Sargento, explíqueme otra vez

0

¿Por dónde venía la división de Cedeño? ¿Y la de Plaza? ¿Por qué cayó el Negro Primero a esa distancia? Ubicar las posiciones en el terreno donde se desarrolló la conflagración decisiva puede ser un ejercicio trabajoso.

Matías Aberg Cobo

Periodistas, comuneras y comuneros y el guía militar andan los caminos.

Vamos culebreando los caminos del Campo de Carabobo. Me desoriento una y otra vez. “Allí empezó a recibir fuego la caballería de Páez”, me señala el sargento supervisor Marcos Alí Castillo, nuestro guía en esta aventura histórica. Observo, desde el cerro de La Centella, el punto donde los realistas emplazaron sus piezas de artillería, pequeñas y pesadas máquinas de muerte que se cobraron la vida de los primeros patriotas arrojados a la búsqueda de gloria. “Más allá de esa barranca comienza la maniobra desbordante de los Bravos de Apure, y a las 11 de la mañana el batallón español Burgos rompe fuegos”, relata el apureño Castillo. Habrá contado esa historia innumerables veces -imagino mientras lo escucho- pero su carga emocional está intacta.

“Y por detrás de esa arboleda hacen su ingreso los cazadores británicos”, que se cuadran rodilla en tierra y descargan una tormenta sincronizada de munición que en poco más de diez minutos logra desgastar, desmoralizar y hacer retroceder al Burgos, permitiendo el reagrupamiento del Centauro de los Llanos y sus lanceros. ¿Por dónde venía, entonces, la división al mando de Cedeño? ¿Y la de Plaza? ¿Por qué cayó el Negro Primero a esa distancia? Me pregunto, mientras escrudiño mapas y contrasto el horizonte. El sargento supervisor me responde la última pregunta: “Se inmoló en persecución del enemigo”.

Seguimos subiendo y bajando pendientes. Atravesamos la quebrada de Carabobo y sus barrancas, donde el enemigo tenía desplegado un dispositivo de defensa que debió virar cuando se le abalanzó una primera partida de llaneros a lanzazo y machete limpio, explica, apasionado, el guía patriota. Ahora hacemos una parada en el cerro Bolívar y vuelvo a perder la brújula humana. “Sargento, explíqueme otra vez, y discúlpeme la molestia, el fastidio”, me atajo. “Tranquilo chamo. Es que estamos serpenteando el camino, tal cual lo hicieron los nuestros hace doscientos años”, suelta, fundiéndonos en la historia.

Samán, testigo de la batalla.

Veo que un compañero chequea las coordenadas con su teléfono inteligente y confirmo dos cosas: no soy el único al que le cuesta orientarse, y Castillo no se pela. Al frente el Norte, a la espalda el Sur. Punto. No me enredo más. Al rato, me vuelvo a enredar.

Pienso que cualquier mortal que no sea un avezado montañista podría perderse fácilmente en la sabana de Carabobo y sus estribaciones, que traen quebradas, riachuelos, abras, montes, cerros y colinas de variada altura. La vegetación y la naturaleza del terreno también son cambiantes, por momentos seco, pasajes húmedos boscosos, e incluso, extensos segmentos de espesa vegetación que el Ejército Libertador debió machetear aceleradamente para abrirse paso. Comprobé cierto el pensamiento con el que abrí este párrafo cuando nos separamos del grupo junto a dos compañeras lugareñas, conocedoras de la zona, y quedamos perdidos durante varios minutos. Todo por quedarnos pegados tomando fotos.

Y eso que uno leyó libros, vio documentales, escenificaciones de la Batalla. Pero al poner pie en lo que fue el teatro de operaciones, insisto, ubicar las posiciones puede ser un ejercicio trabajoso. Reunida nuevamente la partida completa, proseguimos la ruta histórica y, desde una nueva elevación, Castillo vuelve a precisar la ubicación inicial de ambos bandos. Me recuerda un dato importante: la conflagración en la sabana de Carabobo fue la única en toda la guerra de Independencia donde el Libertador Simón Bolívar comandó tropas maniobreras, versátiles. Además, la dinámica que tomó la contienda fue muy cambiante, con situaciones de desbande, reagrupamiento, cargas, empujes y persecuciones desordenadas.

Serpenteando los caminos de Carabobo

Me acercan un carato de maíz, escupo el chimó, y me sumerjo en la imaginación. Escucho clarines y tambores, sablazos que van y vienen, ¡fuego al enemigo! ¡Orden, no retroceder! Como un eco en la inmensidad del espacio-tiempo. Oigo tonadas orientales, andinas y, sobre todo, llaneras. Hasta órdenes en inglés e irlandés. Por alguna razón, no percibo a los españoles. Vainas de la sugestión. También hay gritos de auxilio desesperado, lamentos. Fue una masacre.

Antes de abrir los ojos y reencontrarme con la vastedad del campo, concentro mi ensueño en dos circunstancias poco relatadas: el ataque de epilepsia de Páez, que es asistido en una acción humanitaria de un enemigo; y la muerte del perro del Libertador, Nevado, lanceado por los realistas. Mientras reflexiono en torno al sacrificio del can, y el hecho de que su sangre también se regó en Carabobo, la dulce voz de una mujer me trae de vuelta a 2021. “Con el pecho abierto el Negro le dijo adiós”. La energía que se siente allí es de otro nivel. Recojo un poco de tierra en un frasco.

Ahora escucho el rasguido del cuatro, es el turno de Castillo. “Los apureños somos como el cascabel, que hay que pegarles en el puesto para poderlos vencer. ¡Upa! ¡Que viva Venezuela! ¡Que viva Bolívar! ¡Que viva la Revolución Bolivariana! ¡Que viva nuestro Comandante Chávez!”. Una fina lluvia cae en el Campo de Carabobo.