Perfil Clodovaldo Hernández | Palestina, la víctima culpada

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Muchas frases podrían definir el rol que la sociedad hegemónica autodenominada occidental le ha asignado a Palestina: el de la víctima culpada de sus desgracias. Entre esos fragmentos discursivos hay uno que sobresale. Lo dijo Golda Meier, siendo ministra de Relaciones Exteriores: “Nunca les perdonaré a los palestinos por lo que obligan a nuestros muchachos a hacerles”.

Allí tenemos la esencia misma del drama de un pueblo sometido a exterminio que es presentado ante el resto del mundo como el causante de su propia tragedia. Meier –una fanática sionista que luego sería electa primera ministra– le echaba la culpa a los palestinos por obligar a los “muchachos israelíes” a matarlos, torturarlos, humillarlos, arrebatarles sus tierras y demoler sus casas. Y, aún más, los culpaba del sentimiento de odio que ella misma experimentaba y de su incapacidad para el perdón.

Lo peor es que esa frase se dijo en los años 60, pero nada ha cambiado hasta el sol de hoy. Se supone que el mundo ha avanzado en materia de derechos humanos; se acabó la Guerra Fría, se han firmado tratados de paz entre árabes e israelíes, pero la visión de Meier sigue en pie. En un mundo donde cada vez hay más acciones y expresiones prohibidas por ser políticamente incorrectas, la élite sionista de Israel hace y dice lo que le viene en gana respecto a sus vecinos.

El papel de víctima culpada ha sido una construcción colectiva. No hubiese bastado con que Israel se lo endilgara a su enemigo. En la cristalización de tal concepto han confluido los grandes poderes del planeta de la posguerra, con Estados Unidos a la cabeza, secundado por las potencias excoloniales del Medio Oriente (Gran Bretaña, Francia), y el resto de Europa, por extensión; los organismos internacionales, las grandes corporaciones globales y –sobre todo– los medios de comunicación y la industria cultural capitalista.

Como telón de fondo de todos estos actores aliados de Israel y adversarios de Palestina aparece el llamado lobby sionista, que moviliza enormes recursos económicos en todo el mundo, así como una proverbial habilidad para el chantaje y la intimidación de cualquiera que sostenga una postura crítica en estos temas. Todo cuestionamiento, incluso los que solo apuntan a las actuaciones más indiscutiblemente criminales del gobierno sionista, es presentado como una postura antisemita o antijudía, y de inmediato se le ata al exterminio nazi de la Segunda Guerra Mundial.

La construcción de que los adversarios de Israel (en particular la fragmentada y desarmada Palestina) son culpables de lo que el Estado sionista les haga, es la fórmula para la impunidad más rampante de todo el planeta. No hay otro actor internacional en el mundo que pueda actuar tan libremente, sin recibir sanciones y obviando todo reclamo que pueda emitirse.

El tema es un verdadero amasijo de manipulaciones, tergiversaciones y mentiras.

Una de ellas es de naturaleza religiosa. Se argumenta que según las Escrituras, el de Israel es el pueblo elegido por Dios. Y eso lo faculta para borrar del mapa a Palestina y, eventualmente, a seguir expandiendo sus fronteras a costa de los otros vecinos árabes.

Otra permanente falsedad es que se trate de un conflicto bélico, de una guerra israelo-palestina. El más elemental cotejo de las características y condiciones territoriales, poblacionales, económicas y militares de cada uno de los dos bandos lleva a concluir que no se puede llamar guerra a una agresión tan unilateral e inicua, a una sistemática operación de genocidio y coloniaje.

Israel es una potencia militar con armas nucleares y grandes empresas de tecnología de punta en materia de equipos bélicos. Palestina está desarmada, bloqueada, arruinada y presa en espacios que son como una cárcel a cielo abierto, un gran campo de concentración.

En la desigual confrontación, Palestina es mostrada al mundo como un enclave terrorista que obliga (aquí volvemos a la frase de Golda Meier) a Israel a bombardearla.

El argumento del terrorismo es el más socorrido. Igual que su gran potencia protectora, EEUU, Israel la usa para justificar sus ataques. Un cohete de fabricación artesanal lanzado por Hamas o una piedra arrojada por un palestino, amerita bombardeos inclementes que despachan edificios enteros.

Eduardo Galeano lo dejó dicho en 2014: “Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva.

Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho. Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? (…) ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos? (…) En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. (…) Por cada cien palestinos muertos, un israelí. Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas”.

Y aquí podemos volver a las frases reveladoras de la tragedia de los palestinos, el vivir al lado de un enemigo que ni siquiera los considera humanos. En 1994, el sionista estadounidense Baruch Goldstein lanzó una granada y ametralló una mezquita, matando a 29 palestinos. En el funeral del asesino, el rabino Yaacob Perrin, dijo: “Un millón de árabes no valen la uña del dedo de un judío”.

Tierra Santa, Prometida y sufrida

Palestina forma parte de una zona que ha recibido varias denominaciones. Le llamaron Tierra Santa porque es el escenario de los episodios bíblicos. Le dijeron Tierra Prometida, porque Dios se la ofreció a los primeros patriarcas, de acuerdo a las lecturas sagradas. Pero en el caso específico de Palestina es válido hablar de una tierra sufrida y despojada.

Durante casi toda su milenaria historia, Palestina ha estado sometida a los designios de los imperios de turno en el planeta (egipcio, asirio, persa, griego, romano, bizantino, otomano, francés, británico y estadounidense). Los estudiosos dicen que solo cuando fue el Reino de Jerusalén, en tiempos de la Primera Cruzada, disfrutó de cierta independencia.

Jerusalén, la urbe que en árabe se llama al-Quds, es el epicentro de la contradicción. Ciudad Santa al mismo tiempo para musulmanes, judíos y cristianos, está muy lejos de la paz y la convivencia. Por el contrario, en ella se expresan de la peor manera la intolerancia, el odio y la segregación.

Tras los acuerdos que permitieron crear la Autoridad Nacional Palestina, surgieron renovadas esperanzas, pero la desilusión ha marcado la pauta. El arrogante e impune vecino se ha dado a la tarea de extinguir día a día un trozo más de la “Tierra Sufrida”, apoderándose de sus espacios y haciéndole –literalmente hablando– la vida imposible a los palestinos.