PARABIÉN | Nos hundimos y resurgimos (II)

Rubén Wisotzki

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1.

Queremos creer que, además de Janeth, la editora de esta y las otras voces de Ciudad Caracas, heroica salvadora de estos parabienes, alguien más nos lee. Si fuese así es posible que a ese insólito lector(a) lo comentado la semana pasada respecto al hundimiento de la tierra y sus habitantes, toda una precisa metáfora de la actualidad de la humanidad, le haya recordado el mitológico suplicio de Tántalo.

De esa historia, que puede ser que haya muchas, contamos en este espacio con dos versiones: la del húngaro Karl Kerenyi y la del polaco Zygmunt Bauman. Kerenyi estudió con dedicación a los colegas de Janeth, “Los héroes griegos”, una obra garante de una lectura espléndida y enriquecedora. Como sabemos, el pasado, el ‘mythos’, que significa entre tantas cosas, “palabra”, además de ser fascinante, ayuda, aunque no decide, a la reflexión oportuna y a la profundización de una interpretación del hoy desde un ayer. Lo explica de manera clara el catalán Jaume Portulas quien presenta la obra del erudito húngaro:

“Al leer o al escuchar un mito, el hombre moderno no es capaz, habitualmente, de sustraerse a la sensación de que este relato tiene un segundo sentido, misterioso y profundo. Pese a enraizarse en unos lugares y en un tiempo ajenos a los nuestros, el relato nos interpela con una extraña familiaridad; ello estimula a la vez nuestra imaginación y nuestra reflexión”.

2.

En todo caso, a lo que íbamos: Tántalo, que era rey de Lidia, un pequeño reinado de la llamada Asia Menor, llevaba, junto a su ciudad, que tiene una historia de haberse hundido en una laguna, una compleja relación con los dioses. Agradarlos, reconfortarlos, era, sin lugar a dudas, una de sus mayores preocupaciones. Su singular ahínco en ello quizá, podría especularse, dejaba al aire una vida plagada de pecados (al final de cuentas una de las grandes ocupaciones del ser humano siempre ha sido la obtención del perdón, poseer el perdón, merecer el perdón). Para ello a Tántalo, que por lo visto no era un individuo de muchas luces pero que sí se lucía como arrogante y altanero, no se le ocurrió mejor idea que cometer un pecado o, mejor dicho, otro pecado: al momento de agasajar a los dioses con un banquete, en vez de hacerlo con el sacrificio de un animal, decidió hacerlo con el sacrificio de un hijo suyo.

Los dioses, que por algo eran dioses, se percataron de semejante atrocidad y rechazaron tanto horror ofrecido en el caldero humeante como señal de respeto y obediencia. Fue Rea, la gran diosa, la que intervino oportunamente y le devolvió la vida a la pequeña víctima regresándolo a la vida terrenal más hermoso que antes. Pero, además de lo narrado, sumado a otros dislates, el relato contempla otro pecado capital para el criterio de los dioses. Tántalo quería ser uno más de ellos. Tántalo quería ser un dios. La tamaña ambición fue complacida por Zeus, pero con la condición que cargase sobre sí una inmensa y pesada piedra para que no pudiese disfrutar de todo aquello que se le mostraba a su alcance. Un extraño dios reducido, podría concluirse.

3.

Tántalo, resalta el estudioso Kerenyi, es un extraordinario representante del inframundo, es decir, donde residen los peores espíritus. Y remata: “Homero explica que está en un lago, con el agua que le llega hasta el mentón. La sed le atormenta pero no puede beber, pues si el anciano se inclina para beber, el agua desaparece como si la absorbiesen, y a sus pies aparece la negra tierra. Sobre su cabeza penden los frutos de grandes árboles, pero cuando el anciano intenta asirlos con la mano, un golpe de viento se los lleva hacia las nubes. El pintor Polignoto añadió también una roca amenazante. La representación del mundo subterráneo en un vaso de Tarento nos muestra al rey vestido con una larga túnica escapando de la piedra. Se trata de un ejemplo para la posteridad de aquellos que se atreven demasiado y desean demasiado”.

“…de aquellos que se atreven demasiado y desean demasiado”, acentúa Kerenyi.

4.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, más conocido en las librerías a partir de su propuesta líquida (“La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales”…”Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra, son sólo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”), inicia su libro “Comunidad” leyendo el suplicio de Tántalo.

Afirma Bauman que Tántalo, dada la naturaleza de su crimen, recibió una lección práctica: “…fue sumergido hasta el cuello en un río, pero cuando bajaba la cabeza para aplacar su sed, el agua descendía. Sobre su cabeza colgaba un delicioso racimo de frutas, pero cuando extendía una mano deseando saciar su hambre, un repentino golpe de viento se llevaba las apetitosas golosinas (de ahí que cuando las cosas tiendan a desvanecerse en el momento en que parece que por fin parecen estar a nuestro alcance nos quejemos de padecer el “suplicio de Tántalo” por su frustrante cercanía)”. (…) “Deseó apropiarse de lo que sólo se podía disfrutar como un don”, acentúa Bauman.

5.

De aquellos que se atreven demasiado o desean demasiado, dijo uno. Deseó apropiarse de lo que sólo se podía disfrutar como un don, dijo el otro. A Tántalo no se le hundió. Por sus malos actos cargó una pesada piedra que, sin embargo, no implicaba su hundimiento, sino una suerte de limbo, según uno. A Tántalo no se le hundió. Su ilimitada ambición le hizo creer que podía alcanzar el bien desde el mal. Tántalo no fue hundido, se hundió solo a pesar de no sumergirse en las aguas.

Más allá de ciertas discrepancias con Kerenyi y Bauman (que para eso también está la filosofía, no solamente para dudar o esclarecer, sino también para acentuar, discernir, discrepar, y en ese ánimo las preguntas ¿Qué será desear demasiado? ¿Qué es, in stricto sensu, un don?), el mensaje es claro: Desde el bien, que en su recorrido amplio, es el bien común, no se hunde nada ni nadie. Ni siquiera la Tierra. Para bien.

Rubén Wisotzki