LIBROS LIBRES | Sael Ibáñez, narrador perfeccionista

Gabriel Jiménez Emán

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De los escritores de mi generación, Sael Ibáñez (1948-2020) fue quizá el más perfeccionista. Sael era dueño de una cultura clásica, humanística y literaria poco frecuente; aunque nunca hacía gala de ella; más bien era de temperamento risueño y jocoso, casi siempre andaba contento y gustaba de la bohemia y de la buena conversa. Por varios años fue jefe de la sección de libros raros de la Biblioteca Nacional, director de la Revista Nacional de Cultura y licenciado en Letras en la UCV, Sael fue sobre todo un gran ficcionador, entregado por entero a la elaboración de unos relatos perfectos, construidos sobre la base de una impecable escritura y una rigurosa base de técnicas narrativas complejas, cuyo resultado eran unos relatos ingeniosos y densos cuyo tema era casi siempre el escritor enfrentado al hecho de escribir o recrear su propia vida, de percibir la derrota del ser humano, entregado luego a la creación literaria como tabla de salvación. Desde sus primeros libros como Descripción de un lugar (1973), y A través de una mirada (1978), Ibáñez siempre dio muestras de una escritura rigurosa, pulcra, de donde no estaban excluidos el fino humor, la elegancia estilística y un impecable manejo de las técnicas narrativas, que lo llevaron a ser uno de los representantes más insignes del relato venezolano del siglo XX.

Continuó Sael su producción literaria en los volúmenes La noche es una estación (1990), El club de los asesinatos particulares y de una selección de éstos con el título de Así en la vida como en los libros (2012), que me obsequiara en el año 2016 (“Para mi querido Gabo, por nuestra amistad que es más larga que la calle Alcalá de Madrid, y no menos hermosa”. Caracas, 16 de septiembre de 2016). Cuando la leo, rememoro entonces los paseos que di con él por Madrid y Barcelona, en aquellos años 80 en que nos visitábamos y compartimos también un memorable viaje a Grecia, a donde viajamos con Silda Cordoliani, María Elena Maggi y mi pequeña hija Claudia. Recuerdo que estábamos en el mismo centro del Monte Parnaso en el oráculo de Delfos, cuando nuestra amistad quedó sembrada sobre la tierra helénica. También me visitó en mi casa de San Felipe y dedicó varios relatos de aquellas estadías.

Asimismo, es autor de la novela Vivir atemoriza; de un curioso libro de poemas con el título de ABC de la intuición (2007), obra de excepción de nuestra lírica. Compartí con él la aventura editorial de las revistas Falso Cuaderno y Jakemate durante los años 80, cuando nos reuníamos en los cafés de Sabana Grande con Jorge Nunes, Carlos Noguera y otros escritores a discutir aquellas publicaciones.

Cada vez que iba a visitarlo a San Bernardino, me agradaba verlo en su estudio en medio de montañas de libros, gatos, buena música y generosos tragos, siempre con sus emotivas carcajadas que celebraban el cariño.

Recuerdo aquellos años cuando iba a reunirme con él, Eduardo Liendo y Néstor Tablante para hablar de libros. Por aquí a mi lado tengo una agenda que me obsequió Sael, la compró para mí en Londres, donde fue a estudiar un tiempo. La Agenda (“Literary Diary 1989”) de su puño y letra dice: “Para mi entrañable amigo Gabriel, con el deseo de que emule la calidad literaria de los grandes escritores reunidos en este Diario”. Caracas 27-09-89. Siempre te admiré, Sael, como escritor y como persona, soy y seré tu amigo en el recuerdo, en la memoria imborrable de aquellos años compartidos en la emoción de los viajes, la bohemia, el fútbol, la fiesta taurina, el amor por la cultura española, el vino y esta vida que nos permitió compartir, más allá del tiempo finito, la alegría del afecto y la pasión por las letras.

Gabriel Jiménez Emán