PUNTO Y SEGUIMOS | El regreso del monstruo comunista

Mariel Carrillo García

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Durante la Guerra Fría, los políticos estadounidenses –algunos ciegamente convencidos, otros más maquiavélicamente– generaron un discurso que se hizo piel y cultura en esa sociedad, y en buena parte del globo una vez pasados los años y consolidada la victoria política de EE.UU sobre la URSS. El “otro”, es decir, el que se proclamara comunista (país o persona), no era simplemente un adversario, sino una amenaza real y un peligro para la existencia humana, peor incluso que el nazismo y el fascismo que tan recientemente había sufrido el mundo. El comunismo era el coco, el monstruo, la enfermedad que debía ser atacada, hasta antes de que apareciera.

Esta suerte de psicosis fue alimentada con vehemencia desde las cúpulas del poder gringo, que no dudaron en atacar cualquier lugar del mundo donde estuviera “la amenaza” sino que fueron capaces de perseguir a sus propios ciudadanos, como lo demostró el senador Joseph McCarthy en los años 50 con su caza de brujas anticomunista, que creó listas negras, delaciones y el repudio ilegal e injustificado de cientos de personas, especialmente en el ámbito artístico (para ganar la guerra cultural, dominar este sector era fundamental). Fueron oficialmente seis años (50-56) de violación de los derechos civiles tan severa, que el término “macartismo” sobrevivió como sinónimo de acusación de traición o subversión en la que el acusado no tiene el derecho de elegir una opción política de izquierda, y además tampoco puede defenderse en caso de no serlo.

La autoproclamada tierra madre de la libertad y el pensamiento libre, controla con mano de hierro cualquier “desviación” hacia la izquierda; tal y como lo pueden atestiguar prácticamente todos los países del planeta, que desde el fin de la segunda guerra mundial han sufrido la injerencia de los estadounidenses, bien sea con un control “amigable” de sus gobiernos serviles, o con medidas más drásticas, como golpes de Estado, financiamiento de grupos armados, masacres e invasiones armadas directas. EE.UU ha sido más dañino para la humanidad que cualquier régimen comunista. En una de sus famosas entrevistas, la periodista italiana Oriana Fallaci le espeta a William Colby, Jefe de la CIA en el año 1976, que, con su apoyo a grupos fascistas en el mundo, terminaban arrojando a la gente a los brazos del comunismo. “América, Sr Colby, es la mayor fábrica de comunistas que existe en el mundo”. Colby, un fanático convencido del destino manifiesto de su nación, lo consideró un insulto “dictado por prejuicios ideológicos”.

En esa misma entrevista, Colby expresó –indignado de que la Fallaci, que no era comunista, no “entendiera”– que sí, que EEUU apoyaba regímenes autoritarios y financiaban grupos susceptibles de ser violentos (ja!) por el simple hecho de que eran “menos malos” que los comunistas. Con los líderes autoritarios hay la opción de que el país sea democrático en el porvenir, con los comunistas no. Estas sentencias, que a muchos nos parecen cínicas o emitidas desde el fanatismo del que suele acusarse a la izquierda; no solo no han perdido vigencia, sino que gozan de una suerte de renacimiento en pleno año 2021. Las expresiones de un McCarthy, un Colby o un Kissinger no han cambiado, quizá fueron moderadas hace un par de décadas, pero con el resurgir en América Latina del bolivarianismo, socialismo, o el más ligero progresismo, se encendieron las alarmas en Yanquilandia. “Volvió el monstruo”. Ya no hay que maquillar nada. Decreto Obama, Trump y sus 80 millones de votantes…

Claro, poco importa que ninguno de los proyectos políticos de los últimos años sea efectivamente comunista. Si algún triunfo tuvieron las derechas del mundo, fue aterrorizar a las masas con el término, y, sobre todo, tergiversar el concepto y sentido del mismo y esconderlo a la vista. Pocos, muy pocos anticomunistas han leído la teoría, o tienen alguna mediana idea de qué es o con qué se come, pero aseguran con la vida que es algo terrible. Estigma. Letra escarlata, y la gran excusa de la democracia liberal. Hoy el planeta, y especialmente América Latina, reviven el odio por lo desconocido, cortesía del imperialismo reloaded, con el mismo producto, presentado en el empaque digital del siglo XXI. “No querrán ser como Venezuela”, “Terminarán como Cuba”, “Colombiano, ecuatoriano, peruano, date cuenta! Van a volverse comunistas”. “Preferible Fujimori, al castrochavismo” y así, repetido incesantemente por todos los medios, repetido por millones de bocas, en versión autómata. Carente de sustento teórico, de lógica, de raciocinio.

En este contexto, como al viejo comunismo, no es raro que nos consideren una amenaza inusual y extraordinaria. Es, de hecho, una acción ordinaria, injusta, convencida, fría y terrible como todas las del imperialismo, que, desde que existe, no hace sino llenar al mundo de miserias a nombre de la libertad.

Mariel Carrillo García