ARRIMADO LA BRASA | Se murió ¿Y no lo vemos más?

Laura Antillano

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Girándula es una organización ecuatoriana de promoción de la lectura que anualmente organiza un evento llamado El Maratón del Cuento, entre las otras muchas cosas que hace. Hemos participado recientemente como jurado de una convocatoria a concurso de cuentos dedicados a la pandemia, y lo que quiero referir es lo interesante que me resultó leer tantas visiones muy parecidas a las que vivimos aquí en nuestro día a día (como igualmente se estarán viviendo en el resto del planeta).

Es realmente excepcional que en este tiempo nuestro acercamiento a todo el mundo se alimente de una circunstancia que no deja de ser una tragedia, y a la cual se le buscan salidas también en colectivo (como las vacunas por ejemplo), ello nos hace pensar en un “nosotros” grandotote, sin límites, en estos momentos.

Y una circunstancia en la que de pronto se enciende un foco que palpita, y requiere mucha, pero muchísima atención, es el tema de la muerte, pero no solo en el drama intenso de las pérdidas humanas del cada día, que puede incluir a gente muy cercana (a nosotros mismos también) todo dolorosísimo, sino también a lo que puede significar, entre otras muchas cosas, para los niños del entorno, que todavía no tienen muy claro lo que significa ese asunto de la muerte.

La escuela, ya no presencial sino por redes virtuales, salvo esporádicas reuniones, medidas absolutamente necesarias por lo demás, aíslan a esos niños a la concentración en el entorno familiar, y ya hemos tenido noticia por muchas vías, de los “rollos” infinitos que han generado estas encerronas por tiempo indefinido, produciendo un índice de divorcios nunca visto antes de manera masiva. Esta circunstancia podría generar todo lo contrario, pero sus cifras ganan a la noción del buen sentido, lamentablemente. No es pues, predecible o previsible el asunto.

Muchos de los cuentos que leí tenían que ver con este desconcierto de niños y adolescentes frente a la muerte de seres queridos muy cercanos, y además también, como si fuera poco, lo relativo al abandono de las mascotas. Mucha gente las deja en la calle (a como dicen: “la buena de Dios”), y hay quien “las pone a dormir”… como si fueran un juguete que se desecha cuando te fastidia.

Lo cierto es que la pandemia nos está poniendo en cuestión a los humanos terrícolas, en nuestro propio terreno. Las respuestas a lo desconcertantemente sorpresivo de la situación no son, en su mayoría, las que podrían esperarse, pensando en la sensatez y el sentimiento de solidaridad y comprensión humanas, tan declamados en muchas circunstancias.

Los cuentos recibidos nos pusieron a pensar con mayor énfasis en el asunto. Y vale detenerse en esto. Casi con un: -¡Epa! Párate ahí, ¿qué te está pasando?

Preparar a los niños para la comprensión de la muerte de los otros no es una tarea que tenga fecha en el calendario, ni siquiera prepararnos a nosotros mismos. Y la presión ejercida con la discusión sobre las vacunas solo es entendible para todos desde la perspectiva de que cada ciudadano del mundo debería tener derecho a acceder a ellas.

Bueno, lo único real, tangible, elemental: es que tenemos un enorme paquete encima los adultos, con el entorno de los menores como una parte sustancial de todo ello. Nos toca.

Laura Antillano