PARABIÉN | Nos hundimos y resurgimos (I)

Rubén Wisotzki

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1.

Cuando en plan fatalista ante tantos inconvenientes innegables, indiscutibles, alguien dice que este mundo se hunde no está equivocado y es literal: nos hundimos. Y desde hace años. La ciencia, que no juega con las palabras, ya lleva localizado desde el pasado siglo, aproximadamente, 200 hundimientos en 30 países.

No es únicamente el lento y poético (por lo melancólico) sumergirse de Venecia en sus propias aguas, –esa bucólica despedida de la ciudad milímetros a milímetros, año tras año-, a las que contribuyen, suponemos, los románticos con sus lágrimas de tristeza*. También se sabe de otras manifestaciones similares, o más acentuadas, pero por razones diferentes como fenómenos tectónicos, terremotos, erupciones volcánicas, erosiones causadas por la minería y la extracción de hidrocarburos, como causas principales.

*Se conocen varios esfuerzos realizados para evitar el desastre, turístico principalmente, o sea, económico; y luego, recién luego, siempre luego, cultural y social… a no engañarse.

2.

Sí, nos hundimos. ¿Para qué ocultarlo? Subsidencia se llama. Es decir, hundimiento progresivo de la superficie del terreno. Quizás por eso la carrera de mega edificios. Altos ellos, bajos nosotros. Tanta ambición de ser parte del cielo para terminar siendo, polvo al fin, parte de la tierra. Nunca le faltará a la humanidad alguien que quiera alcanzar por lo alto lo que no pudo por lo bajo, lugar que es, si miramos a nuestro derredor, donde estamos todos.

Pero, permita estimado lector una simple observación que puede realizarse de esas construcciones engreídas: quien quiera encontrarse con el resto debe, siempre, montarse en el ascensor y pulsar “planta baja”. Una prueba más, infalible creemos, que, de un modo u otro es en la tierra, con los pies o no en ella, donde los mortales dirimimos nuestros problemas. Y, sirva como remate si se quiere: ¿Cómo eludir aquí a la consabida ley de la gravedad, esa que formula que todo lo que sube termina por bajar?

3.

En todo caso, y disculpen lo reiterativo, nos hundimos. Es, “apenas”, y por los momentos, un 10 por ciento del planeta, pero en ese porcentaje, donde la ciencia tampoco juega con las cifras, viven 1.200 millones de personas y está el 21 por ciento de las ciudades más importantes del planeta. No es poca cosa. Y si no lo creen pregúntenle a los habitantes de Campo Alegría, en Lagunillas, Zulia, que desde los años ochenta saben qué es eso del sucumbir como asentamiento humano y como paisaje.

Pocos miran lo que pisan y por donde pisan. Se dirá que hay razones de peso (aunque curiosamente estamos hablando de lo que flota, intangible, en el ambiente) para que veamos tanto hacia arriba desde abajo. Las hay, como todos ya sabemos, metafísicas, y hasta las hay bien esgrimidas en sesudos estudios como la arqueoastronomía, llevada adelante, por ejemplo, por Anthony Aveni, en su singular obra “Observadores del cielo en el México Antiguo”, donde se explaya el deificar, o divinizar, la bóveda celeste y sus habitantes sagrados, los cuales nos cubren con sus historias, con sus leyendas, como techo de nuestras vidas.

Pero las que imperan hoy son, principalmente, las económicas que lapidariamente son resumidas en “los de arriba y los de abajo”. Falso es que “los de arriba” estén más cerca del cielo, aún como pioneros del turismo espacial. Vamos, esa eyección no es más que para una vuelta. Es ir, subir, y bajar. Además, como bien dijo Barthes con relación a la Torre Eiffel: para apreciarla en toda su magnificencia lo más recomendable no es subir a ella, sino alejarse un poco de ella. Así, el cielo: ilumina más nuestra oscuridad cuando decidimos, en ejercicio contemplativo, precisamente eso, contemplarlo. Y esto, si nos permiten la tonta jactancia, mucho más cuando se aprecia en esta montaña una lluvia de estrellas, mientras las vacas duermen y los lobos acechan, sin que podamos verlos, desde el bosque cercano.

4.

A ver cómo nos queda forzar esta línea argumentativa: Todo el caer de la humanidad, según la narrativa ecológica, la que se da a conocer comúnmente en los estudios científicos que se divulgan, en los salones de clases, en los discursos políticos, en los programas televisivos, entre tantos otros espacios, suele tomar como referencia el cielo, el aire, el ambiente, donde respiramos. O nos asfixiamos. Esta tendencia, en esta pandemia donde la variable constante es el oxígeno o la falta de él, acentúa, si se quiere ver así, esta visión.

Ayuda claro está para esto que esos ámbitos de información, conocimiento y discusión, sean los urbanos, siempre decorados con esa tenue gris llovizna de smog y basura humana (a no pensar tan mal, nos referimos en esta oportunidad a la producida por la raza, y no a la que solemos enmarcar en algunas situaciones a la raza en sí). Hasta cuando nos referimos a la tala indiscriminada del Amazonas lo hacemos, y no estamos colocando en duda sus razones, faltaba más, como la pérdida de uno de los principales pulmones del planeta.

En todo caso, lo señalado está arriba de nuestras cabezas. Está por las nubes y no por nuestros pies. Nos preocupa lo de arriba, las nubes contaminantes, si la capa de ozono está o no agujereada, pero lo de abajo poco y nada. Más allá que si lo del cambio climático fuera algo ajeno e independiente del cambio personal de cada individuo (opera, y con eficacia, una suerte de despersonalización de las responsabilidades porque, como ya se dijo bastante por este espacio, la culpa siempre está en el Otro).

5.

Las respuestas trascendentales, e incluso las más cotidianas, las buscamos alzando los ojos al cielo. Desde la falta de un ser amado, la falta de fortuna, o el deseo postergado de una ida o regreso. Es un gesto muchas veces involuntario, una mímesis más entre tantas otras. Y lo más paradójico es, quizás, que los que están en tierra (permítanos estimado lector detestar aquí el usual “bajo tierra”), debajo de nosotros, de nuestros pies, es decir, nuestros muertos, nos tienen más de una respuesta.

Nos hundimos, sí, geológicamente y existencialmente, cada día un poco más. Tal vez, y ya hablaremos el próximo sábado de eso, es porque no elegimos bien dónde y cómo resurgir. Para bien.

Rubén Wisotzki