EstoyAlmado | Varios en uno

Manuel Palma

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En esta profunda recesión económica, a veces se piensa que la mayoría andamos en la misma situación y, por tanto, nos reconforta la idea de que no somos los únicos que atravesamos momentos difíciles.

Entonces, ayudarse por coincidencia de necesidades comunes es alentador. La solidaridad (una confortable excepción en estos tiempos convulsos) se rebela al hiperindividualismo, que se ha vuelto norma fáctica del odioso ‘sálvese quien pueda’.

Sí, es verdad que hay momentos en los que la incertidumbre y la sobrevivencia pueden obnubilar a cualquiera. Incluso, hay quienes pueden llegar a creer que la desdicha es un callejón sin salida. Pero basta con saber que otros están peor que tú, para convencerte que la crisis tiene diferentes impactos.

Porque algo es seguro: no todos luchamos contra la crisis de la misma forma, ni la padecemos en la misma proporción, aunque nos empeñemos en uniformar la cotidianidad en un andar colectivo de penurias. Esto último lo hacemos porque nos reconforta la sensación de que estamos resistiendo en ‘pelazón mayor’. Tal vez sea una construcción inconsciente para sentir que bregamos en la misma lucha para resolver el día o la semana, con lo que se pueda.

Quizás se trate de algún tipo de mecanismo de defensa para no derrumbarnos, o también para levantarnos cuando caemos a ratos. Y no me refiero a andar angustiado por lo innecesario o lo suntuoso, sino satisfacer las necesidades más básicas para vivir. Naturalmente, sacamos fuerza de donde no tenemos para reírnos de eso; más por efecto terapéutico que por resignación. El chalequeo es una ciencia popular que puede aliviar tensiones y corazones. Es un cable a tierra.

Obviamente cada quien hace un inmenso esfuerzo por buscar o parir las oportunidades que les permita subsistir.

Pero, sospecho que esa noción de que “todos” andamos en la misma onda se reduce a nuestro entorno más cercano. Se trata de un muro psicológico que validamos con lo que vemos y sentimos de otros que también bregan con la sobrevivencia.

Es como un micromundo: la vecina peleando para que no la obliguen a gastar todo el billete de 20 dólares; la señora que siempre ves en el mercado de verduras seleccionando con sabiduría hasta donde le alcance; los compañeros de trabajo repartiéndose la carga de constancia en la oficina; los adolescentes recogiendo a regañadientes el agua de la cisterna, después de muchos días sin el vital líquido; o los vecinos somnolientos bajando las cajas del CLAP del camión en plena madrugada.

Cuando nada de eso ocurre en tu entorno, te sientes casi como cucaracha en fiesta de gallina; como invasor que te infiltras en eventos sociales de viejos y nuevos ricos, para beber y comer hasta la saciedad, embriagándote con vidas que no son tuyas ni se parecen a la tuya. Por un momento olvidas que mañana debes hacer cuentas a ver si te alcanzará para las medicinas mensuales de tu madre, tu abuela o tu tía.

El asunto se agrava cuando te topas con alguien que vive con tantas comodidades y lujos que deben ocultarse en su palacio de opulencias. Estas personas actúan de forma particular: nada de hacer mercado, o mostrarse en la calle. Para eso están las aplicaciones de compras y delivery; o los choferes y empleados que se rebuscan con algunos dólares haciéndole diligencias a sus jefes.

Son situaciones que falsamente producen una fantasía de seudobonanza en medio de la crisis. Y eso confunde a algunos jóvenes: se evidencia cuando escuchas a uno de ellos diciéndole a otro que está en el extranjero, que se regrese porque “aquí (en el país) no hay buenos salarios, pero si bastante dólares en la calle”.

También se puede llegar a pensar que la crisis está pasando, cuando ves a una cuarentona atlética sacar de su bolso 700 dólares en efectivo para pagar gastos médicos en una consulta. Pero no es así, la realidad es más compleja y ácida. Es probable que un grupito selecto esté bien en esta economía distorsionada. Posiblemente ya tengamos en el país nuestro 1% más rico, como en otras latitudes. En la renaciente Bolsa de Caracas se pueden visibilizar muchos de ellos. Quizás ese grupito sea el público predilecto de los apartamentos en venta por 2 millones de dólares, o de los servicios de blindaje de carros, cuyos precios oscilan entre 18.000 y 85.000 dólares.

Es imposible desentenderse de esas sumas. Cuando intentas olvidarte de eso yendo al Warairarepano, te lo hacen saber aquellos que suben los domingos a Galipán, con carros cuyo costo equivale a más de 7 años de acceso garantizado a la canasta básica integral. O los clientes que pagan más de 100$ solo por entrar en el casino del Teleférico (Caracas); o aquellos que pagan más de 750$ por un fin de semana en Los Roques. A ninguno de ellos me los imagino tratando de cambiar con el truequero de confianza, unas harinas de la caja por un cartón de huevos.

¿Cómo lo hacen? ¿Quién y cómo pueden pagar eso?, se pregunta más de uno. Y la interrogante surge inevitablemente en quienes necesitan conseguir ingresos para llegar a final de mes. Porque se sabe que en la administración pública no hay trabajadores, hay héroes. En tanto, en el sector privado han logrado que los empleados se sientan orgullosos con bonos dolarizados, aún escasos para paliar la hiperinflación. En el caso de los trabajadores por cuenta propia, al parecer son anónimos fuera de cualquier estadística o ley que los ampare. En el imaginario popular tienden a ser habituales sospechosos de vagancia injustificable.

Al margen de los recursos, también está el impacto socioemocional. Muchos se sienten golpeados moralmente por la falta prolongada de bienes materiales. Derrotados optan por ignorar a los ostentosos, porque corren el riesgo de quedar descolocados y diezmados en la lucha diaria. Porque la crisis no es solo un asunto de dinero, sino de mantener las enterezas necesarias para afrontar el vendaval de incertidumbre.

Para algunos eso puede ser agotador en el tiempo, y es cuando la desesperación se vuelve mala consejera. De ahí que la crisis combinada con la pandemia obliga a administrar cada dosis de resiliencia a cuenta gotas, con algo de paciencia y constancia, sin tratar de perder la sindéresis. En cuanto al optimismo exagerado, es como una inyección reservada para momentos extremos. Es para traer de vuelta a aquellos que por momentos se extravían por caminos descabellados.

Al parecer la batalla se libra en cómo se conciba la esperanza, en no abandonarla, y en mantenerla firme por encima de un espejismo chocante, que nos aturde con la sensación de que económicamente hay varios países en uno.

Manuel Palma | @mpalmac