DATE CON LA CIENCIA | Dime qué comes y te diré de qué padeces

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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“He aquí una noticia que presumo
habrá de entristecer en grado sumo
hasta a los caraqueños más austeros:
¡muy pronto de Caracas, como el humo,
tendrán que evaporarse los chicheros!

Pues de un tiempo a esta parte se las tiene
dedicada la higiene,
y aunque nadie jamás bajó al sepulcro
por culpa de un chichero poco pulcro,
sin tomar esto en cuenta ordena el SAS
que coja cada cual sus cachachás!”.
Aquiles Nazoa, en El ocaso de los chicheros

Desde el momento que salimos del vientre materno, empieza nuestra socialización con el entorno (aunque en el vientre materno, hay interacciones incipientes desde el vínculo amoroso). Una de las interacciones, quizá la más íntima, ocurre a través de la alimentación. El pecho materno representa, durante los primeros años de vida, todo un mundo de sensaciones, que van desde la satisfacción de una necesidad básica hasta la materialización del amor mismo. Luego, esa sensación de placer se traslada hacia elementos del entorno que, de la mano de quien nos cuide, aprendemos a reconocer. La comida es, entonces, la manera más placentera de integrar el ambiente que nos rodea al interior de nuestro cuerpo. Esa integración no se trata solo de aprender a escoger qué cosas del entorno son comestibles, y cuáles no. Se trata también de entender la compleja red de consecuencias asociadas a esa selección: desde elegir alimentos nutritivos y diversos hasta conocer los microorganismos que cultivaremos en nuestro tracto digestivo. Una responsabilidad que parece trivial, pero no lo es; ya que de ella depende, en gran medida, nuestra salud física, emocional y mental.

Con el advenimiento de la revolución industrial, los seres humanos hemos modificado aceleradamente todo nuestro entorno. Las consecuencias son evidentes, en términos de un aumento en la percepción de bienestar y la esperanza de vida; pero también lo son los estragos causados en las condiciones que, primordialmente, permitieron el vivir bien de la especie humana en el planeta. Estos cambios no solo han arrasado con la biodiversidad que, históricamente, nos ha circundado y alimentado; sino que, además, penetran en la intimidad de nuestros tejidos.

La contaminación y la transformación generada por los procesos industriales y la modernidad han incrementado 200 veces la concentración de metales pesados en fuentes de agua y en el alimento.

La masificación de la agricultura en unos pocos monocultivos; el uso de plaguicidas y fertilizantes, agravado por el desarrollo de cultivos transgénicos; y el mal manejo de animales destinados a la comercialización nos exponen a niveles de contaminantes nunca antes experimentados por la humanidad, así como a nuevos patógenos causantes de epidemias y, en algunos casos, pandemias.

Si bien es cierto que el cuerpo posee mecanismos naturales de desintoxicación y que la medicina moderna ha propuesto diversas intervenciones para contrarrestar los efectos de esta exposición, ni los unos ni las otras han sido suficientes para brindar niveles de bienestar físico y emocional óptimos, de plenitud de vida digna.

Son estas preocupaciones las que han llevado a Diana Garrido y Mónica Ramírez a redescubrir opciones que promueven la sanación natural del cuerpo y su descontaminación de los embates de la industrialización. Desde La Casa del Viento, nombre que lleva parte de esta increíble iniciativa ubicada en el estado Mérida, estas venezolanas han ayudado a cientos de personas a mejorar la salud propia y la de sus seres queridos, a través de la reeducación alimentaria y el entendimiento de los intrincados procesos fisiológicos asociados a la recuperación del equilibrio.

Diana y Mónica han constatado cómo el estrés sostenido, la edad, las deficiencias alimentarias, hábitos como el consumo de alcohol o tabaco, el sedentarismo, la falta de afectividad y ciertas susceptibilidades genéticas y epigenéticas contribuyen a complicar la situación de desequilibrio en la que se ven inmersos nuestros cuerpos. En consecuencia, cada vez son más las enfermedades de etiología desconocida para la medicina que se asocian al consumo y a la exposición a estos contaminantes. Tal es el caso de condiciones como el autismo, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la celiaquía, la epilepsia, la esquizofrenia y el cáncer. Todas estas condiciones han sido relacionadas, de uno u otro modo, al consumo de concentraciones no fisiológicas de metales pesados y a la pérdida de biodiversidad en la microbiota de nuestro tracto digestivo, como consecuencia de una forma de alimentación deletérea.

La propuesta de este dúo de investigadoras se dirige a hacer que cada quien sea consciente de los alimentos que está tomando y de las consecuencias que tiene una alimentación poco balanceada, especialmente de aquellas dietas que incluyen alimentos procesados —estos, más que alimentos, son productos para el consumo y el enriquecimiento de empresas más interesadas en las ganancias que en la nutrición y la salud—. Diana y Mónica nos muestran formas sanas de alimentarnos y de conectarnos con nuestros cuerpos y con la naturaleza.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto