Cuentos para leer en la casa | Unas horas sin tecnología

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Afuera hay silencio, un silencio inesperado que solo es roto por el canto de los pájaros, por la enorme cantidad de pájaros que ha llegado, no se sabe de dónde, y que ahora rodea los balcones del edificio, en los que cada inquilino, feliz del saludo de las aves, pone arroz y trigo para que se queden.

Silencio, porque en esa calle antes bulliciosa, no hay autos, ni gente, ni niños que van a la escuela, ni padres apresurados a su trabajo, ni negocios; ni ese bar de la esquina que escandalizaba las madrugadas de jueves a domingo.

Silencio, porque todos los habitantes de este edificio están conectados a sus compus, a sus smartphones, a sus tablets, viviendo sus vidas lejos de allí. Silencio que es roto a las seis de la tarde por dos vecinos del cuarto piso, dos violinistas que salen al balcón a compartir su música con otros. Ahora es Bach y ayer fue Beethoven.

Silencio que desaparece a esa hora, cuando se prenden las luces y los habitantes de este edificio y de las otras viviendas de la cuadra, salen a acompañarlos, algunos llevan pañuelos de colores que hacen ondear para que los muchachos sepan que están ahí, que su música es bienvenida, y que si ellos regalan sonidos bellos, los demás devuelven el presente con color y aplausos. El cariño tiene muchas formas de ser.

Un silencio que se evapora cada cierto tiempo por el llanto del bebé del tercer piso que pide comida, cambio de pañal o cariño; a veces también por algún cólico u otra inexplicable molestia que asusta a su madre.

Silencio, invadido ahora por el timbre del teléfono, no del celular, sino del convencional, grande, negro, inútil, que según Catalina deberían tirar a la basura porque, con celulares, quién necesita de ese vejestorio.

—Qué pena —escucha Catalina decir a su madre—, pero este momento estoy en clases y no puedo dejar solos a los chicos. Sí, mi esposo también está ocupado en una conferencia.

¿Puede ser en una hora? Lo siento mucho.

—¿Qué pasa mami?, ¿quién es? —Catalina se muere de curiosidad, desde que se cambiaron es la primera vez que suena ese aparato. Tienen poco tiempo en este edificio y casi no conocen a nadie.

—La vecina del tercero, me preguntó si tengo leche, el niño tiene hambre y a ellos se les acabó, pero en este momento no puedo ir.

—Voy yo, ya terminé mis deberes —Catalina ve la oportunidad de moverse un poco más de lo que le permite el limitado paseo en su departamento.

— ¡Estás loca!, ¡cómo se te ocurre! Te puedes contagiar.

—Ay mami, pero si ellos no tienen covid.

—¿Tú como sabes?, el esposo de ella sale todo el tiempo de compras, puede haberse contagiado.

—Me pongo doble mascarilla, rompevientos, los guantes de lavar los platos, y me baño en alcohol.

Catalina discute con su madre hasta que la convence con la promesa de entregar la leche en la puerta y regresar enseguida. Casi vestida de astronauta, sale corriendo a hacer la entrega.

El departamento queda otra vez en silencio, papá y mamá siguen en sus clases y Catalina no regresa. Cuando terminan las tareas del día se dan cuenta de su falta y se asustan. No saben cómo la vecina del tercero consiguió su teléfono, porque ellos no tienen el suyo.

Deciden salir a buscarla cuando la ven llegar con un frasco en las manos.

—La viejita que vive al lado de la mamá del bebé hizo mermelada de guayaba y me regaló un poco, porque yo le conté que era tu dulce preferido.

—¿Estás loca? ¿Cómo la conociste? ¿Te pusiste a pasear por todo el edificio? ¿Y recibiste dulce de una desconocida? ¿La señora llevaba mascarilla? Anda a lavarte las manos, con jabón y dos veces —grita la mamá.

—Mami, la viejita no es una desconocida, porque ya vive 15 años en este edificio. Fue a regalarle mermelada a la mamá del bebé y, como yo estaba allí, me dio también a mí. Pero, en realidad, me demoré porque ayudé con el cambio de pañal —dice Catalina, muy tranquila.

—¿Tú, tú cambiaste el pañal?, pero tú eres una niña y no sabes nada de eso —el departamento, el edificio, el barrio, a esa hora más silencioso que nunca, es todo gritos.

—No mami, yo cuidé que hirviera un agua, mientras la mamá le cambiaba el pañal.

—¿Tú, tú cuidaste un agua?, pero te pudiste haber quemado. No puede ser, ¡esto es un abuso!

—Mami, ya tengo 10 años, puedo mirar un agua que hierve sin quemarme —se ríe Catalina.

La mamá se pone un abrigo, dos mascarillas, los guantes de lavar los platos y se dispone a ir al departamento del tercero a reclamar a esa señora tan abusiva. Entre Catalina y el papá tratan de calmarla, porque lo que ha pasado no es tan grave como para hacer un escándalo.

Leonor Bravo Velásquez