MICROMENTARIOS | Insultos cotidianos contra la mujer

Armando José Sequera

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Al momento de insultar, nadie piensa. Las emociones asumen la conducción de la lengua y anulan las conexiones entre ésta y el cerebro.

La casi totalidad de los insultos son epítetos masculinos destinados a individuos masculinos. Algunos descalifican la capacidad mental de quien se ofende: idiota, estúpido, tonto, imbécil. Su candidez: gafo, boludo, gilipollas. También su falta de virilidad: marico o cabrón. Este último involucra a la compañera del insultado. Se basa en una infidelidad real, presunta o imaginaria de la esposa o mujer.

La contundencia de tales improperios depende de la intensidad con que se usan o de las circunstancias en que se pronuncian. No es lo mismo llamar imbécil a alguien durante un fugaz incidente automovilístico que utilizarlo contra un rival en una pelea callejera o en interior de un bar. Si se acompaña de empujones o golpes, éste y los otros vocablos citados aumentan su peso específico y pueden generar episodios violentos e incluso letales.

Ninguno de estos vituperios tiene, sin embargo, la fuerza de los que implican a la progenitora del insultado o hacen alusión pública a los genitales de ésta: el castizo y colombianísimo hijo de puta, el mexicano hijo de la chingada, el muy caribeño coño de tu madre y el chileno concha de tu madre.

Tales ofensas son una demostración inconsciente de machismo. Inconsciente porque en nuestros días la expresión se emplea sin pensar, algunas veces hasta de manera jocosa. Sin embargo, su propósito es culpar a la madre del insultado del proceder de éste. La condición machista de tales injurias la prueba el hecho de que, para hacer un hijo, se requieren dos. Entonces, ¿por qué en ningún momento se responsabiliza al padre por el comportamiento de quien se pretende insultar? ¿Por qué tampoco se hace referencia a los genitales paternos? Mentarle la madre a alguien agrede más a la progenitora que a aquel o aquella a quien pretendemos insultar.

Culturalmente hablando, la costumbre de responsabilizar a la madre de las acciones de sus hijos, se remonta a la Edad Media, cuando los teólogos católicos le confirieron a la mujer una condición diabólica. Si los pecados se debían a la influencia del Diablo y la mujer era diabólica, todo el mal y todos los pecados provenían de lo femenino. ¿La prueba? Por culpa de Eva –la madre original–, y la serpiente –un ser también femenino–, la humanidad perdió el Paraíso. Obviamente, tal episodio fue escrito por un hombre, no por Dios, pues el Padre–Madre no creo que haya cultivado el machismo.

Creo seriamente que la cumbre de la Creación es la mujer. Es ella quien, como el propio Dios o los artistas, cuece la vida en su vientre. También creo que el insulto cotidiano a la madre y a la mujer encubre una manifestación masculina de envidia.

Armando José Sequera