RETINA | La élite sumisa

Freddy Fernández

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Hay burguesías, no sólo la colombiana, que dedican todo su esfuerzo a disimular que no son gringos ni alemanes. Mandan a sus hijos a aprender los idiomas y los modos de las metrópolis a que aspiran y a buscar parejas en el “primer mundo”.

Tratan de quitarse de la boca el mal sabor de haber nacido en países que llevan siglos luchando porque se terminen los imperios. Aunque halaguen sus geografías nacionales, les avergüenza esa demografía rebelde que no admira reyes ni banqueros.

No soportan convivir con pueblos insumisos. Tienen el asfixiante complejo de sentirse menos que sus modelos dominantes y sienten ser algo mal hecho, torcido y corrupto que no se puede resolver en los límites de sí mismo.

En esta percepción, quien tenga el poder por encima de ellos, no importa quién ni cómo lo ostente, se convierte en modelo inalcanzable. Toda la vida procurarán inútilmente ser confundidos con sus modelos.

Como sospechan que jamás llegarán a ese nivel, establecen relaciones de sumisión política, económica y ética, que aspiran lleguen a ser de consanguinidad, para que al menos sus descendientes alcancen el estatus que, están convencidos, sólo lograrán por astucia, trampa y vileza.

Es una estrategia idiota de ascenso genético al poder. Lo que no pueden hacer por falta de dignidad, lo quieren lograr por registros, altares y biología.

El resultado es que los sectores burgueses de muchos países adquieren cierto complejo de capataz circunstancial. Para ellos la dominación imperial es legítima, el problema es su convicción de que nacieron en un lugar equivocado y que su destino es mudarse de rango social y de urbe, por lo que asumen que su riqueza y su poder son una suerte de concesión administrativa que les otorga la metrópolis a la que aspiran.

En sus discursos subrayan su indigno comportamiento presentándolo como si no fuera una vulgar sujeción a los mandatos del poder dominante, lo verbalizan como una fidelidad a los valores y principios de “Occidente”.

Saben que no son de la oligarquía mundial que especula con esos valores. Saben que apenas son secundones de una “nobleza” a la que les gustaría ingresar o, al menos, que lo hagan sus hijos o sus nietos. Nunca se rebelarán porque no aspiran a cambiar ese orden, quieren ser aceptados o adoptados por la élite del mundo.

Como todos los sumisos, son unos traidores potenciales, si cambiara el centro de poder de Europa o de Estados Unidos, ellos serían fieles al ganador.

Son mucho peores seres en su relación con los sectores a los que consideran por debajo de su nivel. En este caso su comportamiento es abiertamente bellaco, disimulado, mentiroso, ruin, mezquino, avariento y vil.

Su actitud de sumisión, y los crímenes con que apoyan este sometimiento, muchas veces son presentados como si se tratase de una inteligente lectura de la realidad, como si fuera el más preclaro enfoque de realismo y pragmatismo en las relaciones internacionales. No lo es. Es una mezcla de cobardía, vileza, automenosprecio y abierto desprecio a los pueblos de sus países. Es cobarde sumisión y complaciente entrega.

Frente a toda esa ruindad, qué grande la figura de Bolívar y la de los héroes independentistas de la mayoría de los países del mundo. No pretendían cambiar de amos: querían, en palabras de Bolívar, el equilibrio del universo. Su aspiración era la unidad de los pueblos para construir un mundo que respetara todas las voces.

Freddy Fernández | @filoyborde