BAJO LA LUPA | Érase una vez la oposición

Eduardo Rothe

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Desde el inicio de la revolución bolivariana una gran parte de la clase media, obedeciendo a la televisión, radios y diarios de la oligarquía, se declaró en guerra contra Chávez. Aunque no perdieron el privilegio que ignoraban tener (“cuando éramos felices y no lo sabíamos”) de vivir bien cuando la mayoría vivía mal, se sintieron amenazados y ofendidos por la irrupción de tierrúos y ñángaras en la escena política. El verdadero pueblo eran ellos, y no los pataenelsuelo engañados por el “mico mandante”. Un político adeco declaró en televisión “el problema es que el discurso de Chávez está dirigido a los sectores populares y no al venezolano común” y un triste Carlos Blanco definía a ese “venezolano común” como alguien que estudió en una universidad, vive en un apartamento y tiene un carro… ese que prefiere olvidar que mucha gente comía Perrarina y le daba a los bebés teteros de espagueti licuado.

A partir de ahí, el clasismo, el racismo, el odio, la necedad y la malcriadez hicieron el resto: la ‘carmonada’ no duró ni 3 días y el paro petrolero terminó sin pena ni gloria. Lo demás ha sido cuesta abajo en la rodada hasta la autoproclamación de Guaidó, reconocido por Washington “a los 20 minutos” Trump dixit. Recibiendo los golpes que pretendía dar, la oposición pasó de la tragedia de la Plaza Altamira, sus magnicidios, bombas, francotiradores asesinos, motorizados degollados por alambres y chavistas quemados vivos, a la mala comedia de jugar al diálogo y la democracia. Sic transit gloria mundi.

Han pasado más de 20 años y aun con la peor crisis económica en la historia de Venezuela, aquella oposición que reunía medio millón de personas de un día para otro ya no puede reunir ni 500 personas en sus zonas del Este de Caracas. Peor: ¡no han entendido ni aprendido nada! No hay ni un solo escuálido capaz de reconocer públicamente las bondades de Barrio Adentro (aunque muchos van disimuladamente al CDI)) ni los méritos de otras misiones. Ni siquiera una evidencia tan concreta, real y fidedigna como 3 millones de viviendas los hace salir de su terquedad. Y así el escualidismo se ha ido poniendo viejo, amarillo y triste y mirando lejos.

Pero hay que reconocer que no están solos: la Casa Blanca los apoya porque es lo único que tiene; la gusanera de Westonzuela en Florida va por la calle de la amargura de la mano del exilio cubano que lleva 60 años esperando la “caída inminente” de la Revolución Cubana, y la Unión Europea (aunque ya le cortó las patas a Guaidó) sigue, con el impresentable Josep Borrell a la cabeza, obedeciendo las órdenes de Washington y apoyando a la inexistente derecha venezolana.

Y ahora, cuando el país más necesita una oposición racional, crítica y políticamente culta, el chavismo ha tenido que inventársela en su seno, lo que demuestra que la política quedó de este lado de la cancha. Claro, a los pedazos dispersos que quedan de la oposición el gobierno les hace concesiones y les pone condiciones para acabar con las sanciones criminales de EEUU y la Unión Europea, a sabiendas de que el escualidismo es un cuchillo sin mango al que le falta la hoja, una gran cantidad de importancia nula.

Triste y previsto resultado de dos décadas de racismo y estupidez. “A llorar p’al Valle”.

Eduardo Rothe