LA CARAQUEÑIDAD | El amolador y el chamo juguetón

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La reciente crónica Caracas siempre anduvo en dos ruedas, publicada en estas páginas en abril con motivo del día mundial de la bicicleta, y la reacción de algunos lectores impulsaron el embalaje de dos historias donde la bici es protagonista en esa Caracas de ayer no más, como sustento de vida y como un juguete que sembró el sano sentido competitivo.

Es que la bicicleta, no solo en la capital o en Venezuela, sino en todo el mundo, fue, es y será eso, un elemento de transporte con múltiples utilidades; beneficiosa por donde se le vea. Sirve, como refieren los términos modernos de los negocios, para ganar-ganar. Gana el diseñador, el fabricante, el distribuidor, el comercializador, el vendedor, el mecánico, pero más gana quien la compra porque con ella se desplaza de manera sencilla, rápida y económica, adquiere nuevos hábitos influyentes sobre su estado físico, mental y muchas veces hasta financiero.

Ahí van dos historias en dos ruedas, caraqueñísimas aunque universales porque pudieron ocurrir en cualquier parte del globo.

Michele el amolador

Imposible es suponer que cuando don Michele Tamborino salió de Italia en busca de un mejor futuro hubiese visualizado la estabilidad y tranquilidad económica extendida hasta dos generaciones sucesivas con su trabajo sobre una bicicleta. Nadie podría habérselo imaginado.

En 1956 el intrépido migrante echa anclas en la zona de Bello Monte y dos años más tarde -al comprobar que esta es una tierra de bendiciones que lo enamoró de su gente- ordena el viaje de su esposa Ángela y su hijo Luigi para radicarse los tres de por vida en Caracas.

Una Fiorino -marca originaria de la actual Benotto- era el vehículo más barato para desplazarse por la ciudad mientras planificaba su modo de sustento. Al ver que nadie se dedicaba al oficio de amolador reacondicionó su bici, quizás rememorando a algunos mayores de su Bari natal.

Pino, su nieto, relata nostálgico: “Le adaptó un burro para dar estabilidad a la bicicleta mientras pasaba otra cadena desde el plato para girar la piedra de amolar”.

En esa Caracas ambigua, por su convulsión política pero garante de seguridad, de los años 60 -donde los otros ciclistas eran repartidores de farmacias y abastos-, a diario salía en dos ruedas el tenaz amolador con su flauta y cargado de esperanzas a recorrer Santa Mónica, Los Chaguaramos, Sabana Grande y Bello Monte, donde el singular chiflido anunciaba su llegada que por buen servicio y falta de competencia logró popularizarse.

Sus clientes principales fueron carnicerías y restaurantes que proliferaron en esa zona de clase media caraqueña. Daba filo a tijeras, cuchillos y navajas de barberías y casas según los requerimientos de algunos clientes que de vez en cuando pedían “fiao”, concedido sin prejuicios. En realidad eran precios muy económicos, como casi todo en aquella Caracas sesentosa.

Después de 30 años en el oficio ya era tiempo para colgar la bici. Además, el crecimiento anárquico de la ciudad demandaba otras cosas. Su hijo y nietos se dedicaron a la mecánica en el negocio automotor. Con su tetrino reposa muy bien conservada en una suerte de exhibición. Sus nietos agradecen a Dios y honran a Michele cuando ruedan juntos por la ciudad… Demandan mayor atención a las ciclovías.

Gilberto el Regalado

“La única bicicleta que tuve en mi juventud, fue una Norman, ring 24, de paseo, que me regaló un primo. Casi que iba al baño en bicicleta. La mantenía de punta en blanco. Pasaba dos y tres horas rodando en un circuito que desde la primera avenida de Propatria, seguía por el Andrés Eloy Blanco, calle Cuartel -ahora avenida- y subía por la calle Bolívar hasta Boccardo, actual C.C. Propatria”. Es un feliz recuerdo de Gilberto Regalado, un chamo humilde de Casalta que creció y aprendió sobre la vida montado en una bicicleta en aquellos años 60.

Luego pasó al bicicrós donde organizaba competencias que ganaba quien llegara de último. Saltaban dos alcantarillas, subían y bajaban las escaleras de la plaza Propatria. Si apoyaban un pie estaban eliminados. Equilibrio y pedal.

A veces llegaban con la bici en hombros hasta el copito del cerro que da hacia Vista Alegre -actual Casalta 3- y se lanzaban hasta Propatria. Recuerda que colocaban vasos de cartón en los parafangos y con el sonido emitido jugaban a las ambulancias. Otros con un poquito más de dinero ponían dinamos a las ruedas para la luz del faro delantero que pasó a sustituir los cocuyos de reflejo necesarios ante el crecimiento del tráfico automotor, que atentó contra ese ciclismo inocente de nuestra Caracas de ayer no más.

Agustín, un isleño propietario de una bodega del sector, les prestaba la bici de reparto y se aventuraban a unos viajes muy largos hacia El Cafetal o El Paraíso, de donde regresaban con las marusas llenas de mangos.

Así creció Gilberto, quien además lanzó bala y disco, jugó baloncesto y voleibol. Hoy es un destacado docente de educación física y entrenador jubilado.

Michele, los Tamborino y Gilberto le deben mucho a la bici.

Por Luis Martín / Ciudad CCS