannabinoides de la yerba tienen funciones opuestas entre sí. Por ejemplo, se sabe que la tetrahidrocannabivarina o THCV surte efectos contrarios al tetrahidrocannabinol o THC. ¿Me explico? No creo, pero ya les advertí que me fue mal en Química Orgánica.

Alguno se preguntará por qué este tipo se pone entonces a tratar de explicar algo que no entiende. Bueno, créanmelo, es una conducta de lo más frecuente en los periodistas, pero en este caso lo hago porque uno de los argumentos de quienes defienden la legalización de la marihuana es, precisamente, que ella no hace más que incidir en un mecanismo natural del cuerpo. Lo comparan con el efecto de productos de venta legal como los licores, los refrescos y hasta el chocolate, famoso por estimular la secreción de serotonina, el neurotransmisor de la felicidad.

Y así, por la vía fascinante de la bioquímica llegamos al ángulo político del asunto: en el mundo entero hay un debate sobre esta cuestión: ¿la marihuana debe seguir prohibida?
Es un debate que ha avanzado en algunos países que, de hecho, ya han legalizado el consumo con fines medicinales, es decir, recetada a pacientes de determinadas enfermedades; o con fines recreativos, para gente que la utiliza con el propósito de experimentar estados alterados de conciencia y evadirse un rato de este mundo cruel.

En el continente americano, varios países han legalizado esta droga con diversos grados de apertura. En la vanguardia han estado Uruguay y Canadá, pero también aparecen varios estados de Estados Unidos, Colombia, Ecuador, México, Argentina y Jamaica, por supuesto, porque es la meca de los rastafaris y del turismo del cannabis.

El cuadro geopolítico nos habla mucho de las ironías, de las incongruencias y del capitalismo reinante.

Digamos, de entrada, que las políticas prohibicionistas fueron –¡qué raro!– impuestas por Estados Unidos a partir de la década de los 20 del siglo pasado, e intensificadas después de 1945, cuando emergió de la Segunda Guerra Mundial como superpotencia. En 1961 se aprobó la normativa internacional más estricta al respecto, en la que el cannabis quedó señalado como una droga de alta peligrosidad, comparable con el opio o la cocaína.

Como otra de las tantas ironías del imperialismo estadounidense, esa línea dura hacia el resto del mundo no impidió que la marihuana fuese una de las drogas más populares en EEUU (incluso entre sus tropas en la guerra de Vietnam) en las décadas de los 60 y 70. Tal como ha ocurrido con la cocaína y la heroína, muchos signos indican que las regulaciones draconianas impuestas por EEUU a las demás naciones solo sirven, en realidad, para que ese país se lucre del negocio ilegal y utilice el tema como arma de control geoestratégico.

Quien crea que esto es mero antiimperialismo, que investigue por qué los índices de producción de opio en Afganistán han aumentado durante los casi veinte años de invasión estadounidense; y por qué se ha disparado la producción de cocaína en Colombia, un país cundido de bases militares de EEUU y con presencia activa de la agencia antidrogas de Washington, la DEA.

Luego de varias décadas de prohibición, en el propio EEUU varios estados se han rebelado y lo mismo ha ocurrido en otros países del continente y del mundo. Al aprobarse las normas menos estrictas no solo se han puesto de fiesta los consumidores, sino también las grandes corporaciones de la agricultura y la industria farmacéutica, que están listas para entrarle al millonario negocio en cada región o país donde se vaya liberalizando. Así funciona esto: dejará de ser cosa de carteles y capos y pasará a manos del crimen más organizado de todos: el que cotiza en Wall Street.

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¿Y nuestra discusión?

En el mundo hay naciones que nunca se sumaron a la prohibición estricta, como es el caso de Países Bajos; otras, que ya han suavizado sus legislaciones; otros países en los que se está debatiendo; y otros donde, por diversas razones, el tema ni siquiera se ha discutido formalmente. Entre estos últimos está Venezuela, un caso digno de estudio.
Ocurre con este asunto lo mismo que con otros grandes tabúes resistentes a los cambios políticos: el aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario. La misma Venezuela, que es pionera en democracia participativa y protagónica, se muestra refractaria a discutir estos ítems.
Si usted quiere ver a un dirigente revolucionario practicar las artes de la evasión y el guabineo, pregúntele si votaría a favor de una ley sobre cualquiera de estos temas espinosos. Se lo digo yo, que tengo larga experiencia como preguntón.
La mejor prueba de que, como dice el lugar común, “no hay voluntad política” para debatir estos asuntos, es que tuvimos en funciones durante tres años y pico una Asamblea Nacional Constituyente con más de 500 integrantes y estas materias no pasaron de unas pocas pancartas frente al Palacio Legislativo o alguna muy preliminar reunión en una de las comisiones.
Ahora, el foro pertinente para tal debate es la renovada Asamblea Nacional, dominada por las fuerzas revolucionarias y con mucha presencia juvenil. ¿Será?

Clodovaldo Hernández