PARABIÉN | (Des)consideraciones del amor riesgoso

Rubén Wisotzki

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1.

Hace 40 años se informaba del primer caso detectado de la enfermedad del sida. La noticia la leyeron en esos días echados en el chinchorro, mientras estoicamente se preparaban como seres montunos urbanos que eran, a recibir los calurosos vientos del verano que incendiaban San Sebastián de los Reyes. Del mal en ciernes se sabía poco y nada, y se especulaba mucho y demasiado. La primera pandemia que experimentarían como humanos, y que de acuerdo a lo poco que se sabía implicaba como riesgoso el contacto íntimo y su consecuente intercambio de fluidos, aunado a una capacidad de transmisión veloz y poderosa, los agarraba con muy poca ropa, pero lo que es más importante, en plena efervescencia del deseo carnal.

Quererse o no fue el dilema.

2.

Optaron, como la inmensa mayoría del planeta en el pobre conocimiento de la enfermedad, por quererse. Privó la mirada intensa, la sangre caliente y, como jóvenes que eran, la insensata pero ineludible sensación de que si no eran invencibles, eran fuertes y dichosos, capaces de derrotar en pequeñas acciones al enemigo más poderoso que les plantara cara. A esas edades, cuando todo fluye, el horizonte no parece tan lejano.

Pero, dos o tres años más tarde, tuvieron que asistir a los pies de una cama ubicada en un modesto apartamento de Boleíta, a despedir a un amigo que, víctima de la enfermedad, temblaba de miedo. Para ese entonces aún no había cura, apenas uno que otro paliativo. Y, propio de la especie, algunas esperanzas. En pocos días, calculaba debilitado y demacrado, que se iría a Brasil porque allí, supuestamente, sí se sabía de un tratamiento de componentes naturales y espirituales que curaba a los desahuciados. No logró saber de ese poder milagroso. Murió en la Caracas que celebró la vida. Cuarenta años han pasado y aún quedan lágrimas para recordarlo, y los afortunados que fueron aquellos que se cruzaron en su camino.

Quererse o no, volvió a ser el dilema.

3.

Optaron, como muchos, por quererse pero ya con ciertos visos de desconfianza, de inseguridad, de miedo. El quererse ya dejaba ser lo mismo que antes en la ciudad, donde el riesgo de contraer enfermedades por las relaciones carnales era ya, al menos eso se decía, del mundo rural o de ambientes poco controlados en su higiene, en su limpieza, en su asepsia. Llámese para satisfacer a aquellos que procuran siempre el categorizar, por esos esfuerzos de tranquilizar a algunos demonios que los atormentan, tuercen la mentalidad de los bajitos burgueses. Pero era cosa, sino de una gran mayoría, de muchos. Y, para muchos de esos muchos, una barrera infranqueable. Si no se llevaba “protección” o no se mostraba examen de sangre el quererse quedaba en el difuso capítulo de las caricias.

Quererse con miedo, o no, era el dilema. O quererse con precaución, o no. O quererse con prudencia, o no.

4.

Optaron por pensar, por pensarse.

Cavilaron a partir de esa extraña sensación que los invadió a partir de la conmemoración de la aparición del sida, en ese otro pleno protagonismo del covid-19. Ese querer, esos quereres, tal como aconsejó la ciencia, debían contemplar la presencia de un concepto, de una idea, que nunca le fue ajena al amor: riesgo.

Siempre el querer, pensaron, implicó un riesgo mayor: no ser querido. Como contraparte, siempre en la línea del principio esperanza de Bloch, los discursantes del momento ofrecieron una salida tan inteligente como decorosa, pero de poca aceptación y práctica. La base argumental era sencilla, sostenía que lo importante no es ser querido, sino que uno quiera. Pero así como todo “Sí” contiene un “No”, y viceversa, la solución al problema no ha resultado ser, con las excepciones del caso, una solución aceptada con facilidad. En cuestiones del amor la conformidad no existe. Siempre se espera más. Una mirada más, un beso más, una caricia más. Por eso la despedidas de los que quieren suelen ser infinitas para los que los observan desde el balcón a la calle. Como paliativos válidos, en medio de tanta invalidez nacida de los encierros, nacieron los mensajes a distancia, los saludos a distancia, las promesas a distancia, los deseos a distancia. La gente eligió el amor “seguro”, de “pruebas”, de “prevenciones”, de “confirmaciones”, a sabiendas de su imposibilidad desde su incongruente formulación.

Querer arriesgadamente o querer mentalmente, fue entonces el dilema.

5.

Optaron, entonces, por abstenerse.

6.

Dice Pierre Salama en su libro titulado “Contagio viral, contagio económico” y subtitulado “Riesgos políticos en América Latina” (Clacso, 2021): “Hay una aceleración de las epidemias en todo el mundo. Se han multiplicado por diez desde 1940, según S. Morand, ecologista del Cirad*. La explotación incontrolada de los recursos naturales y la deforestación desenfrenada están alterando la biodiversidad (ecosistemas, plantas, animales, etc.) y dañando los entornos naturales. Los animales salvajes, expulsados de sus hábitats naturales y portadores de virus, entran en contacto con otros animales. Aparecen nuevas cadenas de transmisión, están surgiendo mutaciones de virus, y a través de otros animales portadores de virus, como los murciélagos, se hace posible la transmisión a los humanos. Este ha sido el caso del SARS, el SIDA, el Ébola y ahora el SARS-CoV-2.1”.

Hay una aceleración de las pandemias en todo el mundo, y hay una desaceleración de los amores en todo el mundo. Ambas pérdidas de envión, en parte, las nuclea una misma razón: las constantes derrotas en la preservación y optimización de los dos ecosistemas, el personal y el del entorno. Ambos pueden cambiar, porque deben cambiar. Para bien.

Rubén Wisotzki


*N. de la R.: Institución francesa Centro de cooperación internacional en investigación agronómica para el desarrollo que trabaja en las “regiones cálidas”, según pudimos informarnos en la red.