MICROMENTARIOS | Un prejuicio olfativo

Armando José Sequera

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Por lo general, los prejuicios datan de épocas remotas y es esta antigüedad la que les proporciona la validez que algunas personas les confieren.

Los rechazos hacia otras personas por el color de la piel, el sexo o las preferencias sexuales, por la etnia a la que pertenecen o la fe que profesan, entre otros, son tan antiguos que se les da el muy prestigioso calificativo de tradicionales. Ello, sin advertir o advirtiendo que se daña, margina o se convierte en blancos móviles de la intolerancia, la desigualdad o el egoísmo a tales personas.

Como provienen de siglos o milenios atrás, se les consagra como verdades irrebatibles y no se acepta que, como prejuicios que son, estén totalmente equivocados, tales los casos –entre otros–, del machismo y de la consideración de seres inferiores que se hace de las mujeres o de quienes no tenemos la piel blanca.

Hoy en la mañana asistí, sin embargo, a la génesis de una de estas engañosas desconfianzas de la que no tenía noticias y en la que nunca había reparado: una de carácter olfativo.

Bueno, admito que tal vez no fue la génesis de un nuevo prejuicio sino la repetición de un acto en el cual no se ha reparado. Tal recelo parece construirse en nosotros a partir de episodios casuales de los cuales apenas tenemos conciencia.

Lo advertí por lo siguiente: salí al abasto cercano y, en el trayecto, me crucé con una mujer de unos cuarenta años, habitante del vecindario, con la que he coincidido otras veces. Como siempre nos vemos en horas de la mañana, a partir de no sé qué encuentro empezamos a saludarnos con el matutino buenos días.

En nuestro cruce anterior coincidimos a la altura de la cesta de la basura que hay junto a la entrada del edificio donde resido. El servicio de aseo urbano no pasaba ese día sino al siguiente y los desperdicios acumulados, aunque dentro de bolsas plásticas, despedían un hedor que, por fortuna, era atenuado por los rayos solares y la brisa permanente que refresca nuestra calle y nuestro trópico.

Aunque igual nos saludamos entonces, nuestro inconsciente fijó la pestilencia en nuestros cerebros e identificó con ella al otro.

Por eso, cuando esta mañana volvimos a coincidir, la asocié con el tufo de la basura acumulada días atrás. De hecho, mientras escribo, me doy cuenta de que la fetidez de aquel momento y ella siguen entrelazados en mi memoria. Cada vez que veo o rememoro su rostro, a la imagen visual se suma la olfativa, como si ambas formaran un todo indivisible.

Estoy seguro de que algo similar le ha ocurrido a ella conmigo. Lo señalo porque, al saludarnos esta mañana, ella también mostró un ligero desagrado. Fue apenas un leve mohín en su rostro, pero que bastó para darme cuenta de que nuestro desagrado olfativo se instaló en nosotros mutua e inconscientemente.

Creo que esta situación también se produce cuando se trata de buenos olores o aromas. Pero en ese caso no podría hablarse de la generación de un prejuicio sino de un recuerdo agradable. Debe ser por eso que no lo advertimos.

Armando José Sequera