La impunidad sigue matando a Orlando Figuera

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Pocos asesinatos en la Venezuela contemporánea han sido tan emblemáticos como el de Orlando Figuera. No solo porque fue un horrible linchamiento con puñaladas, gasolina y fuego, sino también porque el suyo parece ser un caso condenado a la impunidad judicial, política y mediática.

Para empezar, Figuera pagó los platos rotos de una confrontación política llevada hasta los extremos por la dirigencia de la ultraderecha reincidente en la violencia y siempre impune.
No era este muchacho, de apenas 22 años, una figura del Gobierno o del chavismo. Según numerosos indicios, fue atacado por la turba opositora porque “parecía” ser un infiltrado revolucionario. En esa confusión –qué duda cabe– tuvo mucha influencia el prejuicio racial y los signos exteriores de la condición social. Figuera era negro y, evidentemente, pobre por lo que se podía presumir que fuese chavista.

Según declaró su madre, Inés Esparragoza, entre las pocas palabras que Orlando logró decirle durante su agonía de 15 días, destacó que le habían preguntado si era chavista, mientras lo acosaban y golpeaban. En algún momento, ya obstinado, respondió “¡Sí, ¿y qué?!” y fue entonces cuando lo apuñalaron, lo rociaron con la gasolina de una molotov y le prendieron fuego.

Estos horribles momentos fueron captados por varias cámaras. Se observa que quienes ejecutaron estas acciones mortales eran individuos que estaban participando en las protestas violentas. Tenían las molotovs, las máscaras antigases y los escudos característicos de las mal llamadas guarimbas.

Estos detalles son importantes porque desde un principio se intentó crear un relato alternativo, según el cual Figuera era un delincuente que tuvo una discusión con otros individuos de mala conducta, por cuentas pendientes. Nunca se ha explicado por qué fueron a resolver tal “culebra” personal en medio de una manifestación de la ultraderecha.

La fiscal general de ese oscuro tiempo, Luisa Ortega Díaz, fue la principal impulsora de esa versión que –¡oh, casualidad!– exculpa a los manifestantes opositores. De hecho, cuando la madre de Figuera acudió a pedirle ayuda para que se hiciera justicia, la funcionaria dijo que no podía hacerlo porque todo el caso, incluyendo los videos, era un montaje del Gobierno, y que el acontecimiento había sido, en realidad, una riña.

Ortega Díaz se había convertido en esos días en el arma estratégica de la insurrección y, como tal, estaba empeñada en culpabilizar de todas las muertes, lesiones y abusos a los cuerpos de seguridad, incluso en casos tan palmariamente evidentes como el de Figuera.

Fue necesario esperar hasta que la Asamblea Nacional Constituyente entrara en funciones y removiera del cargo a Ortega Díaz para que este tipo de casos comenzara a investigarse con base en los indicios existentes y como lo que fue: un hecho público, notorio y comunicacional.

De esas nuevas pesquisas surgió la imputación contra el principal sospechoso de haber sido el autor material del asesinato, Enzo Franchini Oliveros, quien huyó del país y se encuentra residenciado y protegido en España. Venezuela solicitó su extradición y, en un primer momento, pareció que se iba a otorgar, pero luego se movieron las tremendas influencias políticas de la ultraderecha en Europa y la petición se denegó.

Franchini Oliveros no solo es protegido por el Estado español, sino también por la prensa rabiosamente antichavista de Madrid y otras ciudades ibéricas. Varias veces lo han entrevistado, presentándolo como un perseguido político, un joven estudiante, injustamente acusado de tan salvaje crimen por el solo hecho de “pensar distinto”.

Aparte del presunto autor material, la impunidad ampara a los (nada presuntos) autores intelectuales del clima de violencia que sacudió al país durante cuatro infernales meses. Para solo mencionar a uno de ellos, Freddy Guevara, luego de pasarse un par de años escondido en la embajada de Chile, ahora anda por la calle, muy orondo, convertido en agente del diálogo.

La desgracia de ser el eslabón más débil cayó sobre Figuera y su familia. Como si no fuera suficiente con haber visto a su hijo con 70% del cuerpo quemado, a la señora Esparragoza la despidieron de su trabajo, luego de que apareciera en televisión clamando por justicia.

“Trabajaba como doméstica, las personas con las que trabajaba vienen de la parte de la oposición y, entonces, por medio de eso, hasta ayer estuve trabajando ahí, creo que vieron el video y me vieron; me dijeron que no podía prestar más mis servicios”, relató en una entrevista con el entonces ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas Poljak.

Para legitimar el crimen perpetrado se desató una cruel campaña en contra de la víctima del linchamiento. Luego de la inverosímil versión del ajuste de cuentas cobró fuerza mediática otra: Figuera había sido sorprendido robando un celular. Un retorcido sentido de la justicia permitió justificar así su espantosa muerte.

Para colmo de agravios, el nombre de Figuera ha sido usado –impunemente también– en la propaganda de sus asesinos. En efecto, en las listas de personas fallecidas, supuestamente por la represión gubernamental, han aparecido siempre las señas de este hombre humilde, literalmente consumido por una hoguera de odio, generada por un sector opositor siguiendo perversas recetas de las agencias imperiales especializadas en desestabilizar gobiernos rebeldes.

Y todavía faltan más cachetadas de impunidad. En aras de la concordia general es muy posible que el caso de Figuera quede sin castigo y que los mariscales de las guarimbas aparezcan en tarjetones electorales como si no hubiese pasado nada. Cosas insoportables que tiene la política.

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Manipulación e imaginación

La maquinaria mediática global se dedicó en 2017 a glorificar a los manifestantes violentos que usaban morteros de PVC y lanzaban botellas con excrementos humanos a la Policía y la Guardia Nacional Bolivariana. Pero el caso Figuera, por más que forzaran la barra, era imposible de justificar. Así que los periodistas y medios optaron por silenciarlo. El viejo truco.
Un detalle significativo es que la foto de un venezolano en llamas, ampliamente difundida por la prensa hegemónica, no fue la de Figuera, sino la de Víctor Salazar, un guarimbero que participó en la quema de una moto de la que despojaron a un GNB. Las llamaradas que salían del vehículo incendiado lo arroparon accidentalmente. La escena fue presentada mundialmente como prueba de los excesos represivos de la dictadura de Nicolás Maduro. El fotógrafo, Ronaldo Schemidt, hasta se ganó un premio World Press Photo en 2018.
Pensando en estas terribles manipulaciones mediáticas, cabe preguntarse cuál habría sido o cuál sería la línea del aparato comunicacional (y de la OEA y de las ONG de derechos humanos) si los manifestantes de Chile, Ecuador o Colombia en 2019 o los de EEUU en 2020 hubiesen quemado a personas vivas en medio de las acciones de calle. Para darle un toque más inmediato, ¿qué actitud tendrían si los participantes de las protestas de la Colombia de hoy hubiesen linchado a alguien por parecer uribista?

Clodovaldo Hernández