Tres en 1 | Rukleman Soto: El mural es una fiesta en las paredes de la patria

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Foto / Gabriel Soto Rodríguez

Artista plástico. Periodista. Caricaturista. Radiodifusor. Sus caricaturas aparecen en varios semanarios 

—Hay un movimiento de muralistas que está por todo el país creando murales para recordar los 200 años de la Batalla de Carabobo, ¿usted también está en ese movimiento?

—No podría asegurar que existe un movimiento de muralistas en Venezuela en este momento, lo que sí hay, indudablemente, es una movida muralística que alborotó el país, generada por esta excelente iniciativa del concurso por el Bicentenario de la Batalla de Carabobo. Ha sido un gran acierto del Congreso de los Pueblos. Hay que recordar que el muralismo tiene un profundo arraigo como parte de las resistencias populares latinoamericanas. Su versión abreviada y fugaz, que es la “pinta” o grafiti, fue perseguida históricamente en nuestro país, se planificaba lanzar pintas casi como una operación militar, era bastante arriesgado. Fue con la Revolución Bolivariana que eso cambió. El mural no ha dejado de florecer, hoy es una fiesta en las paredes de la patria.
Claro que estoy incorporado a esa movida. Por encargo del alcalde de Carrizal, Farith Fraija, mucho antes del concurso comenzamos a trabajar en un mural que ahora estoy desarrollando sobre la Batalla de Carabobo. Pero más que la batalla es un homenaje a los descamisados y pataenelsuelo que ganaron esa batalla y forjaron al sujeto popular transformador que hoy sigue dando la pelea.

—¿El muralismo es para ver la ciudad más bella?

—El muralismo es una forma de curar la pésima memoria urbana. El mural tiene la responsabilidad de ser un antídoto contra la amnesia social. Cada vez que hacemos un mural atacamos el virus del fin de la historia que se incubó en los laboratorios del Pentágono. Obviamente que un mural pertenece a ese universo de lo bello, la belleza le es sustancial, pero no es solo eso. Si no andan juntos la belleza, el bien y la verdad, como búsqueda, lo humano está incompleto, deforme. Hacer un mural es plasmar en la pared una visión de mundo, es ponernos frente a una imagen que nos interroga. Si un mural es bello pero no te interpela está condenado al triste destino de lo ornamental.

—¿Un país bloqueado y sancionado se está defendiendo también a punta de murales?

—Te voy a responder parafraseando el lema de la Filven: el arte desbloquea. Por ahí anda de nuevo Bolívar cabalgando en murales por América Latina y más allá. Además, las redes están poniendo en el mundo el colorido y la creatividad de nuestros artistas. El mural combate los bloqueos exógenos, pero también los endógenos.

—¿Está también presente el humor en esa creación artística?

—Más que nunca. Frente al mural que estoy haciendo veo brotar sonrisas agudas, inteligentes, de niños, niñas, hombres y mujeres, cuando ralentizan el paso, se detienen, miran como si atravesaran el plano de la pared. No es la carcajada de lo cómico lo que surge, es una sonrisa sentipensante, curiosa, cómplice, que tiene un componente de humor potencialmente subversivo. Tengo una lista de comentarios jocosos, satíricos, penetrantes que se desprenden de ese triálogo (así le digo yo a la caricatura, la ilustración y el muralismo) entre la gente, el mural y su ejecutante. Por cierto que las observaciones más lúcidas son, casi siempre, las que hacen las mujeres. Hasta donde he visto, los comentarios ocurrentes de los hombres han sido más cómicos, los de ellas, más humorísticos, profundos y, a veces, dramáticos, pero siempre aparece la risa salvadora. Cuando se oiga la risa unánime del mundo será la señal de la victoria definitiva.

—Después que pasen los 200 años de la Batalla de Carabobo, ¿qué van a hacer los muralistas?

—Tenemos que seguir haciendo exactamente lo mismo que hizo Bolívar después de vencer en Carabobo, continuar aquella Campaña del Sur que en Bomboná, Junín, Ayacucho tuvo como resultado la liberación de Ecuador, Perú, Bolivia y la derrota definitiva del imperio, para ese momento español. Nos toca retomar y mantener el diálogo de Bolívar y San Martín. Si nos fijamos bien, esa campaña está desarrollándose ahora mismo de diversas maneras en Bolivia, en Perú, en Ecuador, en Chile, en Brasil y en toda Nuestra América.

Pero 200 años después se trata de la lucha por el Sur global y por la vida planetaria. En eso estamos como creadores.

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Retrato Hablado 

“El único consuelo de vivir en Caracas, es pensar que uno tiene que morirse algún día y si se le presenta la ocasión de apurar el asunto, ni pendejo que sea la deja pasar. ¿No te parece?” Así decía Salvador Garmendia, nuestro querido y admirado escritor y humorista. Vino a Caracas para hacerse escritor y cumplió. Fue miembro de los grupos Sardio y El Techo de la Ballena. Y aquí comenzó a publicar sus cuentos y novelas: Los habitantes y Días de ceniza, en 1961, La mala vida, en 1968, Los pies de barro, en 1973, y su reconocida Memorias de Altagracia, también en el mismo año. Fue guionista de radio y televisión. Como humorista escribió unas crónicas extraordinarias en la revista El Sádico Ilustrado, que luego fueron recopiladas en un libro que se llama Crónicas sádicas. Uno de sus cuentos que le trajo problemas con la censura, cuando fue publicado en El Nacional, fue El inquieto Anacobero, recordando la vida del cantante Daniel Santos. En 1989 ganó el Premio Juan Rulfo de Radio Francia, y ese mismo año le fue otrogado el Premio Nacional de Literatura. Nació en Barquisimeto el 11 de junio de 1928 y murió en Caracas el 13 de mayo de 2001.

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El Viernes de Lira 

Roberto Malaver 
Foto Gabriel Sojo Rodriguez