PUNTO Y SEGUIMOS | Se va a caer

Mariel Carrillo García

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Parece que en Venezuela finalmente empiezan a ser visibles, o al menos a ser conocidos y discutidos a nivel masivo algunos casos de violencia machista y delitos de estupro, violación, trata y otros que normalmente son silenciados o pasados por debajo de la mesa en este país que ha naturalizado tanto su machismo, racismo, clasismo y conservadurismo, que algunos se atreven a levantarse “sorprendidos” de que “aparezcan” acosadores, violadores, pederastas y sanos hijos del patriarcado en todos los estratos de la sociedad, incluyendo amigos, familiares y hasta las “mentes más brillantes” y lo más granado de la oposición y el chavismo.

Para las mujeres, esto no es ninguna sorpresa. Me atrevo a afirmar que ninguna puede decir que jamás se ha sentido acosada, violentada o mínimamente incomodada en algún momento de su vida por algún hombre, conocido o desconocido. Lidiamos con este tipo de comportamientos desde que somos pequeñas y la vamos llevando como podemos a medida que crecemos y vivimos. Eso cuando tenemos suerte. Porque muchas no la tienen.

¿Cuántas niñas y adolescentes no son abusadas por sus propios familiares o vecinos? ¿A cuántas no han asesinado o mutilado sus parejas? ¿Cuántas chicas no han sido “desparecidas” y sumadas a redes de trata que parecen no tener fin? ¿Cuántas no han sido acosadas y/o violadas por figuras de autoridad? A ellas, quienes llevan la peor parte, nadie suele creerles. Las víctimas no solo deben lidiar con las secuelas propias de este tipo de abuso, sino que, además -cuando se atreven a denunciar- deben soportar el juicio de una sociedad que no las entiende, ni las defiende, por el contrario, las ataca. Siempre “se lo buscaron”, “algo habrán hecho”. Seguro que “no eran ningunas santas”. Y, una de las peores, “¿cómo se atreven a ensuciar el nombre de alguien?, ¿quién les da derecho a hacer público algo que afecta a otros?”. Como si la autonomía sobre el cuerpo fuera un derecho exclusivo de los hombres. O como si los únicos nombres que no pueden ni deben “ensuciarse” son los de un hombre.

Lo “diferente” en las últimas denuncias públicas de las que todos hablan -como el caso Sambil y el destape de nombres de “famosos” abusadores del mundillo cultural nacional- es que ya no todas las voces que se escuchan son para desprestigiar a las denunciantes y defender la honra de los denunciados, es decir que, a contracorriente de la costumbre, muchas personas se atreven a cuestionarse si algunas cosas, por muy naturalizadas que estén, son correctas o justas. Por supuesto que no son la mayoría, pero es importante para el movimiento feminista en nuestro país, y para la sociedad en general que estos temas empiecen a analizarse con otros ojos, especialmente dentro de la revolución, porque ¿Qué clase de revolución puede llamarse como tal defendiendo el patriarcado en pleno siglo XXI?

Que las víctimas, miles y miles de mujeres puedan sentir que sus pares y que una parte importante del colectivo social les cree es el primer gran paso, el que nos permite saber que no estamos solas. De ahí, de ese reconocimiento viene la organización. El juntarnos para defendernos de un sistema que está diseñado para mantener los privilegios de los varones, que son los mismos del capitalismo, y no solo defendernos, sino ir más allá, transformarlo. La revisión debe ser individual y colectiva. Si los compañeros no entienden que viven en situación de privilegio por el mero hecho de ser varones, hay que ayudarles a entender, los ejemplos para que puedan notarlo están en la cotidianidad, desde la repartición injusta de tareas (como si estas tuvieran género) hasta la discusión en casa o el trabajo de estos casos que hoy parecen escándalo, pero que tristemente son la realidad diaria de miles.

Un mundo donde la mujer es objetivizada y por tanto, poseída, no puede ser un buen mundo. Esto nos cae a todos, pero especialmente a aquellos que se definen como revolucionarios. Ningún esfuerzo habrá valido la pena si no se elimina la más primaria forma de explotación, la de la mujer. Y si se niegan a acompañarnos, igual nosotras nos organizaremos para lograrlo. Mas temprano que tarde #sevaacaer.

Mariel Carrillo García