Cuentos para leer en casa | Casi nada ha cambiado, amor

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Quién iba a pensarlo que al cabo de estos 25 años todas nuestras cosas permanecerían igual, con el mismo brillo que les infundió el amor con el que las fuimos colocando en sus respectivos lugares: el sofá de caoba con los cojines verdes, que, con tanto empeño y la afanosa ayuda de Casilda, lograste confeccionar aquella tarde de noviembre; las flores secas que pusiste en el jarrón; el brazalete aquel, recuerdo de uno de mis viajes por Guatemala; mis gafas, tus aretes y nuestros anillos relucientes (¿recuerdas, con qué orgullo se los mostraste a todos en la casa, ese día cuando te dije que en diciembre nos casábamos?); mis zapatos, los mismos que llevaba la noche que nos conocimos en la fiesta de Juanchi, tú saliste a la terraza a coger aire y me encontraste allí, taciturno y callado, y vino Alicia y nos presentó y hablamos hasta por los codos, contándonos tantas cosas, coincidiendo en cada detalle y riendo como locos, al final, terminamos abrazados bailando a media luz; mi otro anillo, el de la universidad, el mismo que me regalaste al recibirme de abogado, que lo celebramos con una juma loca, amaneciendo tirados en la arena, en la casa de la playa de tus padres, donde fuimos todo el grupo a terminar la fiesta –qué días aquellos, Luisa–; y el cuadro ese de Goico, con su extraña inscripción de dudosa caligrafía: Nostalgia gris de un Rey Azul, loquísimo el cuadro, recuerdo que me dijiste el día que te lo traje con su marco dorado y su paspartú verde pálido y te quedaste mirando aquellos ojos tristes y juguetones de ese rey fauno que encerraba tanto misterio y tanta fuerza, y decidiste ponerlo ahí, exactamente detrás del sofá, el sofá que sería para siempre nuestro espacio, nuestro gran refugio y, que al colgarlo, recuerdas, se cayó, y nos quedamos sin habla, mudos y sorprendidos, porque a pesar del estrépito y el golpetazo, no se rompió; ah la camisa blanca con rayitas rojas, tú la odiabas mucho, porque una tarde al regresar de la oficina me encontraste rastros de colorete y te enfureciste y amenazaste con romperla, quemarla y desaparecerla para siempre, pero luego te calmaste y todo volvió a ser como antes, nos tomamos una botella de vino, salimos a dar vueltas por El Mirador, y nos sentamos frente a la Fuente de la Poesía, y te pusiste melosa, como siempre te ponías cuando visitábamos ese lugar lleno de magia y paz; ¿y ese vestido? No lo recuerdo bien; sí, sí, ahora caigo, no me gustaba como te veías con él, siempre alegabas que yo no estaba al día con la ropa que se llevaba, total que me dabas un beso y comenzábamos a hablar de otras cosas: baloncesto, por ejemplo, y volvíamos a discutir porque te gustaba el Naco y a mí San Carlos y Evaristo Pérez, y tú, me desarmabas con el Jumper de Sibilio y que Winston Royal manejaba mucho mejor el balón que Edgar e Ismael, que no eran ningún dúo dinámico nada, que, en el fondo, es un problema de envidia y populismo y, muás, mi beso ahora para que te callaras y pasáramos a otras cosas; el perrito, el elefantito y las dos jarritas de bronce; el cenicero limpio y reluciente (esa obsesión tuya de que nunca los ceniceros tuvieran restos, tu aversión al olor del tabaco, a veces llegando a la necedad con tu afán por la limpieza y el orden en la casa); la alfombrita persa cuidadosamente colocada; el pañito blanco sobre la mesita y el otro cuadro, aquel de la bailarina en puntas, toda esa aura de ensoñación y encanto ¿de quién es por fin? Ah, sí, de Julio, Julio César, el amigo que tenía su maldito complejo de identidad que, dependiendo del día de la semana y la hora, se cambiaba el apellido: Rey, García, Reynosa, Alan, caray, qué muchacho más terco, no había manera de hacerlo entrar en razones; mi reloj de arena, mi cactus; y los helechos, nada, nada ha cambiado en esta foto, amor; solo tu mano y la mía, que ya no se entrelazan con la misma fuerza.

EL AUTOR

René Rodríguez Soriano (Constanza, República Dominicana, 1950 – Houston, Estados Unidos, 2020). Escritor. Estudió Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y trabajó en la docencia, el periodismo, la publicidad y la producción de materiales para radio, televisión y cine. Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Casa de Teatro (1996), el Premio Nacional de Cuentos José Ramón López de República Dominicana (1997), el Premio Nacional de la Universidad Central del Este en novela (2007) y en poesía (2008) y el Talent Seekers International Award 2009-2010. Emigró en 1998 a Estados Unidos. Desde 2005 editó y coordinó la revista literaria MediaIsla.