Esta es la próxima edad: volemos dentro de ella

0

Hace apenas doscientos años, las zancadas de Bolívar, la arenga, la templanza, el alerta (“¡Que no pase lo de Semen!”, se cuenta que gritaba; varias muertes que hoy contamos las sumamos persiguiendo al Valencey)…

Gustavo Mérida

“No lo toque…”

Mayo de 2021. Caracas estaba en calma, comparándola con Cali, Medellín o Bogotá, que están “en llamas”. Las comillas son de estos tiempos; doscientos años ha, en este año, con tantas comas, y puntos y comas, y puntos y aparte, Simón Bolívar pisaba el mismo cerro que pisamos y que medimos, como pudimos, como sabemos medir en el monte: a zancadas.

“El monte”, así, suena a cualquier cosa. El cerro, llamado Centella, ese mismo que ya usted ha oído nombrar, mide, ahí donde está el monolito, que no es un hito, pero sí un mito, unos cien metros cuadrados, si lo vemos como si fuese un terreno para hacer una casita. Con laderas, y florecitas, y siembra de quinchonchos y alcaravanes compañeros que cuidan su nido. Hace apenas doscientos años, las zancadas de Bolívar, la arenga, la templanza, el alerta (“¡Que no pase lo de Semen!”, se cuenta que gritaba; varias muertes que hoy contamos las sumamos persiguiendo al Valencey)…

Entonces, contar la historia, desde la computadora, se prolonga en buena hora; usted lee que yo escribí que casi que estuvimos allá (“sumamos”, “contamos”… ¿no le digo?) y que hasta que vimos uno de los cañones que los realistas dejaron cuando, como se hace en las guerras cuando hay que hacerlo, emprendieron la retirada. Emprendiéndola, emprendieron contra nosotros. Nosotros contra ellos, mataron a Cedeño. Ellos contra nosotros, se llevaron a Ambrosio. Ahora yo hago rimas…ahí es para hacerse pipí encima. Cosas de hombres, es la guerra, dicen los hombres. Batallas con zamuros: van 19 muertos durante las protestas en varias ciudades colombianas. Esta pandemia lo cambió todo: hay un historiador en la presidencia del Consejo Nacional Electoral más importante de esta Quinta República que ahora es bolivariana.

Bolivariana

Castillo conoció a Chávez. En la caminata, el sargento supervisor supervisaba al pequeño grupo que, militarmente hablando, no llegaba a pelotón. Vestido de forma impecable (uniforme perfectamente planchado, botas lustradas, recién afeitado, uñas largas y limpias, de coplero que canta y toca y que su justa ventaja tiene), el sargento era, y es, el personaje que agarró el cuatro y cantó la canción en homenaje al Negro Primero, ahí mismito donde se dice que murió. En mayo, unos poquitos días antes de estos doscientos años, una cantora también le cantó un homenaje. En Carabobo recogimos mangos, tomamos carato y comimos torta de auyama en el cumpleaños de una comunera, Leida Leal; dormimos en un pueblo vaquero, con búfalo y todo, compramos casabe, hartamos cachapa, echamos gasolina a precio internacional y mascamos chimó, aparte de café y otras hierbas.

Alcaraván compañero

A lo lejos, pero no tan lejos, un tipo sembraba quinchonchos. Atravesamos el alambre de púas, pisamos con cuidado, un alcaraván me ataca.

Me atacó de verdad. Luego, eran dos. El campesino me señala el nido, me advierte: “No lo toque”. De hacerlo, los alcaravanes abandonarían los cuatro huevitos de alcaraván, un poco más grandes que los de codorniz. El Campo de Carabobo, el inmortal, está rodeado de gente, de mujeres que son jefas de calle y responsables del CLAP, que caminan y siembran y hacen torta de caraotas con chocolate.
En una casa que tenía un letrero colgado: Consultorio Popular, la sonrisa más hermosa me cuenta, orgullosa, que Chávez pasó por aquí. “Y pasaron unos militares corriendo y me preguntaron si había visto una camioneta; yo les dije que no, porque no había visto una camioneta, y de repente pasó un jeep y era Chávez. Y todas salimos corriendo…” y me siguió contando. Y se arreglaba el pelo dentro del pañuelo. Y volvía a sonreír, con esa sonrisa de los que hablaron con Chávez. La misma sonrisa del sargento Castillo, allá sudao, allí soldao, cantando bajo ese sol, doscientos años después. Chávez se les voló a esos militares que lo cuidan; los que cuidan a Maduro, si tú vas caminando, por ejemplo, hasta el Cuartel de la Montaña, desde la Plaza Bolívar, te prohíben el paso frente a Miraflores.

Los derechos humanos

¿Vueltas alrededor mío? (o vueltas a mi alrededor; es igual en este caso). El joven oficial se queda pensando un rato. “Sí”, sigo preguntando: “¿paso de gallina?, ¿salto de rana?, ¿presentaciones?”. Todas las respuestas positivas. Ya no hay “quemadas de culo” ni “clavadas de cabeza”.

“¡Manoalfrén!”, vociferaba el joven oficial, y el joven soldado elevaba las manos hasta la altura de los hombros, más o menos. Codos estirados.

El joven soldado tenía ganas de bajar las manos, para protegerse las nalgas. Es un tipo, parado frente a otro tipo, uno con una tabla, usada como bate, y uno con unas nalgas, usadas como piñata. O “pelotas”. Y todo porque una cama estaba mal tendida, y el mayor le arruinó el fin de semana al teniente, y todos los soldados llevaron palo ese viernes. Y todos se quedaron; “cumple la orden, luego pasa la novedad”.

Ah, me imagino a García Plaza, aquel general de vozarrón inolvidable, con aquella franela pegada a sus bíceps de gimnasio, a su don de mando, mandando a comprar aquellos ferrys que hoy ya no son, con su “Chávez vive, la patria sigue”, pagando unos severos, para ver si esa cuerda de generales se bajan de ese uniforme y nos dan un chancecito. Uno.

Aquí, soñando doscientos años después, siendo manganzón incomprendido, y que acabando con el patriarcado y el machismo, siendo parte de lo mismo… y que haciendo periodismo.
______________

El baquiano que canta la historia

Kike Gavilan

Militar, historiador, magíster en Relaciones Internacionales, abogado y un patriota de dimensiones incalculables. Y falta: Marcos Alí Castillo es arpista, cuatrista, cantante recio y compositor de música llanera. Nació en Achaguas, estado Apure, donde el joropo llanero suena todos los días; allí aprendió a tocar y a cantar desde muy temprana edad con su padre.

Fue reclutado por el Ejército a la edad de 18 años, le gustó la vida militar y ya tiene 31 años de servicio. Al llegar al cuartel tenía encendida su pasión por la música y se atrevió a pedirle a su superior que le permitiera integrarse a la banda marcial. La respuesta del oficial fue mandarlo a “clavarse de cabeza” para que lo pensara mejor. Así lo tuvo por un periodo de tiempo, el suficiente para decirle que ya lo había “pensado bien” y que no quería integrarse a la banda.

Esa acción de aquel oficial lo desanimó por completo -al menos en el cuartel- de seguir intentando desarrollar su talento. Pero no se dio por vencido y en sus días de permiso seguía cultivándose musicalmente, al punto de acompañar a varios artistas de renombre y comenzó a componer, a tocar y a grabar sus propias canciones.

Recorrer el teatro de operaciones donde se desarrolló la Batalla de Carabobo tuvo como agregado que nos deleitase con un amplio repertorio de canciones patriotas, como él las llama, todas con una profunda carga nacionalista; canciones que erizan la piel y que nos llaman a la reflexión sobre el rol de los hombres y mujeres de verde que, como en su caso, no solo se trata de empuñar un fusil sino que también cumplen una función de promotores culturales dentro y fuera de los cuarteles.