Cuentos para leer en la casa | La ciudad del olvido

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Los viajeros que no son capaces de describir el camino de regreso.
No saben explicar el origen de las piezas de orfebrería, las bisuterías de amalgama de plata o los dijes de piedras preciosas y semipreciosas que aparecen en sus maletas después de esas correrías de las que después guardan un recuerdo incompleto.

A todos les ocurre: a veces nos encontramos cosas que no sabemos de dónde provienen.

En los cajones del armario y del corazón, aparecen de pronto objetos, cartas, rostros y lugares, que la ciudad del olvido ha escondido en los recovecos más oscuros de la memoria.

La trampa consiste en que nos hace creer que se trata del producto de la imaginación y de los sueños.

Pero como todas las ciudades, la del olvido, también tiene grietas, lunares, esquinas, encuentros inolvidables en una galería, un parque, un museo o una plazoleta con la escultura de un jabalí herido.

Es por eso que a veces, cuando recorremos ciudades aparentemente por primera vez, de pronto nos llega una ráfaga de luz a la memoria.

Respiramos el aire claro de una alameda que da a un río plácido sobre el cual duerme el viejo puente de los orfebres, y aparece la imagen: allí estuvimos en otro tiempo y en otro espacio.

Luego vemos entre la multitud un rostro que creíamos olvidado y el corazón nos tiembla, abriéndonos otra vez una herida que creíamos curada.

Cuando se acerca ese rostro es otra cara, no es la misma, pero la herida ya está abierta.

Buscamos una banca en un parque de árboles desconocidos donde las hojas mueren de rojo en el otoño y en soledad acariciamos un sentimiento extraño, una bestezuela de grandes ojos tristes que se llama nostalgia.

Cuando en otro tiempo y otro espacio encontramos la bisutería, o la carta, o la fotografía olvidada, y nos quedamos mirándola como hipnotizados, en ese instante la ciudad del olvido vuelve a vivir.

Aparece completa, perfecta en todo su esplendor, como una joya engastada en la filigrana de la arquitectura a lado y lado del río.

Tal vez las baratijas, las chucherías y la quincallería brillante que venden los artesanos en los toldos de las plazas y las columnatas de los mercados, tengan un sentido.

Quizás las sortijas, las alhajas de oro y plata que fabrican los orfebres del viejo puente sean algo más que un simple adorno: son la magia de un recuerdo, pastillas para precavernos del olvido, piezas de la ciudad que se fijan en la memoria para que permanezca en nuestras vidas.

Pero es tan cruel el paso del tiempo, tan inevitable el dominio del olvido, que los cartógrafos de ninguna época han podido localizar la ciudad, darle sobre los mapas un sitio para que exista.

La ciudad del olvido es, como el amor, inasible.

El Autor: Celso Román 

(Bogotá, Colombia, 1947). Escritor, poeta y veterinario. Estudió medicina veterinaria en la Universidad Nacional de Colombia, donde también hizo estudios en literatura y artes. Luego se formó como maestro en artes plásticas con una especialización en escultura, finalmente realizó estudios de postgrado en en el Pratt Institute de Nueva York. Ha publicado más de 60 obras para niños, jóvenes y adultos y es reconocido como un defensor del medio ambiente a través de la literatura. Entre sus libros más conocidos se encuentran Expedición La Mancha, Los animales domésticos y electrodomésticos, Los animales fruteros, El libro de las ciudades, El retorno de los colores, La trilogía de las lunas e Hijos de Madre Tierra, obras que han sido merecedoras de reconocimientos importantes como el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura (1998) y el Netzahualcoyotl de literatura latinoamericana para niños (1982).