LETRA DESATADA | Lumpia histórica

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28 de abril, 6:00 am. Aún en mi cama en Caracas. Recibiendo la noticia, entra la llamada. “Mecha, ¿supiste?”. Era mamá. “Sí supe mami”. “Se murió Aristóbulo, ese era el pálpito que tenía Luis (mi hermano mayor)  ayer, que algo malo pasaría” dijo mamá desde la cama suya en Altagracia de Orituco. Y pasó. Aristóbulo era un pana. Un pana burda aunque no lo frecuentáramos. Tan parecido a nosotros los venezolanos y las venezolanas. Fue un buen alcalde de Caracas. Que no fue reelegido. Fue un golpe duro ese, que Aristóbulo perdiera, para una generación de habitantes de esta ciudad. Era la época dorada de La Causa R, antes de que cayera en desgracia con Andrés Velásquez y otros más o menos innombrables. Seguramente la historia de la ciudad hubiese sido otra si el pueblo caraqueño reelige a Aristóbulo. Estaba trabajando, haciendo equipo con un pocote de gente que amaba la ciudad. Una ciudad para vivir. La ciudad del negro de Curiepe.

¿Por qué “la muerte no pierde su asquerosa puntualidad”? Benedetti dixit.  En estos tiempos la muerte casi se volvió impuntual. De algún modo cuando llega hay una especie de resignación. Llega y ya. A destiempo. ¿Tiempo pandémico?  La pandemia la ha convertido en algo raro aunque, oh paradojas, la hizo frecuente y cercana. Anda ahí pegada como un chicle. Es “normal” que alguien muera de covid-19. Un compañero de trabajo, un familiar, un vecino, un amigo de la infancia o de más acá.  En estos tiempos no hay que morir de otra cosa. Y la pelona pandémica se viene a antojar del negro Aristóbulo, con una puntualidad incomprensible. Certera. Directo al corazón.

En tiempos del golpe de Estado de abril de 2002 el “primer muerto” de los rumores fue Aristóbulo. Tuvo que salir a decir que estaba en su casa, en un edificio en la avenida Panteón. A la “desaparición” de la escena de Chávez el 12 abril le siguió la de su equipo. Todos, según, estaban muertos, los había matado “el pueblo”. Deseos no empreñan. Nunca.  Aristóbulo siempre encabezaba la lista de algo para la oposición. Le tenían miedo a su verbo. A su beligerancia. A su inteligencia. A lealtad a Chávez. Le tenían miedo a su sonrisa.  Su capacidad oratoria, su buen humor, su experiencia, su sinceridad, su solidaridad y el color de su piel molestaban a unos y nos maravillaban a otros. Su capacidad para enseñar hablando.

Cuando dijo que “Chávez se fumó una lumpia”, la frase  le dio la vuelta al mundo. Por osado y por gracioso. ¿Cómo se atreve a hablarle así al presidente? A la postre nos dimos cuenta de que así somos los chavistas. Amorosamente impetuosos. Con Aristóbulo se va también otro pedacito de Chávez. Sigamos.

MERCEDES CHACÍN