RETINA | Moisés y la intolerancia

Freddy Fernández

0

Antes de los tiempos atribuidos a Moisés, nos dice el historiador Jan Assmann: “Los dioses eran internacionales porque eran cósmicos. Cada pueblo veneraba a unos dioses diferentes, pero nadie discutía la realidad de los dioses extranjeros y la legitimidad de las formas de culto ajenas”.

Si bien las culturas, las lenguas y las costumbre eran totalmente diferentes, las religiones politeístas, portadoras de una base natural, una base común, actuaban como un vehículo de traducción intercultural. Las deidades asociadas a los ciclos de la agricultura o al mar, por ejemplo, existían en las distintas religiones, por lo tanto se podía decir que era la misma deidad aunque recibiera nombres distintos en las distintas culturas.

Assmann explica que fue Akhenatón, el faraón que reinó en Egipto 1350 años antes de nuestra era, el primero en crear una religión monoteísta y en declarar como falsas el resto de las creencias, pero, tras su muerte, su religión fue abolida, y su nombre olvidado. La visión monoteísta y sus prohibiciones fue heredada por Moisés, el personaje de la memoria más que de la historia, al que algunos señalan de haber sido un alto sacerdote egipcio y no hebreo.

El historiador Assmann ha dedicado décadas al estudio del recuerdo de Moisés en las tradiciones de los judíos y de los egipcios. Su objeto de investigación no es el Moisés histórico, es la imagen de Moisés, su recuerdo, en dos culturas que se confrontaron y se negaron.

Es desde esta óptica que postula que la distinción creada por Moisés fue, “radicalmente nueva que transformó considerablemente el mundo en el que se estableció. El espacio que resultó partido o cortado por esa distinción no fue únicamente el espacio religioso en general, sino el de un tipo específico de religión. Podríamos llamar “contra-religión” a este nuevo tipo de religión puesto que rechaza y repudia todo lo que hubo con anterioridad y lo que existe fuera de ella bajo la denominación de “paganismo”.

Frente a este nuevo culto, el politeísmo anterior, declarado como una aberración, dejó de funcionar como medio de traducción cultural y se convirtió en un medio de enajenación intercultural.

Mientras el politeísmo, o, mejor dicho, el “cosmoteísmo”, interpretaba las diferentes culturas como mutuamente transparentes y compatibles, “la nueva contra-religión bloqueaba la mutua traducción. Los dioses falsos no pueden traducirse”. Sobre esta base se cimentaron el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

La narrativa más acabada del corte formulado por Moisés es la que se expresa en el Éxodo de los hebreos de Egipto. Lo que Egipto simboliza aquí es lo que se rechaza, lo religiosamente incorrecto, lo “pagano”. El culto condenado por Moisés al “becerro de oro”, es el culto al dios egipcio Apis, una deidad solar.

El rechazo a Egipto y su visión religiosa tiene su expresión en la rotunda prohibición a lo más visible de la tradición egipcia, el culto a las imágenes, que pasa a ser el mayor de los pecados.

No ha sido Assmann el primero en indagar hasta Akhenatón para encontrar el origen del monoteísmo occidental, antes que él, entre otros, este camino lo emprendió un judío: Sigmund Freud. Cuando Freud sintió que el antisemitismo alemán superaba las dimensiones tradicionales de persecución y se convertía en ataque asesino, él se preguntó “cómo habían llegado los judíos a atraer tanto odio”.

Esta pregunta se convirtió en un texto sobre Moisés en el que pretendió asimilar su judaísmo, y el judaísmo y la religión en general, desprestigiando los orígenes, el desarrollo y el significado de la distinción fundamental de Moisés entre judíos y gentiles. Su búsqueda de los orígenes lo llevó Akhenatón y su religión monoteísta. Al hacer de Moisés un egipcio y situar los orígenes del monoteísmo en Egipto, Freud intentaba desmontar la distinción criminal.

Freddy Fernández | @filoyborde