CORREO DE CARABOBO | El bovero que salvó a Páez

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En medio de la batalla, muy inoportunamente, a José Antonio Páez le sobrevino uno de sus episodios de epilepsia. Aquí, el relato de cómo salió (o “lo salieron”) del trance, y qué fue de la vida de su salvador.

Domingo 24 de junio de 1821, año 13 de la Independencia, poco después de las 11 de la mañana.

Siguiendo las instrucciones de Bolívar, quien observaba el campo como el ajedrecista al tablero de la muerte, desde la elevación de Buenavista y después desde el cerro La Centella, Páez y la Primera División toman por el rumbo de la pica de La Mona, a la izquierda (es decir, a la derecha del Ejército español, que mueve su maquinaria de destrucción para evitar el acceso de los patriotas a la sabana). Páez y sus hombres a caballo logran cruzar la quebrada Carabobo azotados por una plaga lacerante de balas.

Varios compañeros mueren en esta arremetida, pero los demás avanzan, insisten, acosan al enemigo.

Cuando ya los realistas comienzan a ceder, mandan a reforzar ese fl anco con dos batallones temibles, el Barbastro y el Valencey, lujo de combatientes y grupos élite que ya habían combatido y resistido en Europa al más grande de sus generales, un tal Napoleón Bonaparte. En la arremetida contra estos colosos de lo más insigne de España apareció al lado de Páez un oficial que no tenía por qué estar ahí: ¿quién coño le dijo a Ambrosio Plaza que se metiera en la refriega, en la primera línea de combate, con la Primera División, si él era quien comandaba la Tercera y su misión era esperar órdenes atrás?

Páez no era quien iba a reprocharle la valentía ni las ganas de pelear. Pero las balas del enemigo sí se la cobraron: abaleado por entrompador, debió padecer una agonía espantosa y murió al día siguiente.

Pero tampoco la pérdida de este jefe les disminuyó el ardor a los llaneros; Páez siguió atacando a los adversarios, cuerpos profesionales y no simples echadores de tiros y ballonetazos. Lo mismo le ocurrió a Manuel Cedeño, más o menos por las mismas razones: el jefe de la Segunda División no tenía por qué ir a batirse con el Valencey, pero fue en su persecución y murió de muerte gloriosa.

También cayó en una de esas arremetidas Pedro Camejo, el Negro Primero. Páez cuenta más tarde que llovía sobre el campo de batalla, y que debido a esto se hizo más difícil perseguir más tarde a los españoles.

A mí me da la gana de decir que lo que desató la furia del agua fue la muerte del hijo predilecto del santo afrovenezolano: qué brisa tan dolorosa la mañana de San Juan.

El propio Centauro cuenta en sus memorias lo que ocurrió después: “Reforzado yo con 300 hombres de caballería que salieron por el camino real, cargué con ellos á Barbastro y tuvo que rendir armas; en seguida fuimos sobre Valencey que iba poco distante de aquel otro regimiento, y que, apoyándose en la quebrada de Carabobo, resistió la carga que le dimos.

En esta ocasión estuve yo á pique de no sobrevivir á la victoria, pues habiendo sido acometido repentinamente de aquel terrible ataque que me privaba del sentido, me quedé en el ardor de la carga entre un tropel de enemigos, y tal vez hubiera sido muerto, si el comandante Antonio Martínez, de la caballería de Morales, no me hubiera sacado de aquel lugar. Tomó él las riendas de mi caballo, y montando en las ancas de éste á un teniente de los patriotas llamado Alejandro Salazar, alias Guadalupe, para sostenerme sobre la silla, ambos me pusieron en salvo entre los míos”.

Este Antonio Martínez era un zambo de Calabozo, de quien Páez hace la siguiente reseña: “…siempre sirvió á los españoles desde los tiempos de Boves, con justa fama de ser una de sus más terribles lanzas. Estuvo con nosotros la noche después de la acción de Carabobo, pero no amaneció en el campamento”.

No hay mayores detalles respecto a esa pernocta, el caso es que al día siguiente se largó, probablemente con autorización del propio Páez, y pudo llegar a Puerto Cabello, a donde se replegaron los restos del Ejército realista derrotado.

Así que este José Antonio Martínez, que ese era su nombre completo, le cambió el rumbo a la historia de Venezuela; todo el siglo XIX hubiera sido distinto, hubiera tenido otros signos, matices y eventos, si a este hombre de la guerra no le hubiera dado por salvar precisamente al tipo a quien el imperio español en pleno deseaba ver muerto. Después de la rendición del Ejército español y la retirada del batallón Valencey con los principales jefes a Puerto Cabello, este José Antonio Martínez aparece al lado de otro personaje de leyenda, extraño y misterioso, de nombre Alejo Mirabal o José Nicasio Alejo, como también es llamado: al frente de un batallón salió de la ciudad que les servía de refugio con la encomienda de sublevar al eje de pueblos llaneros que se prolonga desde el sur de Carabobo hasta Calabozo, y hasta allá fueron a parar, creando desconcierto en una zona que se suponía ya liberada después de la batalla. A la avanzada realista le alcanzó el fuelle o la suerte hasta el pueblo de Guardatinajas, en Guárico, donde fue despedazada por los patriotas. Martínez y Mirabal sobrevivieron a esta acción (más tarde Mirabal serviría a la República).

Páez tiene entonces un gesto de benevolencia o gallardía, y quizá también de astucia, con quien fuera su salvador: le envía un indulto, para que sobreviva y de paso (tal vez) para que se pasara a las fi las patriotas. Le manda esa carta generosa con el teniente Vicente Campero, pero la misión de este resultó trágica: un grupo de Mirabal lo interceptó a las afueras de Guardatinajas, rompió la carta de Páez y de paso lo asesinó.

Hasta este punto se tienen registros de las correrías de Antonio Martínez por Venezuela y por la historia. Tarea pendiente, ir a recuperar sus pasos.

José Roberto Duque/ Equipo de investigación