PARABIÉN | Los insectos que somos

Rubén Wisotzki

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1.

Pululan los discursos filosóficos alicaídos. Con la intención de describir el presente, muchos de los llamados pensadores desmenuzan los escenarios sociales de manera perturbadora, y no es que no parezca que la situación toda es confusa, inquietante, y desequilibrante; dramática, y no es que no sea un momento estelar del dolor; agónica, y no es que en ciertos momentos así pareciera ante el fin de tantas certezas, pero fallan, a nuestro modesto parecer, porque, entre tantas apreciaciones preocupantes, casi pre apocalípticas, desatienden un espíritu que nos emparenta hasta lo impensable con esas visitantes consecuentes, empecinadas y fieles, de nuestras cocinas, como lo son las cucarachas: nos tienen que aplastar para poner fin.

Esta condición, que algunos llaman resistencia (concepto que no nos gusta mucho), que otros emparentan al concepto de resiliencia (concepto que nos gusta menos), pero que es a nuestro entender mucho más compleja que esas dos definiciones, ha sido debidamente estudiada por los científicos, y debidamente documentada por los protagonistas del fenómeno, es decir, por nosotros mismos.

2.

Intentaremos explicarnos: No dejamos de abusar de nuestra única morada constatable, -Marte, a pesar de acercarnos en estos últimos años, no deja de estar muy lejos–, no dejamos de manifestarle a diario que estamos indispuestos, sí, indispuestos, al momento de respetarla, de preservarla, de limpiarla, de ordenarla, de comprenderla en su mayor correspondencia con sus inquilinos ya que es nuestro lugar de nacimiento y también de fallecimiento. Nuestra fuente de recursos para fastidiarnos nuestras existencias parece infinita. Seremos más gráficos: Somos el pie que busca aplicar toda la fuerza de su planta para espachurrarnos sin compasión alguna. Somos, siempre lo fuimos, la serpiente que se muerde la cola.

Y, pese a la amenaza (la sorpresa total, la luz encendida en la cocina de madrugada, el insecto con las patas en la masa, y, sin embargo, sabe huir por la rendija imposible donde ni llega el aire), seguimos en carrera. Somos, como las cucarachas, magníficos.

3.

No se trata, obviamente, de teñir de alegría o entusiasmo esta experiencia de vida cargada de dolor, tristeza y sufrimiento, en estos días. Tampoco se trata de que nos engañen o nos engañemos. Menos del consabido “tapar el sol con un dedo” (un imposible, por cierto: siempre nos hemos burlado del errático dicho ya que lo que cubre el dedo, estrictamente, es la lejana circunferencia de luz, pero no la que derrama alrededor que, aunque no se desee, es tanto percibida como recibida).

Consideramos que tanto la luz que enceguece, como la oscuridad que lo cubre todo, paraliza, inmoviliza, suspende, y hasta anula. Y aquellos que procuramos, en sueño, deseo o acción, la concreción de cambios paradigmáticos para conformar una sociedad más justa, donde el desposeído sea el foco mayor de atención (y lo está, claro que lo está, no alcanzarían estas páginas para registrar la lista de programas y ayudas sociales pensando siempre en el desposeído, pero que se disculpe esta gula pero queremos más y más, siempre más), deberíamos estar más movilizados en la inquietud, en la indagación, en el análisis, de nuestro entorno.

4.

En una oportunidad, ante nuestro desubique por ciertos discursos filosóficos dramáticos, que no nihilistas, y con la privilegiada traducción del profesor Rigoberto Lanz, el destacado filósofo francés Michel Maffesoli, nos ofreció una mirada que no hemos abandonado hasta el presente. Mirada que sirve para enfrentar las diferentes vicisitudes que conlleva el conocimiento de las ideas. Maffesoli planteó su propuesta, palabras más, palabras menos, en el desmenuzamiento crítico de lo dicho. Como se podrá ver, nada nuevo bajo el sol, bajo ese mismo sol imposible de tapar con un dedo o miles de dedos.

Pero lo que recordamos, lo que no olvidaremos, es su entusiasmo al transmitirnos que nosotros, uno, cualquiera, usted, querido lector, puede contrastar cualquier planteamiento con sus mejores armas dialécticas, -es decir, con su mayor capacidad de razonar, con su mayor capacidad del razonamiento con el Otro y, principalmente, con uno mismo. Un ejercicio de pensamiento carente de complejos, inseguridades y miedos. Maffesoli, palabras más, palabras menos: ¿Pero acaso para quién el filósofo plantea, propone, o sugiere, una mirada, si no es para ti, para el lector de turno? ¡Estás en todo tu derecho de elaborar o componer con esas palabras, con esas ideas, con esos argumentos, el diseño de tu propio mundo!

5.

Duda, cuánto ofende esta palabra hoy día. Siempre nos ha parecido que la ofensa, en primer lugar, deja en pocas ropas al ofendido, y, además, lo viste de inseguridad y de una aguda incapacidad de comprender al Otro. La filosofía misma te invita a dudar. Si no dudas, no filosofas.

Urge poner a prueba la resistencia de las ideas, cómo se comportan ante las altas temperaturas de la razón del Otro (más aún si la esgrime un filósofo), apreciar si la esencia de nuestras apreciaciones se dilata o se encoge cuando el Otro nos arrincona con su soplete de interpretaciones y posiciones. Estemos claros, hay principios que no se descomponen ni se derriten en el campo de infiernos (Jean Paul Sartre decía que el infierno son los otros) que hay en esta tierra. Dicen que los insectos sobrevivirán al fin. Que sea para bien.

Rubén Wisotzki