Cuentos para Leer en Casa | La tía

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Mi mejor amiga es lesbiana. Mi mamá odia toda la sexualidad. Apenas intuye que nadie la observa, apaga la televisión a sus nietas, no vaya a ser que alguien se bese en la pantalla. Se ríe estridula. Le ha contado a mi hermana que esas peleas con mi padre que envenenaron nuestra infancia se acabaron el día que dejaron de tener relaciones. Si una se descuida es capaz de suspirar: te hablo por experiencia, no hay nada peor que el sexo entre dos personas que se aman.

Mi mejor amiga es joven, rizada, gorda y sonriente. Mi hija la llama tía. Mi mamá la conoció primero por teléfono. La inspeccionó con sus preguntas. Luego nos fuimos de vacaciones a su casa y mi hija le contó de la novia de su tía. Mi mamá en un principio no dijo nada. El golpe llegó vía las obras completas de Sigmund Freud y su muy particular interpretación. La homosexualidad es una neurosis, dijo durante el desayuno. Ah, ¿sí? Con ella siempre finjo ser muy ignorante.

Volvimos a casa después de haber resistido muy valientemente otros seis asaltos. Mi mejor amiga siguió contestando el teléfono, mi hija se fue de fin de año al pueblo con ella, yo cambié de trabajo. Mi hija y su tía a veces hacen la tarea juntas, otras se van al parque en patines. La novia de su tía a mi hija no le gusta para nada, así como no le gusta mi novio ni la novia de su papá.

A principios de febrero mi madre lanzó una ofensiva final. La presencia de una lesbiana en casa es dañina para la identidad sexual de tu hija, sentenció. En un principio la dejé hablar, a final de cuentas pagaba ella. No obstante, poco a poco logró sacarme de mis casillas y terminé mandándola al demonio con la misma violencia con que lo hacía de joven.

Contraatacó. Respondí. Gritamos con tanta fuerza que la vecina vino a preguntar si me pasaba algo. Claro que sí, dije; tengo una madre pendeja. Y le tiré la puerta en la nariz.

En la cena conté la pelea. Me dio una rabia espantosa que mi mejor amiga la encontrara muy graciosa. También mi hija: Ay, mamá. Siempre dice: Ay mamá, con la vocecita más suave que puede e implica una mezcla de regaño, consolación y ridículo.

Tres días después en su escuela decidieron que para el 14 de febrero, Día de San Valentín, en nombre del amor, las niñas y los niños, debían casarse, con ropa y rituales que investigaran. Cada oveja con su pareja según la costumbre japonesa, comanche, maya, palestina, alemana. Pidieron papel de colores, buscaron en las enciclopedias, salieron al museo de culturas populares. Solo que de repente las niñas más grandes decidieron que ellas no se pasearían del brazo de los niños por la escuela, que asco. Los niños respondieron que: “guácala las niñas”. La directora académica llamó a asamblea general:

Entonces, ¿cómo le vamos a hacer?, preguntó. Las niñas grandes propusieron casarse entre ellas. No hay matrimonios entre personas del mismo sexo, repuso la directora. Mi hija levantó el brazo. Claro que sí, en países como Holanda las mujeres se pueden casar con mujeres y los hombres con hombres. La directora carraspeó. Me lo ha dicho mi tía que tiene una novia. La asamblea entera quedó pendiente de ella. Los profesores y la directora callados y los niños también. Mi hija se volvió a sentar.

El 14 de febrero se casó según el rito cora con su mejor amiga. Su segundo mejor amigo era el chamán y su tercera mejor amiga era el maíz. Las niñas grandes se casaron según pueden hacerlo las lesbianas en un registro civil danés, holandés y sueco. Filmé la fiesta y le envié el video a mi mamá. La tía de mi hija se rió mucho de mí.

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Vive en México
desde 1980.
Feminista, activista,
docente y editora,
ha desarrollado su
trabajo en México y
el resto de América
Latina desde 1979.
Ha publicado libros
de relatos, poesía y
ensayos, así como
varias novelas,
entre ellas: Calla
mi amor que vivo
(1990), Estar en el mundo (1994), La decisión
del capitán (1997), Marcha seca (1999), El
ruido de la música (2005) y Se prepara a la
lluvia la tarde (2014). Ha publicado su obra
principalmente en español.

Francesca Gargallo