Cuentos para leer en la casa | El sol

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Soy un sacerdote del sol, designado por los dioses para controlar las fuerzas cósmicas por medio de la oración, los rituales y los encantamientos.

Nací para gobernar a los vivos y perseguir el conocimiento. La sobrevivencia del pueblo laíno y de la Gran Madre, depende de nuestro trabajo en la tierra.

La vida fue traída a la tierra tejiéndola entre el tiempo y el espacio. Su balance es muy frágil. El equilibrio de todo el universo depende de la integridad de los Hermanos Mayores. La única finalidad del hombre es el conocimiento. Todo lo demás es secundario. Sin conocimiento no puede haber comprensión del bien y del mal. No puede haber aprecio de los deberes sagrados de los hombres para con la tierra y para con la Gran Madre. El conocimiento trae sabiduría y tolerancia. Sin embargo no es fácil alcanzarlo dentro de un mundo animado por la energía solar. Sin la guía de los iluminados, la luz solar puede llamar a engaño.

Fui llamado a ser sacerdote por medio de la adivinación. Cuando nací, igual que toda mujer laína, mi madre acudió a uno de los pachamamas, como se les llama a los sacerdotes, para consultar a la Gran Madre, leyendo los signos en las piedras y cuentas que fueron lanzados al agua en las vasijas ceremoniales. La Gran Madre habló: yo era uno de los escogidos.

Mi madre tuvo que entregarme a uno de ellos, quien me llevó a la cima de la montaña para criarme junto a su mujer. Tuve, como todos los escogidos, una vida nocturna, apartado completamente del sol, con la prohibición absoluta de conocer siquiera la luz de la luna llena.

Por dieciocho años viví en la casa de ceremonias, durmiendo de día, despertando al atardecer, cuando atravesaba en la oscuridad el bosque hasta la casa del pachamama donde era alimentado. Comía a la medianoche y, justo antes del amanecer: pescado hervido con caracoles, hongos, grillos, frijoles blancos y raíces. Nunca probé la sal, ni comida que no hubieran conocido mis antepasados. La comida era siempre preparada por la mujer del pachamama, y aun ella que era como mi madre, podía verme solo durante la noche.

Mi aprendizaje duró dos veces nueve años, como si hubiera regresado dos veces al vientre de mi madre. Durante los primeros, cuando era solo un niño, pachamama me enseñó los misterios del mundo. Aprendí cantos y danzas, cuentos y los secretos de la creación, así como el lenguaje ritual conocido solo por los sacerdotes.

Los otros nueve años mi dedicación fue para asuntos más elevados y secretos: el arte de la adivinación, la respiración que pone a mi cuerpo y a mi mente en reposo, cómo entrar en trance, oraciones que dan voz al espíritu interior.

Nunca aprendí ninguna de las tareas que ocupan a los hombres, pero conozco todo sobre la Gran Madre, los secretos del cielo y de la tierra, el misterio de la vida en todas sus manifestaciones.

Yo, al igual que todos los iniciados, conozco solo la oscuridad. Por ello he adquirido el don de las visiones. Soy clarividente, capaz de ver no solamente el futuro o el pasado, sino a través de todas las ilusiones del universo. En trance puedo viajar a través de la tierra de los muertos y dentro del corazón de los vivos.

Hoy es el día de la gran revelación: después de haber escuchado de la belleza de la Gran Madre durante dieciocho años, y haber aprendido el delicado balance de la vida, la importancia de la armonía cósmica, estoy listo para tomar mi carga en medio de los hombres.

Está todavía oscuro cuando pachamama viene a buscarme. Juntos salimos y nos sentamos en una ladera de la montaña. Empieza a amanecer y puedo finalmente ver lo que se me había mantenido oculto: el sol empieza a salir.

Hasta el día de hoy el mundo existió para mí solo como una narración. Ahora, por primera vez, puedo verlo en su trascendental belleza y en un instante, el conocimiento que me fue transmitido se vuelve sólido como una roca dentro de mi ser. Pachamama, conmovido, murmura en mi oído:

-¿Lo ves? Es tan hermoso como te lo había contado.

Carol Zardetto