Correo de Carabobo | Los libertadores debieron negociar con el hampa organizada

0

Si usted cree que los bichos que andan desafiando a los cuerpos policiales en estos días son una ladilla, entérese: hace 200 años, varios grupos similares estuvieron azotando a la República durante toda una década

Los Güires es (o era) el nombre de una selva o montaña al nororiente del actual estado Guárico, y también, por extensión, grupo, guerrilla, banda o grupos de ellas que se hizo fuerte e invencible en vastos territorios que hoy comparten los estados Miranda, Guárico y Aragua. Adquirieron notoriedad durante una década, justo desde después de la Batalla de Carabobo, y si algo le resultó, no difícil sino casi imposible, a la generación triunfadora en Carabobo (y nos estamos refiriendo, para que no queden dudas, a Bolívar, Páez, Soublette, Mariño y dos docenas más de nombres resonantes por su epopeya en la guerra) fue neutralizar a Los Güires, cosa que no pudo concretarse sino hacia 1829… parcialmente, y con una notable excepción que mencionaremos más adelante.

Así que después de Carabobo sobrevino el verdadero dolor de cabeza para los republicanos, desde varios focos. En una amplia región que bordeaba a Caracas como una tenaza y se prolongaba hacia el oriente y el sur ocurrió un fenómeno del que no se suele hablar mucho: el auge de guerrillas y bandas criminales compuestas mayoritariamente por pardos, negros e indígenas; sus jefes más notables o renombrados fueron jefes que sí habían combatido y gobernado localmente en algunas poblaciones en nombre de la Corona.

Pero el componente social de sus tropas o combatientes era mayormente pueblo campesino empobrecido, arrimado a dinámicas delictivas que le dejaban dividendos más visibles que el apoyo a la patria: el contrabando de tabaco, el asalto y saqueo de haciendas y poblaciones, el cobro por protección. Los más altos jefes de Los Güires y otras guerrillas eran unos conductores de tropas llamados José Manuel Ramírez, “Ramirote”, y Juan Celestino Dumont, alias “Centeno”.

Atrincherados en zonas ubicadas entre Altagracia y El Sombrero, con incursiones en los Valles del Tuy y el sur de Aragua (ni más ni menos, los territorios que casi 200 años después dominaron El Tren de Aragua y El Picure) estas bandas no pudieron ser destruidas, a pesar de que los jefes de la Independencia movilizaron ejército regular y guerrillas con ese fin. Su fuerte era el territorio; su armamento no estaba precisamente a la altura: las escuadras y grupos de asalto estaban conformdos en su mayoría por sujetos armados con flechas y otras armas rudimentarias.

Candela a los conucos

Hacia 1826, cuando ya el gobierno de la República lo había intentado casi todo (ofrecerles indultos, negociar con ellos, mandarles a las FAES de la época, incluido un batallón de 800 soldados, el de Anselmo “Burro Negro” Hurtado, que fue despedazado por los bandoleros, guerrilleros, malandros o lo que fueran esos bichos) a Páez se le ocurrió algo que le había dado resultados en otro tipo de guerra, a campo abierto: enviar a un contingente a las montañas a practicar una estrategia de tierra arrasada. Los soldados y guerrilleros de la República se metieron a matar, apresar e interrogar a todo aquel, pero además a incendiar todos los conucos que encontraran a su paso.

Este fue el golpe que debilitó a Los Güires y otros grupos (no a todos, ni para siempre): como su fortaleza era el tejido social, y además el control sobre sus medios de sustento, cuando fueron incendiados sus sembradíos ya no pudieron resistir. Un coronel Iribarren le comunicaba así el logro a Páez: “…pues a más de estar los bandidos desprovistos de armas y demás elementos de guerra, están también sufriendo una hambre que los devora, cuya poderosa necesidad los ha obligado a dividirse en varios trozos…”.

Anótenlo: un ejército que produce sus alimentos y domina su territorio es indestructible.

En 1826 Los Güires habían recibido un refuerzo colosal: un militar vasco de apellido Arizábalo, que sí era realista, sí tenía formación militar y sí tenía objetivos políticos. Su gran error fue ejecutar un ataque con las guerrillas ya debilitadas contra Caracas, ataque que causó muertes, destrozos y pánico, pero no logró sus objetivos y sus tropas quedaron diezmadas. Pero su peligrosidad se mantenía; el propio Bolívar ordenó negociar con él y hacerle una proposición monumental, que hoy haría temblar de indignación a quienes se sintieron mal con el diálogo ofrecido al Coqui por Douglas Rico: unirse a la República con el grado de coronel y encargarse de la artillería de la provincia de Caracas. Menos mal que no aceptó.

Cisneros: el peor

Pero el duro de la partida, el que
reventaba todos los moldes y
esquemas era un tal José Dionisio
Cisneros. Era un mestizo extraño,
analfabeto, buen conductor de
tropas, audaz, escurridizo. En
términos estrictamente fi losófi cos,
teoréticos y en cierta forma
ontológicos, este sujeto era lo
que un profundo pensador con
postdoctorado en altísimos estudios
de la conducta humana llamaría, con
su gran sapiencia, un mardito loco.
El hombre fue invitado a aliarse a
Los Güires, a la gente de Arizábalo,
Centeno y Ramirote, y todos se
alejaron de él espantados cuando
Cisneros les dijo qué pensaba:
decía que era adorador y defensor
del rey, que la máxima autoridad
aquí era la suya propia, que su
guerra era contra todos los blancos
porque un cura le había dicho que
el rey solo quería a los indios y a los
negros, y, fi nalmente, que el único
representante del rey que reconocía
en América era (adivinen quién)
Francisco de Paula Santander.
A pesar de ese pasticho o mondongo
cerebral, Cisneros sobrevivió a la
disolución de Los Güires en 1829,
y estuvo fastidiando a la República
a tal punto que Bolívar, ocupado
en administrar o resolver asuntos
superiores en Ecuador o Perú, no
deja de mencionarlo en sucesivas
cartas, entre 1827 y 1829, como
un elemento al que había que
extirpar. Así le escribe a Páez:
“Esta ocurrencia me conduce
naturalmente a recomendar a Vd.
la persecución de Cisneros hasta
exterminarlo” (Bogotá, enero de
1827). Al general Diego Ibarra:
“Interésate mucho en la persecución
de Cisneros, y lo mismo con esos
bochincheros del Norte” (noviembre,
1827). Bolívar murió sin haber visto
caer a Cisneros.
Finalmente Páez fue a encontrarse
con él en 1831 en Ocumare del Tuy. Allí
tuvo lugar una interesante escena:
Páez invitándolo a servirle a la
República, y Cisneros ordenándoles
a sus hombres que lo fusilaran; estos
apuntaron y dispararon, pero por
encima de la cabeza del llanero. Páez
ni se movió, y Cisneros, muerto de
la risa, aceptó irse con él a Caracas.
Le fue encomendada la protección
del territorio donde era pran, con el
rango de coronel, y aceptó gustoso.
En 1847, luego de años comiéndose
otra vez la luz, por fi n lo fusilaron.
Qué ladilla.

José Roberto Duque/ Equipo de investigación