Cuentos para leer en la casa | Almendros

0

Los almendros maduraban en algún lugar. Preparaban secretos en el follaje: secretos de otoño. Depositaban toda su fe en la intención de madurar. Pensé en los almendros que había visto por el camino. Vivo en un lugar donde prácticamente todo lo que se sabe del otoño es la actitud de estos árboles. Y solo se confirma el verano en junio, con un fervor que llega casi a treinta grados.

El guardacoches, en la plaza, era mudo. Pero tenía todo un surtido de emociones en la garganta para acompañar sus gestos, con los brazos, la cabeza, las piernas, el cuerpo todo aún más vehemente. Estacioné el coche a la sombra de un árbol que no era almendro y estaba completamente verde. Vino a indicarme que estacionara más adelante. Señaló muchas veces con sus propios ojos, y después indicó enfrente de qué acera quería que dejara el coche. El mensaje: chica, cuido su coche mejor allí.

Cuidar: vigilar para defender. Custodiar, celar. Retener en la memoria. Tener en sí, encerrar, contener. Aplazar, diferir. Cautelarse, precaverse. Dejar de pronunciar, de comunicar, callar, guardar (un secreto). Refugiarse en un lugar, abrigarse.

Dándole la espalda al guardacoches, vi a mi amigo. Leía un libro mientras me esperaba. ¿Me esperaba desde hace seis meses? Seis meses por lo menos, que los secretos de los almendros nos rodean, revolución de las estaciones. ¿El pasado es asimismo un bosquejo? ¿Es necesario seguir completando esta especie de croquis con la ficción de la memoria? El futuro, por otra parte, tal vez sea nuestro autorretrato ingenuo. Lo que fuere. Él me esperaba. Quizás no una espera de seis meses, esa es solo libertad poética (menos: improbabilidad poética). Digamos: una espera factual y comprobable de diez o quince minutos, a la sombra del inmenso árbol verde.

Mi amigo leía su libro y desde el primer día verlo para mí, ha sido un susto cubierto de vello. Una vez, hace ya algunos años, él se pegó a mi recuerdo de tal manera que tuve que meterme bajo la ducha, para ver si lo olvidaba drenaje abajo. Ese día, funcionó. Pero los sustos se reiteraban, venían repitiéndose, canción de cuna. No hay drenaje que soporte tanto. En seis meses, seis años. Seis vidas (dejando la séptima, felina, a cargo de la improvisación).

Dos horas más tarde, miraba mi propio cuerpo desnudo en la sin ceremonia del espejo clavado en el techo. Mi amigo dormitaba, sentía los espasmos musculares de su cuerpo. También cerré los ojos. Soñé con el teatro de sombras. Siluetas pasaban detrás de un telón blanco. De un lugar oculto venía la luz, de atrás. Vi la sombra de un enorme pájaro con un penacho en la cabeza, y vi la sombra de la bailarina favorita del emperador Wu Ti, en China, dinastía Han. Cuando desperté, miré para el lado e intenté reconocer a mi amigo.

¿Existía? ¿Era el bosquejo que yo hacía de un pasado por venir? Despertó y abrió los ojos. Pude examinar allá bien adentro. Descubrí cosas que no sabía. Gestos de bailarinas chinas. La alfombra de hojas muertas de los almendrones, en el suelo, falsa impresión de clima templado, falso suspiro europeo. Encontré a los negritos de la playa que comían la pulpa de la almendra. Encontré todas mis seis vidas, más la séptima, que acababa de improvisarse. Pero en ese mismo instante noté que mi amigo ya no estaba allí. Primero asumió los contornos de una silueta en el teatro de sombras. Después se convirtió en una silueta atravesada por la luz y por mis pensamientos, una confabulación dividida, trampa y provocación. Después, solo una idea de los almendros en el inicio de un otoño que no era.

Sus ropas estaban bien allí, de lado. Arrugadas, arrojadas al suelo. Sus manos estaban bien allí, en mí, el fantasma vibrante de las huellas digitales. Pero cuando miraba para el lado era apenas la oquedad de la sábana pálida, sin sombras detrás. Y cuando miraba para el techo era solamente mi cuerpo reflejado, porción restante de alguna cosa ya vertiginosamente lejos, corriendo como milésima de segundo en el cronómetro.

Vertiginoso: que causa vértigo. Que gira con enorme rapidez. Que causa desplazamiento veloz de algo que afecta a algo con ímpetu enorme. Que sucede con intensidad y mucha prisa. Que causa intensa perturbación, que arrebata.

¿Dónde estaba mi amigo? ¿Para dónde habría ido? ¿Dormiría con los ojos bien abiertos en una de las dimensiones extras del universo, aquellas minúsculas dimensiones que se doblan sobre sí mismas? ¿Había despertado para su otro sueño? ¿Sus otros sueños? ¿Había hecho de mí un pasado tan frágil, un toque tan suave del lápiz sobre el papel, que yo ya no existía, pocos instantes después de existir?

Sola, con aquella calma extravagante que hay dentro del corazón de todo vértigo, me di un baño. La rejilla de la ducha era bien pequeña: imposible hacer desaparecer a alguien por allí. El olor del jabón era malo. Las toallas eran suaves. Volví a la plaza donde el hombre mudo cuidaba mi coche. No había almendros alrededor. El guardacoches me vio llegar. Gesticulaba al decir las cosas que habría dicho si las palabras no se pegasen a su garganta. Me llamó de allí, de lejos, con el brazo.

Llamar: invitar para el lado de sí. Decir el nombre de alguien. Llamar la atención de alguien, impulsar, arrastrar (embarcación) por la fuerza de la corriente. Despertar a alguien del sueño.

El guardacoches me mostró un balde de agua y un estropajo indicando con eso que había lavado el coche, y que por lo tanto el pago tendría que ser más sustancial. Siempre a mi criterio. Pero más sustancial. No contesté, no cogí la llave ni la billetera del bolso. Éramos dos pequeños mundos impropios, él y yo, el metal reluciente a nuestro lado, el agua aún viva en el balde.
Hizo un gesto con los ojos y la extremidad de la barbilla. Detrás de usted, decía.

Dándole la espalda al guardacoches, vi a mi amigo. Leía un libro mientras me esperaba. ¿Seis meses y algunas horas que me esperaba? Y los secretos de los almendros nos rodeaban aún, revolución de una revolución de las estaciones. El pasado: bosquejo. Sería necesario ir terminando esa especie de croquis con la ficción de la memoria. Futuro: un autorretrato ingenuo.

Enmarcado y colgado en la pared de un museo que nadie va a visitar.

Me esperaba. Quizás no una espera de seis meses, esa es solamente libertad poética (menos: improbabilidad poética). Digamos: una factual y comprobable espera de diez, quince o veinte minutos, a la sombra del inmenso árbol verde.
Esperar: tener esperanza en, contar con, confiar en. No actuar, no tomar decisiones, no desistir de algo, no irse. Aguardar, contar con la realización de algo. Suponer, presumir, conjeturar. Imaginar.

La Autora

Adriana Lisboa

(Brasil, 1970). Estudió música y literatura. Entre sus publicaciones: Sinfonia em branco (2001. Premio José Saramago), Os fios da memoria (1999), Língua de trapos (2005. Premio Revelación de la Fundación del Libro Infantil y Juvenil de Brasil). Investigadora adjunta de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque (Estados Unidos). También es traductora y sus libros han sido publicados en Suecia y Portugal. Su sitio en redes es: www.adrianalisboa.com.br