VITRINA DE NIMIEDADES | Nosotras, que nos debemos tanto…

Rosa Pellegrino

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Las mujeres, sin importar donde estemos, enfrentamos los mismos problemas y desafíos. Esa reflexión la llevo conmigo desde que me la regaló un grupo de periodistas nacidas en Medio Oriente, esa parte del mundo que muchos cuestionan desde Occidente. Y hoy, en medio de una serie de denuncias sobre abuso sexual hechas en redes sociales por venezolanas, recuerdo aquella frase con más fuerza.

Era improbable que estas acusaciones pasaran sin provocar los comentarios que se han registrado, especialmente porque involucran a hombres que encajan en lo “políticamente correcto” para algunos grupos. Es un punto sensible, porque en ese esquema de dominación no se nos permite discutir honestamente nuestra percepción como hombres y mujeres, cómo todo el entramado social los influye a ellos y a nosotras en la construcción de la responsabilidad en materia de género.

Como mujeres, no se trata de repasar una visión idealizada socialmente de lo que debemos ser, sino nuestra propia experiencia como amigas, hermanas, madres y compañeras. ¿Qué normalizamos en nuestro trato con ellos? ¿Por qué asumimos que la tarea de poner límites sanos es responsabilidad de nosotras? ¿Los asociamos a ellos con poder? ¿En qué sentido?

Esa conversa pendiente es clave para poder sacar del medio esas piedras de tranca que juegan en contra de la equidad de género, como esta vieja conseja: La mujer es la que debe hacerse respetar. Esa premisa solo contribuye a la revictimización de quienes sufren violencia y abusos, así como a la acusación velada preguntando por qué no lo dijeron antes; por qué no pusieron los límites para evitarlo; por qué no se miden cuando toman unos tragos o por qué aceptan algo de una persona que no conocen.

Otra piedra de tranca es esta frase: hombre es hombre. Cuando era adolescente, era una severa voz de advertencia, de peligro seguro. Hoy, creo que es una de las cosas más crueles que podemos decirle a los jóvenes. Es una falacia que nos condena a nosotras a la resignación y a ellos, a sentirse irremediablemente básicos. Qué podríamos cambiar entonces.

A pesar del largo camino transitado para conquistar espacios de participación, si no podemos sentirnos totalmente seguras y alertar sobre los potenciales peligros que corremos sin temor, ponemos en riesgo todo lo alcanzado. ¿Cómo romper el techo de cristal que nos limita en tantas áreas si se sigue normalizando el abuso? ¿Cómo hablamos de equidad si hay débiles de un lado y por el otro personas que calificamos como irremediables? En ambos casos, negamos la posibilidad de cambiar semejante realidad.

Cuando vuelvo a pensar que las mujeres enfrentamos los mismos problemas y desafíos entiendo que no es un mero asunto de latitudes. En la universidad, en el trabajo, en las comunidades: aunque nuestro origen sea distinto, tenemos los mismos retos y dificultades.

Ni el poder adquisitivo nos hace ajenas al problema de fondo: no podemos construir equidad de género si no hay igualdad en el abordaje de la situación, si no involucramos al hombre y si no nos deslastramos de esos conceptos básicos que nos han condenado por siglos. Debemos intentarlo todas las veces que sea necesario. Es por nosotras, que nos debemos tanto…

Rosa Pellegrino