CRÓNICAS Y DELIRIOS | La verdad ha muerto, ¡vivan las redes sociales!

Igor Delgado Senior

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Existimos en una época de estremecimientos por causa de la pandemia que nos agobia y confina, enfrentándonos a la alternativa de vivir (pensar, leer, amar, trabajar) en cuarentena o desaparecer para siempre en los territorios del virus. El planeta, mayoritariamente pobre, percibe con claridad la esencia y urgencia de lo que sucede, pero los centros del poder occidental actúan como si el mundo fuera el perfecto coto para sus mercados, y por ello siguen acumulando ganancias a velocidad astronómica, se reservan altos porcentajes de las vacunas antivirus, y juegan al retorno de una guerra fría que en cualquier instante puede calcinarnos a todos.

En paralelo, otros embates también infaustos pero de otro orden, se escenifican en las redes sociales de Internet: son las fake news, los falsos positivos editados, la post-verdad (que es equiparable a la desaparición de la certeza), las agresiones verbales, la descalificación del contrario, la supina ignorancia cultural, los prejuicios, el galimatías del razonamiento, envueltos en un lenguaje inferior al básico y con una rupestre ortografía.

Los internautas se sienten autorizados a la torpe audacia de emitir opiniones sobre cualquier tema, bajo la premisa de que en el ciberespacio todo puede ser expresado o atribuido sin consecuencias principistas ni morales. En total: zona baldía para las ideas y el saber, tierra de nadie, franja de ardides y mañas malignas (con específicas excepciones, por supuesto).

Sobran ejemplos acerca de lo anterior, pero vayamos a lo más cercano. Apenas muerto Aristóbulo Istúriz, modélico maestro y luchador socialista de raigambre popular, negro por las cuatro pieles y oriundo de un orgulloso poblado de negritud también pensante y danzante, las redes sociales casi festejaron su deceso (o sin “casi”), endilgándole yates transoceánicos y enormes fortunas secretas, además de condenarlo sin absolución posible de los dioses informáticos, por su atributo de negro insumiso y libertario.

Así, el tejido de la red hizo mofa de Aristóbulo, equiparándolo a zamuros, orangutanes y gorilas mediante supuestos “chistes” demostrativos del profundo racismo que aún impera en algunos estratos de la sociedad venezolana. Sedicente humor el de tales “enredadores” que asimismo divulgaron con memes aprobatorios, la gráfica a cargo de una caricaturista venezolana de origen europeo (hoy asilada en ese continente) que dibujó a Aristóbulo ya cadáver como si fuese un montón de excremento oscuro. ¡Humor de horror!, podríamos gritarle desde este lado de la vida.

Por otra parte, la enredina pretende otorgarle volteretas a nuestra historia para reivindicar a tres ominosos Pérez de tiempos distintos: el general Pérez Jiménez, Carlos Andrés Pérez y Oscar Pérez, simbólicas encarnaciones de la dictadura, la democracia a fuego y metralla, y el terrorismo contra la revolución popular. Sin embargo, esos intentos también perecerán en medio de su mediática.

Pseudocomentaristas que utilizan sarcásticamente opciones grotescas, lo apuntamos con recia pesadumbre, para agravios versus la mujer, la función dentro de la familia y el ámbito igualitario de sus derechos ciudadanos y sexuales. ¡La Historia, que es femenina, nunca los absolverá!

El 23 de abril se celebró el Día Internacional del Libro, instaurado porque coincide con la desaparición física de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega en esa misma fecha de 1616. Los ágrafos de las redes alzaron entonces sus voces huecas para declarar que los libros carecían de importancia, pues la información indispensable se hallaba en Internet. Y acto seguido, empezaron a ironizar fatuamente con nombres de autores y compositores universales (“Voy a Almozart en el Platón”, “¿Kafka es una brocheta árabe?”(sic) ¡Perdónenlos por siempre, eternos amigos ilustrísimos!

Y finalmente, un resumen al voleo por orden de participación en pantalla: Cómicos que no causan sonrisas ni frente al espejo, “profesores” entre comillas cuyos títulos se auto-confirieron en mitad de vuelos sin alas, influencers carentes de influencia hasta sobre sí mismos, desastrosos astros y politicastros, opinadores de oficio o faltos de oficio, economistas que nada más hablan contra los comunistas, ex modelos de televisión jubiladas por desuso neuronal y un larguísimo etcétera que omitimos debido a cansancio del espíritu.

Con el permiso de los lectores, vaya una proposición de urgencia máxima: la obligatoriedad de instalar en las redes sociales un detector de mentiras, dislates, infundios y vaciedades. ¡Ojalá!

Igor Delgado Senior